Regresando a lo básico

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A comienzos del 2006 fui invitado a visitar la República Dominicana con el fin de explorar la posibilidad de comenzar a plantar iglesias de La Viña en ese país. Acompañé a un conocido pastor norteamericano de nuestro movimiento[1], Robbie Dawkins, quien ya tenía años visitando la isla y que estaba vinculado con numerosas personas en varias ciudades importantes. En realidad, era Robbie el que había sido invitado para una serie de predicaciones en una iglesia muy grande de la capital, yo simplemente iba de acompañante, solo para observar. De manera que, desde mi bajo perfil, tuve oportunidad de conversar extensamente con el pastor de aquella vibrante congregación que, estaba a la espera de una visitación del Espíritu Santo durante esas noches de campaña y oración de poder. Se trataba de una iglesia muy organizada, con varios ministerios, con músicos notables y muy bien preparados, así como con una cuidadosa “producción” (así la denominó el pastor) de los cultos principales, donde un “productor ejecutivo” afinaba con su equipo todos los detalles para que el evento cumpliera los objetivos que se planteaba el equipo pastoral[2]. Sin embargo, quizás todavía habían algunas fronteras que la iglesia no había podido traspasar cabalmente, por ello en mis conversaciones con el pastor afloró el tema de los grupos pequeños o células, como uno de esos temas no resueltos. Aún cuando yo quisiera eludir el tópico, el pastor insistía en hablar de eso y escuchar mis opiniones sobre ese tópico, por demás álgido en esos tiempos en toda la América Latina.

Se me hacía difícil creer que yo pudiera ayudar al hermano, darle una palabra, un consejo sobre ese tema, especialmente cuando comparaba el tamaño de nuestras iglesias. En esos tiempos estábamos en una transición, de plantar La Viña de San Antonio de los Altos (VSALA), un grupo que no llegó a pasar de unas ochenta personas, a tratar de ensayar algo completamente diferente desde el punto de vista eclesiológico. Como ya expresé en otra entrada del blog, habíamos comenzado en la VSALA, primero con una célula, de la cual habían surgido otras, las cuales le dieron cuerpo y carácter a la naciente congregación en aquella pequeña ciudad suburbio de Caracas. Al comenzar a celebrar cultos dominicales y alquilar un local para ese fin, la dinámica celular y su multiplicación mermó drásticamente. De la noche a la mañana, mi esposa Nora y yo nos convertimos en los principales críticos de lo que habíamos hecho, especialmente porque no encontrábamos cómo volver a la dinámica de discipulado y multiplicación de grupos pequeños con que habíamos comenzado. Obviamente, no era solo lo que veíamos en la práctica sino nuestra evaluación de lo que pasaba desde nuestra percepción eclesiológica que, ya en esos tiempos estaba informada por varias corrientes de pensamiento.

Personalmente, desde 1998 en la I Conferencia de La Viña en Iberoamérica en San José (Costa Rica), había quedado impactado por las enseñanzas de Bob Fulton, a la sazón director de misiones de la AVCUSA, las cuales se basaron en el libro de Roland Allen sobre el La expansión espontánea de la iglesia[3]. Llevaba varios años pensando y experimentando cómo aquello que Fulton había descrito podría ser realizable en la iglesia contemporánea, principalmente en nuestro contexto latinoamericano. En ese sentido, lo más cercano que había encontrado como respuesta era facilitar la expansión “espontánea” de grupos celulares e iglesias caseras, y plantar iglesias en red, partiendo de estos núcleos y comunidades pioneras, ubicados en zonas no alcanzadas, o de relativa poca presencia cristiana, como era el caso de San Antonio de Los Altos.

A lo largo del camino, me dejé influenciar también por algunos consejos prácticos como los de Ralph Neighbour en su libro Where do we go from here?, particularmente su capitulo XXVII que versaba sobre la plantación de iglesias celulares, donde insistía en tratar de mantener un énfasis casi absoluto en el trabajo celular hasta que la red de grupos pequeños hubiese sido consolidada a través de varias generaciones de grupos pequeños. Es decir, hasta que una cultura de plantación y multiplicación hubiese sido establecida entre los miembros. Para Neighbour, iniciar cultos y reuniones en sitios alquilados aniquilaría rápidamente la dinámica celular, debido a la inversión de tiempo y recursos en la preparación de esos eventos. Aparte que se volvía a enfatizar la postura consumista de los creyentes y se acostumbraba a quienes estaban comenzando a simplemente recibir y no accionar misionalmente. De allí nuestras autocríticas que surgieron en aquellos tiempos.

Debo también señalar que nuestro proceso de plantación de la VSALA había comenzado en el año 2000, muy poco tiempo después de haber sido impactado personalmente por las palabras de Todd Hunter, quien fuera el sucesor de John Wimber como director del movimiento, durante la Conferencia de Pastores de Anaheim en 1999, hecho sobre el cual me gustaría dedicarle más adelante una entrada del blog, pues ello también marcó un punto de inflexión en la historia del movimiento aunque poco se sabe de ello[4]. Hunter introdujo allí nuevas ideas y conceptos, haciendo un llamado a recuperar el sentido de la misión de Dios en nuestras iglesias, lo cual implicaba el desafío de involucrarse activamente en la cultura y la sociedad. Así que, a pesar de que estas ideas estaban aún muy frescas, ellas nos invitaban a ver el trabajo de plantar una iglesia como algo verdaderamente orgánico, líquido y estructuralmente simple para poder estar en capacidad de lidiar con los cambios sociales que estaban en proceso, ligados también al advenimiento de la postmodernidad y los masivos cambios sociales que se avecinaban.

Ese novedoso camino me llevó a meditar y experimentar con las ideas, algunas veces radicales, otras más bien utópicas, de algunos pensadores como Wolfgang Simson y sus conceptos sobre las iglesias caseras[5]; Alan Hirsh[6], Michael Frost[7], Alan Roxbourg[8] y otros que hablaban de la iglesia misional; así como personas como Neil Cole que invitaban al desarrollo de una iglesia más orgánica[9]. Todo ello implicaba una serie de cambios paradigmáticos que no parecían encajar muy bien con los modelos de iglesias pentecostales que conocíamos en Venezuela y que era nuestro origen. Ni con la forma clásica de hacer iglesia en La Viña, con su énfasis en la adoración congregacional, el evangelismo de poder, y la manifestación con señales y prodigios del Espíritu Santo, cuyos valores habíamos adoptado. Tampoco congeniaba con los pesados controles de la iglesia celular tipo Cho, que hasta entonces habíamos estudiado, visto y experimentado desde mucho tiempo atrás, mucho menos con lo que nos proponían y se propagaba aceleradamente desde la cercana Colombia basado en grupos de doce discípulos (G-12). En aquellos tiempos de cambio tanto a nivel personal, como en la sociedad venezolana, optamos por arriesgarnos y abrazar estas nuevas ideas para tratar de innovar con ellas en la plantación de nuevas iglesias.

Así que, como podrán imaginar, aquella conversación con el hermano dominicano estaba muy llena de incertidumbres, dudas y hasta preguntas de mi parte. No sé si lo que hablamos le ayudó mucho, pero a mí si me sirvió como para reafirmar algunas cosas sobre los grupos pequeños en las que creía firmemente. Como muchas otras iglesias latinoamericanas aquella congregación ya había experimentado con células, al estilo Cho, y luego también siguiendo el modelo G-12, pero ninguno de los dos métodos habían dado los resultados esperados (medidos en crecimiento acelerado del número de miembros), dejando además su estela de líderes quemados y apartados, bien sea por exceso de trabajo o por no querer ceñirse a las exigencias que estos modelos imponen.

Como en esos momentos yo mismo coordinaba varios grupos pequeños y ya llevábamos varios años seguidos organizando y conduciendo grupos de apoyo[10], mi enfoque en la conversación se dirigió al rol de los pastores como aquellos que, deben proponer el modelo, servir de ejemplo y mostrar el camino a los demás. En ese entonces, mi colega dominicano, veía los toros desde la barrera, pues no estaba metido en las trincheras de lo que realmente era una célula o una iglesia casera. Allí donde no hay mucha producción, ni cabida para elementos efectistas, donde el “unos a otros” se impone sobre la dependencia del jugador estrella. En aquel momento me pareció que mi tarea era recordarle los valores de la iglesia celular, sus rudimentos, sus principios teológicos y filosóficos, por encima de métodos específicos, procedimientos de moda, fórmulas o artilugios, probados o no, teóricos o empíricos, revelados desde lo alto, o sacados de los libros de los programas de gerencia avanzada.

De manera que, como alguien dijo, refiriéndose a los equipos de baloncesto que andan en una mala racha de partidos perdidos, lo mejor era regresar a las jugadas básicas, las cortinas, los pases unos a otros y defender bien, lo cual, en el caso de las células, no es otra cosa que volver a recordar cuál es su esencia y razón de ser. Como bien nos lo recuerda Bill Beckham (2014)[11]:

…podemos aprender algunas técnicas o métodos, pero son la filosofía, principios y cultura de un movimiento los que le dan importancia a los modelos…

En otras palabras, para descubrir la esencia de las células habría que dejar a un lado la visión de la iglesia como proveedora de bienes, del culto como un escenario y de los creyentes como ávidos consumidores, para volvernos hacia esas comunidades pequeñas donde se comparte el trajinar cotidiano y se experimenta la vida desde su raíz, donde se escucha la voz de Dios, y donde se establecen relaciones firmes y transparentes que reflejan nuestro carácter de discípulos de Jesús. Podemos inventar nuevas técnicas, métodos, fórmulas; contratar graduados de programas de MBA para gerenciar nuestras iglesias o producir nuestros cultos y eventos; consultar expertos en mercadeo para mejorar nuestra imagen y alcanzar más ávidos clientes; reclutar a músicos entrenados al más alto nivel para diseñar espectáculos de altísima calidad, pero nada de eso podría sustituir a la comunidad cristiana como la clave hermenéutica fundamental para entender el evangelio, como bien lo expresaba Leslie Newbigin en su reconocida obra The gospel in a pluralist society[12]:

He llegado a sentir que la realidad primaria que debemos tomar en cuenta para lograr un impacto cristiano en la vida pública es a través de la congregación de creyentes. ¿Cómo se logra que el evangelio sea creíble, que las personas acepten que el poder que tiene la última palabra en los asuntos humanos está representado por un hombre que cuelga de una cruz? … Estoy sugiriendo que la única respuesta, la única hermenéutica del evangelio, es una congregación de hombres y mujeres que creen y viven por ello. No niego la importancia de muchas actividades a través de las cuales buscamos desafiar la vida pública con el evangelio, como campañas evangelísticas, distribución de biblias y literatura cristiana, conferencias, y publicación de libros … lo que estoy diciendo es que todo esto es secundario, y que solo tienen poder para lograr sus propósitos si están afirmados y enraizados en una comunidad de creyentes.

Como resultado de mis reflexiones sobre estos temas, los cuales vinieron a mi atención en esos cinco años que duró nuestra participación en la plantación de la VSALA, publiqué en la red dos versiones de mi libro, Misión Imparable: Claves misionales para la plantación de iglesias contemporáneas[13], una más enfocada en los principios derivables de una lectura del libro de los Hechos con lentes misionales, y la otra un enfoque más crítico de esas claves. En ese texto he dedicado bastante espacio para revisar algunos aspectos de cómo la comunidad cristiana se erigió en un elemento fundamental de la evangelización en la iglesia primitiva. Desde su mismo punto de partida, reseñado en Hechos 2:42-47, los primeros cristianos detectaron que el ambiente familiar y comunitario era el más adecuado para el esparcimiento de la nueva fe en Jesucristo. Uno puede argumentar acerca de las vulnerabilidades y falencias de aquella primera iglesia de Jerusalén, como por ejemplo su falta de una clara motivación de seguir lo prescrito por Jesús de ir hasta lo último de la tierra[14], sin embargo, a partir de ese texto esencial es posible rescatar tres aspectos con los que me di cuenta que podía ayudar a mi colega dominicano a volver a la práctica de formar comunidades del reino, que expresen el evangelio y muestren sus señales, dentro de las culturas y sociedades que se desarrollan en el mundo globalizado e interconectado en el que vivimos.

En primer lugar, las comunidades cristianas precisamos valorar lo relacional por encima de lo programático, organizativo y estructural. No era de extrañar que esta iglesia dominicana a la que hago referencia, así como en muchas otras en nuestro continente, con todos los muchos aspectos positivos que puedan tener, se ha dependido de metodologías provenientes de los libros y de los expertos en iglecrecimiento y mercadeo para posicionarse en la sociedad y hasta cierto punto ganar respetabilidad. Sin embargo, en Hechos 2:47 vemos como la naciente comunidad cristiana se ganó la “estimación general” de la ciudad. La iglesia estaba encarnada, era parte de aquella cultura y estaba conectada con ella mediante un conjunto dinámico de relaciones, amistades y contactos. Como alguien dijo, la iglesia se basaba en su presencia activa y no en sus programas. En medio de la cotidianidad en la que ellos se desenvolvían, habían traído un nuevo sabor a la ciudad. Los creyentes estaban infiltrados en la comunidad, penetrando como sal y luz, haciendo toda clase de conexiones creativas con una multiplicidad de personas con quienes compartían acerca de Dios y conversaban sobre su experiencia espiritual, permitiendo así que la misión cristiana se fuese llevando a cabo de una manera progresiva, natural, líquida, orgánica e imparable[15]. Palabras que suenan bonito pero que, en realidad representaban un gran desafío para mi colega pastor, pues le invitaban, o más bien le exigían, a deponer ciertas agendas, desmontar programas y simplificar su burocracia, para dedicarle tiempo a las personas y con paciencia cultivar amistades. Concretamente le sugerí, “comienza tu propio grupo”, pero no para sistematizarlo a los pocos meses, sino para convivir, conversar, crecer y comenzar a soñar y accionar encarnándose juntos en su ciudad.

De lo anterior se desprende la necesidad de aprender a Vivir en comunidad. Algunas frases del pasaje en Hechos 2:42-47 tales como “tenían todo en común”, “compartían sus bienes entre sí”, “estaban juntos” o “unánimes”, “tenían una misma mente”, son reveladoras de una sociedad “naturalmente sobrenatural”[16] basada en un gran compañerismo. Eran personas que habían desarrollado una comunión o koinonía, práctica que no era nueva pues había sido introducida por Jesús, primero con el grupo íntimo de tres, luego con los 12, los 70 y los 120 seguidores que iban rodeándole progresivamente. Allí, en Jerusalén, la naciente comunidad cristiana había establecido en muy corto tiempo una conexión muy cercana, apoyándose mutuamente, tanto espiritual como materialmente, demostrando así una unidad de mente y corazón muy profunda.

Para que estos principios de la comunidad cristiana no quedaran como pura retórica, en mi conversa con el pastor dominicano, le traté de hacer ver la necesidad de dejar a un lado los gustos personales para dedicar tiempo a conocer y servir a las personas que le rodeaban, incluyendo su vecindario, cosas que no se pueden hacer desde la tarima, desde la oficina del director ejecutivo o CEO, ni a través del diseño de programas masivos, cultos y campañas, eventos extraordinarios, sino en el contacto uno a uno, en las relaciones transparentes y de discipulado mutuo. Vivir en comunidad implica horizontalidad en las relaciones de poder, practicar la transparencia, deponer títulos y posiciones jerárquicas, cosas que representan el extraordinario esfuerzo de bajarse del pedestal de líder o director ejecutivo, para estar en contacto directo con las personas.

Por último, aunque parezca redundante, se encuentra la recuperación de la práctica de compartir la mesa más a menudo. Un acto sencillo como comer cobra significado y se llena de simbolismo, pero también nos damos cuenta que es una forma de imitar a Jesús. Para un pastor o líder es un hecho disruptivo que, en cierta forma, reorienta su rol y sus relaciones con los miembros de la comunidad, más aún si es el mismo quien cocina o sirve, como aquél Jesús resucitado que, le prepara el desayuno a sus discípulos a las orillas del lago de Galilea.

Clásicamente las congregaciones se identifican con una serie de actividades fijas que se llevan a cabo en un edificio especial para tal fin. Dentro del servicio religioso típicamente se plantea una liturgia característica, que incluye el sermón monológico, a la par que se usan diversos símbolos que tienen significación para los iniciados. En general, para que la iglesia funcione, se recurre a un personal profesionalmente entrenado (muchas veces ordenado por la organización a la que pertenece la iglesia) y se adecúa un cierto espacio físico. El enfoque propicia la pasividad y el espíritu consumista de la mayoría de los creyentes en las congregaciones contemporáneas. Sin embargo, la lectura de Hechos 2:42-47 nos lleva a pensar en la iglesia primitiva como un grupo de personas que formaron una comunidad, cuya espiritualidad estaba en sintonía con los ritmos naturales de su cotidianidad, y donde cada miembro era un participante activo. Esta es una iglesia que está por igual en el templo (espacio de lo sagrado), participando en los rituales tradicionales, o en las casas (espacio de lo común o mundano), envueltos en la labor de esparcir la llama del evangelio, dentro de las familias y hacia sus allegados.

A mi entender, que esta comunidad de creyentes tomara tiempo para reunirse en el contexto de una comida comunal constituye una declaración, con hechos, de la importancia que cada participante tenía, de la igualdad que cada uno tenía ante los ojos de Dios, de la decisión de conectarse, conocerse y de servirse los unos a los otros. Es algo bien conocido que en la liturgia evangélica se magnifica muchísimo el lugar del púlpito y por ello los ojos están siempre atentos a la personalidad o carisma del que habla o dirige, usualmente el pastor de la iglesia. Por el contrario, durante una comida comunitaria, la dinámica de interacción es radicalmente diferente, se trata de un evento incluyente e igualitario. Cuando la comunidad se reúne a comer todos están al mismo nivel, sentados en la mesa, allí los prejuicios se reducen, la enseñanza fluye horizontalmente en forma conversacional. La mesa compartida se convierte en un lugar profundamente especial y poderoso para hablar de Cristo.

En esa conversación con mi colega dominicano le hablé con convicción acerca de lo que estaba aprendiendo en mis lecturas, pero también me referí al contexto cercano que estaba experimentando a nivel personal. No solo durante aquellos tiempos de mi viaje a la República Dominicana, sino durante un período que duró más de cuatro años (2005-2009), tuvimos oportunidad de experimentar la vivencia de una comunidad encarnada, a través de una iglesia casera, en la zona de Llano Alto en Carrizal y en otros sectores de San Antonio de Los Altos, cerca de Caracas. Las reuniones ocurrían los días sábado por la noche y significaron un tiempo memorable en cuanto a la lectura comunitaria de la Biblia[17], la oración e intercesión comunal, el ejercicio de los dones espirituales, la adoración sencilla y sin muchos tecnicismos, los tiempos de comer juntos, compartiendo incluso en esas veladas la Cena del Señor con todos los miembros de esta familia espiritual. Casi siempre había visitantes, personas apenas iniciadas en el conocimiento de Cristo, muchos de ellos sin una creencia firme. Sin embargo, aquellos tiempos de comer juntos y de sobremesa resultaron extraordinarios para profundizar en esas relaciones y conversar sobre las necesidades reales de estas personas. Se oraba unos por otros al final de los estudios bíblicos, pero parecía que la conversación durante la comida comunitaria nos revelaba otros aspectos que ameritaban más oración. Lo que surgía de esos encuentros era algo extraordinario, con un efecto perdurable, afirmando la relación de cada uno para con Dios, y entre los diferentes miembros de aquella iglesia casera.

A decir verdad, como pastor, fue una experiencia verdaderamente novedosa y hasta cierto punto se constituyó en una lección de humildad, pues tuve que aprender mucho de otras personas, dándoles la importancia que merecían en el proceso de construcción de la comunidad, aprender a callarme y a escuchar a los otros, dedicar tiempo a cultivar la amistad, bajar la velocidad y ser más sensible a los ritmos de la comunidad que nos rodeaba, entablar conversaciones espontáneas y naturales, leer juntos la Biblia desde el contexto donde nos encontrábamos, escuchar la voz de Dios y descubrir lo que él estaba haciendo en medio de nosotros y en nuestro vecindario. Pasar de predicar cada domingo, a la posición de facilitador de una iglesia casera, no es fácil para los pastores, que como yo, fuimos entrenados en un sistema tradicional, pero es algo esencial si queremos ver la multiplicación de líderes y comunidades en nuestras ciudades. Al fin de cuentas, esto que le comunicaba al colega dominicano no eran más que rudimentos del juego, nada sofisticado. Es simplemente volver a lo esencial, descubrir lo que es ser cristiano en lo cotidiano. Sin embargo, aunque no lo parezca, se trata de un giro de 180 grados en cuanto al tipo de socialización religiosa que hemos recibido. Para mi entender, ésa sería la verdadera esencia de las células, grupos pequeños o iglesias caseras, por encima de cualquier otra parafernalia que se la ha querido adosar y que en muchos casos ha tomado más relevancia que su propia naturaleza comunitaria básica.

Concluyo esta serie casi en el mismo lugar donde la comencé: en un hogar. Entre mi primera anécdota y la última hay unos veinte años de distancia. En la primera era un apartamento de clase media de El Encanto en Los Teques, en la última era una casa más grande y los actores completamente diferentes. Sin embargo, en ambos casos se trata de hogares y los grupos siguen siendo pequeños, de no más de 20 personas. Sin embargo, hay diferencias sustanciales entre una y otra historia. Comenzamos con una vaga idea de lo que significaban los grupos pequeños y terminamos con otra. En los inicios las células eran medios para alcanzar un crecimiento numérico, con controles estrictos y dependientes de un núcleo que los regula y determina sus características. Hoy en día representan comunidades con vida propia, que deben entender la misión que tienen que cumplir en el contexto donde se encuentran, independientemente de su tamaño, estilo, homogeneidad y velocidad de multiplicación. Por otro lado, aprendimos, con el paso del tiempo y los errores, que la célula está conformada por un grupo variado de personas y que, por lo tanto, los procesos que cada uno experimenta en la vida son únicos e impredecibles. Para parafrasear a Jean Vanier, cada miembro de la comunidad es una historia sagrada que merece respeto. Así que simplificarlo todo con fórmulas y métodos es algo que he aprendido a evitar después de estos largos treinta años de experiencia.


Con esta entrada concluyo esta serie sobre grupos pequeños en el movimiento de iglesias de La Viña. Obviamente es incompleto, pero espero que sirva para reflexionar sobre las historias particulares de cada congregación latinoamericana. Si quisieran compartir su experiencia propia, más adelante podríamos retomar el tema con un pequeño panorama de la región. La próxima serie será sobre la Adoración en La Viña en los meses sucesivos.


[1] Hoy en día predicador itinerante. Ver: http://robbydawkins.com/

[2] Siguiendo un poco los esquemas de Saddleback Church o de Willow Creek basados en la “sensibilidad a los que buscan” (seeker sensitive).

[3] Allen, R. (1970). La expansión espontánea de la iglesia. Buenos Aires: La Aurora.

[4] Hunter, Todd (1999). The church that I would build. AVCUSA National Pastors Conference, Anaheim (California). July 21st. http://bit.ly/2tW386a. Última visita, 15 de julio de 2017.

[5] Simson, W. (2003). Casas que transformarán al mundo. Tarrasa (España): Editorial CLIE.

[6] Frost M, Hirsch A. (2003). The shape of things to come. Peabody (Massachusetts, USA): Hendrikson. Hirsh A. (2009). The Forgotten ways, Brazos Press (En español se puede descargar aquí). Hirsh A. y Catchim, T. (2012). The permanent revolution. Jossey-Bass.

[7] Frost, M. (2006). Exiles: Living missionally in the postchristian culture. Baker Books.

[8] Roxbourg, A. (2006). The missional leader. Jossey-Bass.

[9] Cole, N. (2009). Organic Church, Jossey-Bass.

[10] Me refiero aquí al Ministerio Zapatos Nuevos, iniciado en 1998 y en el cual estuve involucrado durante casi una década, aunque de manera intensiva hasta el 2003. En otras entradas del blog estaré hablando de esta experiencia dentro de La Viña.

[11] Beckham, B. (2014). Where Are We Now?: An Assessment of the Small Group Movement and Its Models. (Kindle versión). Moreno Valley (California): CCS Publishing. 

[12] Newbigin, L. (1989). The Gospel in a Pluralist Society. Grand Rapids (Michigan, USA): Eerdmans, 227.

[13] Mora, F. (2014). Misión Imparable: Claves misionales para la plantación de iglesias contemporáneas. Disponible en: https://misional.files.wordpress.com/2014/05/misionimpa2.pdf, última visita 22/03/2017.

[14] Cole, N. (2010). Church 3.0: Upgrades for the future of the Church. Jossey-Bass.

[15] Frost M, Hirsch A., The shape of things to come, Hendrikson, Peabody-Massachusetts, USA, 2003, pág 42.

[16] Esta es una famosa frase acuñada por John Wimber, fundador del movimiento de iglesias Viña (Vineyard)

[17] Uno de los aspectos más importantes de la lectura comunitaria de las Escrituras es, sin duda, que se trata de otra dinámica de comprensión diferente a la del lector orientado individualmente. En este caso, el texto se enfoca desde las expectativas de una comunidad de fe viva. A partir del texto, la comunidad obtiene colectivamente una novedosa interpretación que termina proyectándose sobre la vida de misma comunidad. En este caso se le da valor a los lectores que interpretan la Biblia desde sus realidades, contextos y vivencias.

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¿Eficiencia, crecimiento o MacDonalización de la iglesia?

El artículo previo en esta serie lo encuentra aquí.

Durante los años 90, la AVCUSA realizó incontables viajes e incursiones en América Latina en un intento de definir y establecer su estrategia misionera. Para ello seguía las opciones que ya había experimentado en los años previos en Europa y Oceanía, las cuales se reducían a encontrar iglesias amigas al movimiento, adoptar algunas de ellas o bien plantar nuevas congregaciones desde cero. Cada una de estas opciones conllevaban en si mismas sus pros y sus contras, los cuales no eran nada fáciles de determinar y evaluar. En esos tiempos me tocó conversar con numerosos líderes latinoamericanos que estaban interesados en el movimiento, o que conocían la figura e ideas de Wimber, o bien que gustaban de la música que surgía de nuestras iglesias. En todo caso, siempre me pareció que había un dejo de frustración en ellos, pues les resultaba muy difícil congeniar con el estilo que la AVCUSA usaba para llevar a cabo su tarea de interesar a otros en el movimiento. Tal vez esperaban un proceso más expedito y no el largo noviazgo que nos proponían. Básicamente, había una resistencia dentro de La Viña como organización, para definir muy claramente procesos, procedimientos, formalismos que permitieran en cierta forma franquiciar el estilo, las formas y su incipiente teología. Con el paso del tiempo muchos hermanos y hermanas decidieron no esperar a asimilar la cultura del movimiento y prefirieron moverse dentro del amplio mercado religioso para encontrar otros grupos o movimientos cuyas ideas, innovaciones y estilos hubiesen sido empaquetadas convenientemente para su clonación.

Es que ya para esos entonces, los cristianos latinoamericanos habíamos sido penetrados por una forma de hacer iglesia altamente estructurada, cuyo énfasis primordial era hacer crecer numéricamente las congregaciones, por encima de otros aspectos esenciales de la misión cristiana, como la justicia y la identificación con los pobres y vulnerables. El movimiento del iglecrecimiento nos había sembrado la semilla del marketing y de los métodos basados en mediciones concretas y específicas de ciertos parámetros y variables, con el fin de lograr resultados. La eficiencia comenzó a dominar la mentalidad de los pastores, los cuales se adaptaron rápidamente, según el espíritu de los tiempos, a los pragmáticos esquemas gerenciales en boga. La Viña, regresando a la metáfora de Simson de la cual hablé en un artículo anterior, era ese “lío agradable”, un poco difícil de precisar, como lo expresé en el párrafo anterior.

Así que, en el campo evangélico latinoamericano, a la par de la difusión de La Viña como movimiento, nos topamos con la iglesia celular, sin lugar a dudas, la forma eclesiológica, más susceptible de sistematización y estructuración que haya surgido en el siglo XX. De allí que su proliferación se da dando rienda suelta a la tentación a reproducir los métodos y procedimientos, incluso llegándose a desarrollarlos o empaquetarlos de una manera que pareciesen ser fácilmente transferibles de un contexto a otro con ajustes menores. No es de extrañar entonces que nuestros hermanos de La Viña chilena, los brasileños en las riveras del Xingú, o los pastores colombianos en la costa caribeña, así como todos aquellos que, en los primeros años del siglo XXI, experimentaron con la implementación sistemática del G-12, tratando de congeniarlo, sin éxito, con los valores de la Viña. Es por ello que en el 2005, observando lo que acontecía con las iglesias celulares, escribí a modo de reflexión estas palabras:

Muchas congregaciones adoptaron las células con un sentido estrictamente utilitario, como una manera eficiente para el crecimiento numérico. Esta manera de pensar ha sido trágica, porque significa perder de vista la razón fundamental para esta estrategia en el mundo contemporáneo. El grupo celular es una forma apropiada de evangelismo no tanto porque sea técnicamente eficiente, sino porque satisface una necesidad y un anhelo profundo de la sufriente sociedad actual…[1]

Pero, “adoptar las células” no es más que un eufemismo para decir “copiar” o “clonar” fórmulas. Pues, en cierta forma, lo que se hacía era usar el método de Cho o el G-12 de Castellanos y tratar de ponerlos en práctica al pie de la letra, siguiendo el libreto establecido por los proponentes, sin importar el contexto o las necesidades locales. El propio Joel Comiskey, quien había escrito tan favorablemente de los G-12 en su tesis doctoral, así como en los libros que se derivaron de ella, ya para el 2002 expresaba su profunda preocupación por el hecho de que:

… Se tiene que implementar el modelo G-12 completamente, justo como cualquier franquicia de McDonald’s tiene que seguir estándares muy precisos… a partir de 1998, noté una cierta exclusividad que progresivamente se ha hecho más blindada y cerrada. Esta manera exclusivista de pensar queda reflejada en la cita del pastor.. de una iglesia pentecostal independiente de Chile, “una de las primeras cosas que aprendimos en la visión fue que, se adopta pero no se adapta. Nunca debemos olvidar esta premisa. Adaptar la visión revela orgullo, vanidad y auto-suficiencia”…[2]

Extrañas palabras, pero que coinciden plenamente con lo que muchos de nosotros observamos en la primera década del siglo XXI, cuando incontables iglesias se afiliaron a la visión G-12, siguiendo estrictamente los postulados que ellos establecieron para su adopción. Comiskey añade, en otro de sus textos sobre el tema que, quienes quieran seguir el sistema creado por los Castellanos en Bogotá, como parte del acuerdo y para garantizar la uniformidad de la marca registrada: deberán establecer una relación de pacto con la MCI; certificarse para poder usar los materiales escritos; implementar al pie de la letra todos los pasos en la senda de entrenamiento (pre-encuentro, encuentro, post-encuentro y escuela de líderes); seguir todas las recomendaciones para la conformación de los grupos (tamaño, homogeneidad, etc.); usar el número doce como un símbolo divino; y además, participar en las actividades programadas por la red de iglesias de la MCI como conferencias y/o entrenamientos [3]. El resultado lógico y esperado, al cumplir con todos los requisitos de control de calidad del modelo, era la garantía de que se produciría el ansiado crecimiento acelerado de la iglesia, suerte de cultivo transgénico que conduce a una producción explosiva en el menor tiempo posible.

Aunque hay muchos aspectos de la iglesia contemporánea que se han dejado moldear por la sociedad de consumo, es bastante claro que los sistemas celulares ameritan un análisis crítico. Para ello, propongo analizar esta forma organizativa usando el concepto de “McDonalización”, desarrollado por George Ritzer en su texto clásico, La McDonalización de la sociedad: Un análisis de la racionalización en la vida cotidiana[4], donde plantea que las cadenas de comida rápida, como McDonald’s, son el paradigma por excelencia de los procesos de racionalización de la sociedad contemporánea. Básicamente, lo que define a las organizaciones macdonalizadas, no es el sabor de la comida (que una hamburguesa sepa igual en Ciudad de México que en Buenos Aires, no es relevante), sino el conjunto de principios o reglas que conforman el sistema por medio del cual ellas operan, el cual resulta homogéneo en cualquier parte del planeta donde estas organizaciones se encuentren. En otras palabras, sus técnicas, métodos, procedimientos se han codificado de una forma tal que se puedan aplicar de manera uniforme en cualquier lugar, siguiendo cuatro dimensiones fundamentales que las caracterizan: eficiencia, calculabilidad, predictabilidad y control. Con la formalización macdonalizada de los procesos es posible reproducir la experiencia adquirida a lo largo del tiempo en acciones que se repiten, el conocimiento se puede representar en acciones concretas, como pasos, fases o flujos, quedando todo ello implícito dentro de la estructura organizativa, y por lo tanto, pudiéndose reproducir una y otra vez. La premisa básica es que, si se realiza el proceso de una forma correcta, se obtendrán siempre los resultados deseados.

En ese esquema de cosas, la eficiencia implica la “búsqueda de los medios más idóneos posibles para alcanzar un fin”[5]. Uno de los fines de la iglesia celular es llevar a una persona de su estado de no-creyente, hasta asimilarla con un compromiso pleno, contribuyendo así al crecimiento y multiplicación de las células y de la iglesia, para finalmente convertirla en un líder o una lideresa, capacitados/as para repetir el ciclo una vez más. La frase de Castellanos, “todos pueden ser líderes”, es la declaración narrativa alrededor de la cual se articula su propuesta de sistematización, basada en la escalera de ganar, consolidar, discipular, y enviar, lo que justifica, obviamente, la búsqueda de métodos eficientes para lograrlo. Es aquí donde los materiales de estudio y entrenamiento estandarizados o empaquetados juegan un rol trascendental, así como la estructura, dinámicas y liturgia pre-establecidas de los Pre-encuentros, Encuentros y Post-encuentros, donde no se deja nada suelto, con el fin de lograr el objetivo de producir líderes, que funcionen dentro del “sistema” G-12, en el menor lapso posible. Sin embargo, haciendo una mirada crítica, en contraste con el mundo de los restaurantes de comida rápida, donde se busca procesar el mayor número posible de clientes por minuto,

La fe cristiana no tiene que ver con el procesamiento de gente como si ellas fueran gotas de agua idénticas. La vida es confusa y compleja, como miles de personas en la post-modernidad lo están descubriendo. Hay mucha suciedad que es imposible o casi imposible, y a veces indeseable, amarrar dentro de un paquete bien acomodado o prolijo.[6]

¿Qué sucede cuando los ciclos eficientes exigidos por la metodología G-12 no se pueden seguir a cabalidad? ¿Qué ocurre cuando los creyentes no avanzan linealmente en la secuencia de pasos? ¿Qué se hace cuando las “maldiciones generacionales” no se pueden quebrantar, o los “demonios” no se pueden echar de una sola pasada en los retiros espirituales? ¿Cómo se pastorea con “eficiencia” un creyente con serias dificultades, con traumas, con problemas mentales y físicos? ¿Cómo se acompañan los creyentes LGBT cuando un exorcismo no es suficiente para cambiarles su orientación? Estas son preguntas que son muy difíciles de responder dentro de una estructura eficiente, donde no hay tiempo para detenerse a pensar en situaciones complejas que hacen que la cadena de producción se detenga o se atrase. Esas son más bien distracciones, retrasos en la línea de producción, los cuales con el tiempo son abandonados a su propia suerte.

En esta análisis, la calculabilidad se refiere a poner el “acento en elementos que se puedan calcular, contar, cuantificar” [7] dentro del sistema, lo que da como resultado que lo cuantitativo termina aceptándose ciegamente como medida de calidad. En el caso de las iglesias celulares, lo que se espera es que cada célula o grupo pequeño se múltiple dentro de un lapso razonable, que el número de líderes vaya en aumento, y que el tamaño de la iglesia crezca exponencialmente en un corto tiempo. Es claro que, el “crecimiento es el objetivo principal de la práctica celular, por lo que las iglesias son siempre descritas en términos numéricos”[8], cosa que es fácilmente comprobable con una simple inspección de la literatura sobre el tema. En ese sentido, es interesante observar, desde el punto de vista de la dimensión de la calculabilidad, lo que Joel Comiskey dice sobre la iglesia Elim en El Salvador, una congregación que habiendo desarrollado su propio sistema celular, para el año 2013 decía tener unas 11000 células:

La iglesia Elim es extremadamente organizada… creen que Dios quiere que midan con exactitud lo que está pasando en medio de ellos… los 90 pastores que forman parte del equipo de Elim… pueden decirte el martes por la mañana cuáles son los datos estadísticos de la semana anterior como: asistencia, conversiones, bautismos, personas visitadas, y miembros capacitados. Y todos estos números son exactos… El seguimiento estadístico de todas las reuniones les da a los pastores y supervisores un informe de avance de cada célula, y motiva a los líderes a seguir alcanzando a otros[9].

¿Cuál es el objetivo tras tantas mediciones? ¿Por qué es importante cuantificar tan sesudamente lo que ocurre en un grupo celular? ¿por qué tanta precisión? La capacidad para recoger datos y plasmarlos en hojas de trabajo o en sofisticados programas de computación[10] tiene como objetivo ejercer control sobre la membresía de la iglesia. Según la teoría de Ritzer, “las innumerables normas, regulaciones, guías (manuales), disposiciones, cadenas de mando y jerarquías (son) diseñadas para dictar, tanto como sea posible, lo que la gente debe hacer dentro del sistema y cómo debe hacerlo” (Pág. 148). Por esta razón, desde el mismo inicio del grupo celular se debe ejercer alguna forma de control. El sistema de discipulado (en una manera similar al movimiento de pastoreo que ya reseñé) ayuda a determinar con una cierta certeza quienes avanzarán hacia las siguientes fases y se convertirán en líderes de células. Además de ello, estas personas se van incorporando progresivamente en la jerarquía de la iglesia celular a través de los grupos de 12. Para algunos autores, los esquemas rígidos de la iglesia celular, como el G-12 colombiano, son implementaciones bastante sofisticadas cuyo objetivo, aparte del crecimiento rápido, es poder supervisar y controlar de la manera más cercana posible a las personas, minimizando así las pérdidas y los traslados a otras iglesias, tan comunes en nuestras iglesias.

Entre las ideas introducidas por Ritzer, una de las que ha tenido mayor desarrollo es la de la aplicación de la tecnología para los procesos de control. En el caso de los grupos pequeños, es posible ver la proliferación de herramientas de software para un control eficiente, e incluso el desarrollo de aplicaciones para teléfonos inteligentes, con lo cual la recolección de datos es mucho más sencilla y transparente al usuario.

La insistencia en la recolección de estadísticas, el uso de los mismos procedimientos repetitivamente, la creación de estrictos estándares de trabajo, la formulación de descripciones de cargo precisas, la obligación de que todas las personas estudien los mismos materiales y piensen relativamente de la misma forma, aparte de la cuantificación de todo cuanto acontece en la iglesia, conduce finalmente a la cuarta dimensión propuesta por Ritzer que es la de la predictabilidad. Básicamente que no haya sorpresas en las formas y en lo que se ofrece a las personas, algo que se observa sin lugar a dudas en sitios como Starbucks o McDonalds, sea que estén en Madrid o Bogotá, Seattle o Los Ángeles. Puede que el café o la hamburguesa sepan un poco diferentes, pero el sistema es el mismo. Uno puede predecir lo que va a pasar antes de llegar al lugar y no quedar defraudado. Es por ello que para lograr ese efecto la organización tiene que enfatizar “en cosas tales como la disciplina, el orden, la sistematización, la formalización, la rutina, la coherencia y los actos metódicos”[11]. Sin embargo, no hace falta un análisis muy profundo para uno darse cuenta que es imposible clonar células, que cada miembro tiene su historia y su vida, que cada sector donde ellas se encuentran tiene sus necesidades peculiares, por lo que uno debería esperar, desde el punto de vista de la misión de la comunidad cristiana, es el efecto contrario, es decir, la incapacidad para predecir lo que va a pasar con cada una de ellas. Algo seguramente muy aterrador para los líderes en lo alto de la jerarquía, como lo hace ver John Drane en su reconocido estudio sobre la macdonalización de la iglesia:

La evolución de los grupos pequeños hasta convertirse en una verdadera comunidad, bien sea a través de estrategias deliberadas usadas por la iglesia celular, o de manera más informal, podría devenir en otro mecanismo de control, a menos que a tales grupos se les permita el espacio para desarrollarse y transformarse en iglesias en pleno funcionamiento. De cualquier otra manera, ellas serían solo “seudocomunidades”, controladas rígidamente a través de una agenda impuesta desde fuera de ellas (a menudo por temor a que se conviertan en centros donde el sistema es cuestionado), en lugar de permitírseles y motivárseles a que se desarrollen dentro de redes de apoyo mutuo, ánimo y sanidad.[12]

Dicho lo anterior, puedo comprender y hasta sentir empatía por un pastor, hoy en día “apóstol”, que me invitó a dar una charla en su congregación, para ayudar a responder la pregunta sobre cuáles serían los nuevos modelos de iglesia que podrían aflorar en situaciones sociales críticas como las que estamos viviendo en Venezuela. Se trataba de una pregunta sincera, ante sus dudas a su propia e incompleta implementación de G-12, pero ante la complejidad del escenario nacional que me servía de contexto, no podía proponerle una fórmula simple. Así que partiendo de la célula como un ser vivo, veía la necesidad de un modelo más orgánico que permitiera su desarrollo dentro del ambiente donde se encontrara. Pero ello implicaba la descentralización, la posibilidad de que los estudios bíblicos se adaptaran a las necesidades locales de las comunidades en los vecindarios y barriadas, que el grupo tomara iniciativas propias y que innovara, incluso en el servicio social y las ayudas humanitarias, todo lo cual iba en contra de la uniformidad y la predictibilidad de la que estamos hablando. ¿Cómo se me ocurría a mi plantear algo tan radicalmente diferente? Si como dice Ralph Neighbour, uno de los principales estudiosos y proponentes de las iglesias celulares, lo que se está buscando, hoy en día, es “edificar una estructura multinivel en cuyo pináculo se encuentre un apóstol”, quien con poderes plenos dirija a través de la cadena de mando a un ejército de obedientes discípulos que implementen los programas y sueños diseñados por esta autoridad super-poderosa. Fue motivante ver los ojos radiantes de algunos que asistían a la charla, sus mentes volaban con ideas. Pero otros estaban más bien asustados, se preguntaban cómo podían operar sin una estructura rígida, sin las órdenes del apóstol, sin la supervisión constante a la que estaban acostumbrados. Obviamente, esa fue la última vez que me invitaron a ese lugar, aunque también se me cerraron las puertas en muchos otros sitios para seguir hablando acerca de este álgido tema.

A manera de reflexión

Como reflexión final a esta sección, debo decir que sería injusto sostener que solo el movimiento G-12 y las iglesias celulares son susceptibles a la macdonalización. En realidad, toda la iglesia cristiana ha sido objeto de la globalización, el mercadeo, la influencia de los medios, el mercadeo, y los métodos gerenciales modernos[13]. El movimiento de La Viña también ha sido blanco de la tentación de recurrir a la racionalización y sistematización en diversas oportunidades y por distintas razones. Solo habría que pensar en los estilos musicales usados en la adoración, algo con lo que hemos tenido que lidiar en América Latina, lo que ameritaría un estudio aparte, y su pretendida uniformización en estilos y lenguaje lírico, musical y hasta visual. O bien, el deseo de muchos de que las iglesias se parezcan en su estilo, liturgia y predicación a aquellas congregaciones californianas de finales de los ochenta. Bastante corporativa y modernista es la estructura de liderazgo ensayada por AVCUSA con sus regiones y coordinadores de área, se parece mucho al formato “Jetro” que se usa para la supervisión de grupos celulares en el sistema coreano de Cho. Igualmente, resultó bastante sofocante para algunos de nosotros en Latinoamérica el registro de la  “La Viña” en cada país, como cualquier otra marca comercial. Así mismo están las críticas al programa Alpha, tan difundido en las iglesias del movimiento en Europa y los Estados Unidos. Por último, los intentos de normalización y control de la plantación y adopción de iglesias a lo largo del tiempo. Sin embargo, también es cierto que, debido a sus propias características, La Viña nunca ha logrado imponer una agenda estricta de cómo deben hacerse las cosas, aunque lo haya intentado. La rebeldía innata de quienes llegamos a este movimiento hace muy difícil su uniformidad. Incluso, el propio Wimber se debatía entre dos aguas, su formación racionalista dentro del movimiento de iglecrecimiento, versus su sensibilidad a la voz del Espíritu Santo.

Don Williams, en un capítulo de un texto académico sobre las denominaciones norteamericanas, señala que Wimber como asesor de organizaciones religiosas podía:

Ver una iglesia en términos de su planta física, ubicación geográfica, visibilidad, estacionamiento y hacer juicios bastante precisos acerca de su futuro, sin entrar en detalles sobre su vida espiritual. A los pastores noveles les pedía que elaborarán planes quinquenales. Para enseñar acerca de la sanidad creó un método de cinco pasos para orar por los enfermos… Sin embargo, Wimber en lo interno no era un modernista. El racionalismo no lo había adoctrinado. Aunque la iglesia moderna trató de domesticarlo, no logró socializarlo. Más bien, lo quemó. Por eso siempre se preguntaba ¿Cuándo nos toca hacer “las cosas”? Con lo cual simplemente quería decir, “las cosas” que hizo Jesús…[14]

De manera jocosa, cuando se le preguntaba cómo se preparaba para orar por los enfermos, respondía, tratando de desconstruir la práctica, “me tomo una coca-cola ligera”. Si el mismo fundador de La Viña se resistió a sistematizar el movimiento y a crear una plantilla por medio de la cual se podrían reproducir las iglesias, hace que el propio movimiento sea bastante resistente a adoptar otras formulaciones, especialmente aquellas que afectan la esencia de lo que es ser iglesia. También da lugar a una heterogeneidad de ideas y maneras de pensar, actuar, sentir que a veces puede ser complicada y altamente volátil. Como fue el caso de la controversial decisión de aceptar el pastorado de la mujer, en el año 2006 cuando Bert Wagoneer se desempeñaba como director nacional de la AVCUSA, donde se les dio a las comunidades locales la libertad para decidir si ordenaban, o no, a pastoras principales y auxiliares[15].

Algo que quizás pueda explicar esta característica del movimiento está en la evolución de las organizaciones a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Frederick Laloux nos presenta un cambio fundamental cuando lo racional o sistematizado deja de ser visto como esencial, aunque si importante, y se pasa a considerar el cooperativismo, las relaciones, la descentralización y la democracia como el eje central organizativo[16]. Dentro de La Viña, el mismo uso del nombre de las iglesias revela la intención de expresar el deseo de vivir en comunidad, y las asociaciones no son vistas en el sentido tradicional de las denominaciones, sino como una “comunidad de comunidades”. En lugar de enfatizar la jerarquía, se pasa a un modelo de empoderamiento que permite que los líderes y miembros de la iglesia comiencen a vivir su vida, ya no en base a programas preconcebidos, sino de acuerdo a las situaciones que van enfrentando en su cotidianidad. El líder de célula se convierte en un siervo líder que escucha a los otros miembros de su grupo, los empodera, motiva y desarrolla, a la par que el mismo va creciendo como persona y resolviendo sus dilemas. A diferencia de los esquemas macdonalizados, llenos de generalizaciones y sistematizaciones, que se traducen en reglas, normas y procedimientos, en La Viña se enfatizan los principios y valores. Valores que se expresan en las prácticas de la iglesia, produciendo frutos en las vidas de las personas e induciendo un crecimiento sin artificios. Todo lo cual produce una cultura bastante fuerte, cohesiva y vibrante, donde un slogan como ser “naturalmente sobrenatural” o “ven como eres” no son simplemente dos palabras que suenan bonito, sino que son el resultado de una experiencia vivida.

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[1] Mora, F. (2005). Manual para iglesias que crecen: Visión celular como modelo de crecimiento. Buenos Aires (Argentina): Certeza. Pág. 15.

[2] Comiskey, J. (2002). Concerns about the G-12 movement. Disponible en: http://bit.ly/2lx23zf, última visita, 06/03/2017.

[3] Comiskey, J. (2014). De 12 a 3: Cómo aplicar los principios de G12 en su iglesia. Amazon Digital Services LLC.

[4] Ritzer, G. (1996). La McDonalización de la sociedad: Un aanálisis de la racionalización en la vida cotidiana. Barcelona (España): Editorial Ariel.

[5] Ritzer (1996). Ibid. Pág. 54

[6] Drane, J. (2002). The church in the iron cage. George Ritzer (editor), McDonaldization: The reader. Thousands Oaks (California): Pine Forge Press. Pág. 152.

[7] Ritzer (1996). Pág. 84.

[8] Harvey, D. (2003). Cell Church: Its situation in Brittish evangelical culture. Journal of Contemporary Religion. 18:1, 95-109. Pág. 104.

[9] Comiskey, J. (2014). El movimiento de la iglesia celular. Disponible en: http://bit.ly/2mz6xF8, última visita 06/03/2017.

[10] Es interesante observar la cantidad de productos computacionales que se consiguen en el mercado religioso brasileño, dirigidos a las iglesias celulares, en especial las que han implementado la visión de grupos de 12 (hay varias versiones de la idea de Castellanos en Brasil). Productos como SigiCell, AswVisãoCelular, o CelulApp, son algunos ejemplos de la importancia que se le da la medición y el control dentro de esta eclesiología. Aparte que refuerza la tesis de Ritzer del uso de instrumentos tecnológicos para facilitar el control en la sociedad mcdonalizada.

[11] Ritzer (1996), Ibid. pág. 108

[12] Drane, J. (2000). The MacDonaldization of the Church. London: Darton, Longman & Todd. Pág. 47-48

[13] ver estudios sobre la iglesia mcdonalizada en Corea del Sur y en Brasil. Hong, Young-Gi (2003). Encounter with modernity: The “Mcdonaldization” and “Charismatization” of Korean megachurches. International Review of Missions. 92:365. Pág. 239-255. De Moura, E. G. (2013). A McDonaldização da fe: O culto como espectáculo entre os evangélicos brasileiros. Tesis Doctoral. Universidad de Santa Catarina. Florianópolis (Brasil). Igualmente el libro, White, T. y Yeats, J. (2009). Franchising McChurch. Colorado Springs (Colorado, USA): David C. Cook.

[14] Williams, D. (2005) Theological perspective and reflection on the Vineyard Christian Fellowship. En Roozen y Nieman (Editores), Church, identity, and change: Theology and denominational structures in unsettled times. Grand Rapids (Michigan): Eerdmans. Pág. 166.

[15] “En respuesta al mensaje del reino, el liderazgo del movimiento de La Viña motivará, entrenará, y empoderará a mujeres en todos los niveles del liderazgo tanto localmente como translocalmente. El movimiento como un todo le da la bienvenida al liderazgo de las mujeres en todas las áreas del ministerio. Reconociendo que algunos pastores tienen una comprensión diferente de las escrituras, cada iglesia local retendrá el derecho de hacer sus propias decisiones en cuanto a la ordenación y nombramiento de pastoras principales” (Bert Wagoneer, 1º de diciembre, 2006).

[16] Laloux, F. (2014). Reinventing organizations: a guide to creating organizations inspired by the next wave of human conciousness. Brussels (Belgium): Nelson Parker.

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¿Discipulado o dominación?

El artículo previo en esta serie lo puede encontrar aquí.


No está muy claro cuáles fueron las influencias teológicas iniciales que César Castellanos tuvo, previo a la implantación del modelo G-12, en los comienzos de la Misión Carismática Internacional. Sobre esto hay solo textos especulativos publicados en Internet de los cuales prefiero no hacerme eco. Extrañamente, faltan análisis más críticos desde el punto de vista teológico/académico acerca de este modelo eclesiológico tan divulgado en nuestras latitudes, salvo algunas tesis de maestría y doctorado que se abocan más a los aspectos sociológicos y antropológicos asociados con los modelos de iglesia celular en general. Sin embargo, en algunos de sus rasgos, el gobierno de los doce o G-12, tiene una similitud bastante cercana a otro mover evangélico del siglo XX, que estaba en su apogeo durante los años previos al nacimiento del movimiento de La Viña en California, y que ha sido también vinculado como precursor de la Nueva Reforma Apostólica. Se trata del Movimiento de Pastoreo o Movimiento de Discipulado, o Shepherding Movement como se le conoce en inglés, el cual llegó a tener, en su momento cúspide, cerca de 1982, más de 100000 adherentes y unas 500 iglesias asociadas. David Moore ha estudiado en detalle el surgimiento, desarrollo y fracaso del movimiento de pastoreo entre 1970 y 1986, desde diversos ángulos, incluyendo su eclesiología, la cual considera como central entre las razones que llevaron a su rápido crecimiento. En ese sentido señala que:

…nada distinguió más al movimiento que sus enseñanzas sobre el cuidado pastoral. Cada creyente debía tener una relación personal, definida y comprometida con un pastor, afirmada por un acuerdo verbal, y en ocasiones escrito. La necesidad de tener “cuidado pastoral personal” era la piedra angular de la práctica eclesiológica del movimiento. Una persona se unía a las iglesias del movimiento mediante el establecimiento de relaciones formales con un pastor, una práctica que alarmaba a algunos observadores, quienes pensaban que ello le otorgaba una dimensión soteriológica a la relación entre pastores y ovejas. (Pág. 262)… En el movimiento, las iglesias caseras o los grupos celulares dirigidos por estos pastores eran los bloques constitutivos de la estructura… no eran grupos auxiliares, sino el epicentro de la vida de la iglesia… Se enseñaba que, el camino hacia el ministerio era a través de una relación de sujeción a un pastor. Bajo ese líder, un hombre[1] debía demostrar ser responsable en los aspectos naturales de la vida: familia, trabajo, finanzas, mayordomía de las posesiones, un proceso que lo preparaba para el liderazgo espiritual (Pág. 264)… Las iglesias dentro del movimiento eran dirigidas por un pastor principal quien se sometía a uno de los cinco (fundadores del movimiento[2])… o a quienes ellos lo hubiesen delegado. El pastor local cuidaba de otros pastores dentro de la congregación, quienes a su vez se encargaban de hasta diez personas en cada iglesia casera o célula (Pág. 265)[3]

Sin embargo, resulta interesante resaltar que las ideas sobre esta particular eclesiología, aparentemente habían surgido como producto de la visita a la Argentina de Bob Mumford, uno de los cinco líderes principales del movimiento de pastorado[4]. El objetivo era conocer de primera mano el sistema establecido por un pastor de las Asambleas de Dios, Juan Carlos Ortiz, quien luego sería invitado a predicar en una conferencia en Fort Lauderdale (Florida, Estados Unidos) por Mumford y los otros líderes de su movimiento. De los sermones de la conferencia se publicaría, en 1975, un libro sobre discipulado que se popularizaría ampliamente dentro del movimiento, en muchas otras denominaciones y hasta grupos paraeclesiásticos[5]. La motivación de Ortiz para enfatizar el discipulado radical está expresada en sus propias palabras así:

Un día, leyendo el Evangelio según Mateo, vi que Jesús dijo que todas las multitudes eran como ovejas sin pastor, y él escogió doce discípulos. Dije para mí mismo: “Es tiempo de cambiar”. Yo tenía una congregación parecida a un club. Era como un orfanato y yo era el Reverendo Juan Carlos Ortiz, director del orfanato. Cuando comprendí esto, decidí comenzar una nueva iglesia subterránea en mi casa. Juanito se robó un grupo de miembros del Reverendo Ortiz y comenzó a discipularlos. Yo era Juanito. En esta nueva estructura ya no precisaba ser “reverendo”. Sólo Juanito. ¿Usted sabe por qué? Los clubes están fundamentados en la pretensión y el prestigio humanos. La verdadera Iglesia está fundamentada en Jesús. Si a Él lo llamamos por Su primer nombre, ¿por qué no a mí? Entonces di mi vida a esos discípulos. Trabajé con ellos. Fuimos al campo juntos. Vivimos juntos. Comimos juntos. Les abrí mi casa. Vinieron a dormir en mi casa… Nos convertimos en una familia. Después de seis meses, más o menos, pues no fue de un día para otro, esas personas estaban tan cambiadas, que todo el orfanato notó esto… Las personas iban a ellos para oración y consejo. Al cabo de de seis meses más, les permití sustraer otros miembros de la iglesia del Reverendo Ortiz, a fin de hacer de ellos discípulos. Seis meses más adelante, a esos también se les permitió robar otros miembros. Llevó casi tres años, pero finalmente todos los miembros fueron robados, y el orfanato fue transformado en una familia[6]. (Págs. 191-192)

Lo que Ortiz describe es su propia estructura celular, específicamente diseñada para formar discípulos que vivieran según los valores bíblicos, cosa que resultaba bastante atractivo para muchas creyentes que soñaban con una iglesia más parecida a las del Nuevo Testamento. Se trataba de un sistema que requería una gran inversión de tiempo de parte de los discípulos, los cuales debían asistir hasta a tres grupos a la semana, para evangelismo, pare ser pastoreado por otro líder, y para asumir el discipulado de otros líderes en formación, algo bastante parecido al sistema G-12 de Castellanos. Además de eso, durante otra noche más a la semana, había una reunión colectiva con todos los líderes. Las reuniones se extendían de cuatro a seis horas, por lo que era necesario descansar dos noches durante la semana, dejándose el servicio dominical para la noche, a fin de que las personas tuvieran el día libre. Los miembros de los grupos trataban de ayudarse mutuamente en las necesidades que surgían, minimizando el uso de títulos, aparte de sujetarse a sus líderes, quienes teóricamente debían ejercer su autoridad con gracia. Un poco más adelante, para 1986, Ortiz expresaba enfáticamente unas palabras que, suenan extremadamente similares a las de Castellanos en lo que respecta a los grupos de doce, en las que recomendaba que:

No se deben añadir nuevos miembros al grupo pequeño de discípulos. Jesús no añadió a más nadie al grupo de los doce. Cada vez que se añade a una nueva persona en el grupo se tiene que comenzar con el ABC de nuevo y detener el crecimiento. Quien gana a una nueva persona debería comenzar un nuevo grupo en su casa y seguir añadiendo personas hasta que se alcanza un cierto número. Entonces, los miembros del nuevo grupo tienen que abrir sus casas y comenzar nuevos grupos con nuevas personas, y así sucesivamente…[7]

No es de extrañar que las ideas de Ortiz probadas primero en Argentina a comienzos de los 70 y en otros países latinoamericanos[8][9], junto con las del movimiento de pastoreo en los Estados Unidos y las de Watchman Nee en China, con su famoso libro Autoridad Espiritual, puedan haber influenciado a César Castellanos en los inicios de la MCI en 1983. Precisamente en esos años, ambos textos el de Nee, y el de Ortiz, Discípulo[10], se hicieron extraordinariamente populares entre los evangélicos latinoamericanos. Por ejemplo, Nee enseñaba que, cada persona debía tener una “cobertura” del Señor, refiriéndose a una persona con autoridad delegada, que debía ser imitada, obedecida incondicionalmente, y a la cual se le debían confesar todos los pecados. Además de ello, otros movimientos que usaron las mismas ideas se extendieron por América Latina, como por ejemplo el Ministerio Maranatha fundado por Bob y Rose Weiner, quienes tenían células universitarias e iglesias de jóvenes en varios países del continente[11], al igual que la Renovación Carismática Católica (RCC), ambos muy influyentes entre los grupos juveniles de finales de los setenta y comienzos de los ochenta.

En el caso de la RCC, los fundadores comenzaron con la realización de lo que se denominaba el cursillo de cristiandad, un tipo de formación espiritual que se desarrolló en 1949 en España[12]. Dentro de la realización de esas actividades varios de sus líderes recibieron el bautismo del Espíritu Santo y así nació el movimiento de católicos pentecostales en febrero de 1967, durante un retiro en la Universidad de Duquesne (Pittsburgh, Pennsylvania)[13]. Aparte de los numerosos grupos de oración carismáticos que florecieron en muchas parroquias de los Estados Unidos, dos comunidades se fundaron en Ann Arbor (Michigan) y South Bend (Indiana) a partir de las cuales una red de comunidades de pacto se extendió en los Estados Unidos y en América Latina, llamada Sword of the Spirit (SOS, o Espada del Espíritu en español)[14]. Esas comunidades fueron influenciadas por las enseñanzas del movimiento de pastoreo a través de Steve Clark quien escribió numerosos artículos y libros sobre el tema, sosteniendo que “la autoridad efectiva y la subordinación son cruciales para lograr una comunidad exitosa..”, ideas que estaban en completa sintonía con las que ya venían siendo implementadas por los grupos discipulares fundados por el movimiento de pastoreo.

Es por ello que de alguna manera los dirigentes iniciadores de la RCC, los cinco líderes principales del movimiento de pastoreo, así como otros líderes invitados se unieron en 1974 en lo que denominaron un “Concilio”, donde podían compartir y ayudarse mutuamente, a la vez que desarrollar proyectos. El concilio pretendía lograr la cooperación entre comunidades diversas, tanto como el intercambio y el avance de ideas y enseñanzas sobre el discipulado y el mover del Espíritu Santo. El mismo estuvo integrado por Don Basham, Ern Baxter, Steve Clark, Ralph Martin, Bob Mumford, John Poole, Derek Prince, Charles Simpson, Larry Christenson, Paul DeCeller y Kevin Ranaghan, hombres que provenían de diferentes tradiciones cristianas, pero que ya estaban envueltos en el desarrollo del movimiento discipular en gran escala. Este Concilio fue en parte responsable de la famosa Conferencia Ecuménica de Renovación Carismática de Kansas City en 1977 que atrajo a millares de personas, en su gran mayoría católicos[15] y que le dio a todas estas comunidades de pacto y al discipulado radical un impulso vertiginoso.

Lamentablemente, lo que parecía un mover extraordinario del Espíritu Santo empezó a confrontar serias dificultades debido a los abusos espirituales que se comenzaron a cometer en las comunidades de discipulado. David Moore lo expresa de la siguiente manera:

El énfasis del movimiento de pastoreo en las relaciones pastorales verticales produjo con gran facilidad tendencias autoritarias. A los líderes se les adjudicaba un rango de autoridad amplio y significativo que a menudo terminaba usándose incorrectamente. La intención conceptual de Mumford y del resto era desarrollar la madurez, no el abuso o el control de los miembros. Los cinco líderes creían que la naturaleza voluntaria de la relación pastoral o de discipulado sería el salvavidas en contra de cualquier abuso de autoridad. Estaban equivocados.[16]

Poco a poco se dieron cuenta que era difícil balancear el nivel de autoridad sano, tanto bíblicamente como sicológicamente, con el libre albedrío de las personas y con el deseo de que maduraran y crecieran como discípulos, dentro de una sociedad cuya cultura empujaba hacia el la carnalidad y la superficialidad, el individualismo y la independencia de cada persona. El resultado fue que los niveles de pastoreo, discipulado, cobertura y autoridad ejercidos[17], producían, en respuesta, niveles de sujeción, sumisión, rendición de cuentas, y pasividad tóxicos, lo que pronto enfermó las comunidades y desencadenó el progresivo desmembramiento del movimiento. Aunque el proceso de desintegración y mutación del movimiento tomó varios años, fue en 1990, en el número de Enero/Febrero de la revista Ministries Today, cuando Bob Mumford hizo públicamente su declaración pidiendo perdón por los abusos cometidos por el movimiento, añadiendo entre otras cosas que:

La rendición de cuentas, el entrenamiento personal bajo la guía de otra persona, así como el cuidado pastoral efectivo son conceptos bíblicos necesarios. Para que ellos sean preservados se requiere una madurez espiritual verdadera. Estas prácticas bíblicas deben realizarse dentro de los límites indicados por el Nuevo Testamento. Sin embargo, para mi dolor y pesar, el énfasis en estos conceptos particulares conduce con facilidad a la sumisión enfermiza, lo que da como resultado una perversa obediencia a líderes humanos que es contraria a la Biblia.[18]

“El movimiento de discipulado produjo una sumisión insana que, llevó a una obediencia perversa y antibíblica a líderes humanos… Por las heridas y la vergüenza causadas, me arrepiento con gran tristeza y les pido su perdón…” [Bob Mumford en Buckingham, J. (1990). The end of the discipleship era. Ministries Today, January/February, pág. 46]

Ahora bien, como ya hemos mencionado en otros escritos, La Viña nace a partir de un grupo de iglesias lideradas por John Wimber provenientes de Calvary Chapel, movimiento que había crecido vertiginosamente gracias a su participación y acompañamiento activo del Jesus Movement de finales de los 60 y toda la década de los 70. Varios estudiosos han demostrado la marcada influencia del movimiento de pastoreo en el Jesus Movement. Por ejemplo, Lonnie Frisbee, quien fuera fundamental en los inicios de La Viña, pues trabajó de cerca con Wimber en la formulación y demostración del evangelismo de poder, estuvo asociado con el movimiento de pastoreo aproximadamente entre 1971 y 1976. Junto con él, miles de otros miembros del Jesus Movement se vincularon también, como lo señala Eskridge[19]:

Una gran cantidad de figuras influyentes del Jesus People, tales como Lonnie Frisbee… eventualmente llegarían a estar bajo la guía del movimiento de pastoreo, y docenas de comunidades locales del Jesus People a lo largo y ancho de Norte América participaron en el movimiento de pastoreo bien sea oficialmente, como indirectamente, a través de la influencia de su literatura y mensajes grabados. (Pág. 309)

Como se mencionó anteriormente, ya para el período 1980 a 1982 que son los años formativos de La Viña, el movimiento de pastoreo había sufrido grandemente a causa del abuso espiritual provocado por el autoritarismo, quedando su doctrina y prácticas completamente desacreditadas y expuestas a la luz pública. Por estas razones Wimber y los líderes del naciente movimiento rechazaron cualquier práctica eclesiástica que tuviese que ver con la formación de comunidades patriarcales de pacto, relaciones discipulares verticales y permanentes, paternidades espirituales, o pesadas coberturas espirituales, estructuras éstas que ya habían demostrado que propiciaban la dependencia enfermiza de los miembros de quienes eran sus líderes de grupos pequeños o células, lo que conducía al liderazgo abusivo basado en una especie de teocracia jerárquica, donde los más maduros en la fe pasaban a dirigir permanentemente a otros miembros, quienes hacían con ellos pactos de obediencia y sumisión. Precisamente, tales niveles de sobrecarga eclesiástica, de pesado dominio de los líderes sobre los miembros comunes, de ausencia de frescura y poder en el Espíritu Santo, era lo que La Viña venía a confrontar y traspasar con nuevos valores, prioridades y prácticas, y sobre todo con una nueva comprensión del reino de Dios y el poder del Espíritu Santo.

Uno puede ver que en el nacimiento del movimiento de La Viña, el propósito de los grupos pequeños, caseros, familiares o células (o kinship groups), en nuestro lenguaje más contemporáneo, estaba definido por un discipulado bastante orgánico, sin muchas pretensiones o ínfulas de grandeza, cuyo objetivo era la ministración de los unos a los otros como iguales, dentro de un ambiente saludable. Esto obviamente estaba influenciado por la personalidad de Wimber como fundador del movimiento, cuyas características las describe de manera emotiva Don Williams, “Wimber… amaba genuinamente a las personas… vivía con sencillez y abría las puertas de su hogar a la gente… nunca usó su posición eclesiástica para distanciarse del dolor y la necesidad…”[20], él mismo era uno de esos “fariseos desgastados” a los que se refería, por lo que no nos debe extrañar que el naciente movimiento se fundamentara en esos anhelos de sencillez, apertura, transparencia, autenticidad, frescura, y poca religiosidad, siendo ellos los que van a caracterizar a esos primeros grupos pequeños que surgieron en ese entonces. Junto a estos anhelos y actitudes, la compasión, vivida como un valor del reino, se establece como el centro de la práctica del amor y servicio los unos a los otros, lo cual en el movimiento de La Viña siempre iría por delante del pragmatismo de los métodos, fórmulas y estructuras de gobierno, o de crecimiento acelerado que encontramos en los sistemas como el del movimiento de pastoreo, o el más reciente y ampliamente divulgado en América Latina de la visión G-12, donde estos aspectos adquieren dimensiones incontrolables.

En cierto sentido, la diferencia entre una iglesia de La Viña y cualquier implementación de la visión G-12 queda reflejada por la metáfora de Wolfgang Simson:

En algunas naciones las personas son muy formales y rituales, en otros muy abiertas y cordiales. Algunos países te hacen sentir como si estuvieras entrando en un campamento militar, con muchos controles estrictos, donde nadie mueve un dedo sin un permiso previo, mientras que otros son más como un camping, con muy poca organización y más como un lío agradable…[21]

Para quienes necesitan de órdenes, controles, formalidades, rituales, permisos, hará falta una estructura prusiana jerárquica, con su mariscal de campo a la cabeza dirigiendo todas las operaciones. Mientras tanto, habrá otros que anhelarán lo sencillo y genuino, la apertura y la transparencia, la relacionalidad y el servicio, la ausencia de excitación y grandiosidad, en ese caso muchas de las estructuras celulares existentes resultarán como camisas de fuerza o armaduras que no calzan bien en quien las porta. Para estos, entre los que me incluyo, el poco organizado camping de La Viña resulta más adecuado.

El siguiente artículo de esta serie lo encuentra aquí.



[1] En el movimiento de pastoreo se enfatizaba lo masculino en todos los temas del ministerio.

[2] Se trataba de Don Basham, Em Baxter, Bob Mumford, Derek Prince, y Charles Simpson. Basham, era un periodista que pertenecía a los Discípulos de Cristo; Baxter, tenía influencias tanto pentecostales como de la tradición reformada; Mumford, era un Pentecostal formado en un seminario Episcopal; Prince, era un académico formado en Oxford, que provenía del pentecostalismo clásico; y Simpson, era un pastor bautista…

[3] Moore, D. (2000).The Shepherding Movement: A Case Study in Charismatic Ecclesiology. Pneuma: The Journal of the Society of Pentecostal Studies. 22:2, 249-270.

[4] Una historia parecida a la de John Arnott visitando a Claudio Freidzon previo al inicio de la Bendición de Toronto.

[5] Ortiz, J.C. y Buckingham, J. (1975). Call to discipleship. Miami: Logos.

[6] Walker John (1996). La iglesia del siglo XX: La historia que no fue contada. http://bit.ly/2m5USus, última visita 20/2/2017.

[7] Citado por Diamond, S. (1989). Spiritual Warfare: The Politics of the Christian Right. Boston (USA): South End Press. Pág. 115

[8] Juan Carlos Ortiz fue predicador invitado del V Encuentro Carismático Católico Latinoamericano (ECCLA V) que se celebro en Caracas en 1977. Lo que constituyó para algunos fue un escándalo, que un predicador pentecostal participara en un evento católico y que hubiese recibido la comunión de manos de Monseñor José Ali Lebrún, en ese entonces Arzobispo de Caracas, era algo nunca visto. El libro Discípulo se convirtió en texto requerido por los carismáticos católicos latinoamericanos.

[9] Holland, C. (2011). Historia y Desarrollo del Movimiento de Renovación Carismática en América Central. PROLADES. Señala que, “las visitas de los carismáticos evangélicos procedentes de la Argentina, como Juan Carlos Ortiz y Alberto Mottesi, a Costa Rica durante 1969-1971, así como varios otros líderes carismáticos (Padre Francis MacNutt, la enfermera Barbara Shlemon y Padre Frank Corbett), durante 1970- 1973, causaron el nacimiento del movimiento carismático ecuménico que removió algunas de las barreras existentes para lograr una asociación entre católicos y protestantes”. Última visita: http://www.prolades.com/cra/regions/cam/mrc_historia_cam.pdf.

[10] Ortiz, J.C. (). Discípulo.

[11] Conocí de cerca la Iglesia Maranatha en Caracas que funcionaba en el local del Cine Santa Paula donde hoy se reúne la iglesia de las Asambleas de Dios, Rocío del Espíritu Santo. Hoy en día sigue activa con sede en el Centro Comercial El Recreo. En el comienzo de los años 80 su ministerio principal era con universitarios por lo que la iglesia era muy juvenil. Una de sus características es que seguían un estricto proceso de discipulado.

[12] Manney, J. (1973). Before Duquesne: Sources of renewal. New Covenant, Febrero, 12-17. Disponible en: http://bit.ly/2lxa7Nj, última visita 22/1/2017. El cursillo fue fundado por el obispo Juan Hervas, Eduardo Bonnin, un sicólogo que había heredado una fortuna comercial, y el teólogo Juan Capo, influenciados por teólogos progresistas europeos como el Cardenal Suenens. Abbe Michonneau, e Yves Congar. Según Manney, “El método era llevar a las personas a tener una visión intensa y conmovedora de los ideales cristianos durante un retiro intensivo de tres días, y luego sostener y alimentar su fe dentro de una comunidad cristiana. El retiro era una presentación amplia y bien estructurada de las Escrituras, bajo un sofisticado esquema de dinámica de grupos… la estrategia apuntaba a la formación de líderes, tanto en la escogencia de los candidatos antes de los retiros, como en su subsecuente seguimiento…”

[13] Se acaban de cumplir 50 años de este evento trascendental para el mover del Espíritu en la historia de la iglesia. Ver una reseña aquí: http://bit.ly/2lMwrEY

[14] Una red de comunidades que todavía existe. Ver: http://www.swordofthespirit.net/

[15] Se estima que el 46% de los asistentes eran católicos carismáticos. Hubo conferencias denominacionales durante el día en iglesias bautistas, metodistas, episcopales, independientes, católicas, y de otras denominaciones, para luego coincidir con reuniones masivas en el estadio de fútbol americano por las noches.

[16] Moore, D. (2000). Ibid, pág. 267.

[17] Moore D. (2004). Apostleship, submission and accountability: five lessons we learned from the Shepherding controversy. Ministry Today. http://ministrytodaymag.com/display.php?id=9994. Última visita: 5/10/2016.

[18] Mumford,B. (1990). Mumford’s Formal Repentance Statement to the Body of Christ. Ministries Today, January/February 1990, pág. 52.

[19] Eskridge, L. (2005). God’s Forever Family: the Jesus People Movement in America, 1966-1977. PhD Dissertation. Stirling University. Stirling (Escocia).

[20] Williams, D. (2005) Theological perspective and reflection on the Vineyard Christian Fellowship. En Roozen y Nieman (Editores), Church, identity, and change: Theology and denominational structures in unsettled times. Grand Rapids (Michigan): Eerdmans. Pág. 172.

[21] Simson, W. (2003). Casas que trasformarán el mundo: El retorno de las iglesias a los hogares. Terrassa (España): Editorial CLIE, pág. 140.

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La Viña descubre el G-12

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En el año 2000 celebramos la II Conferencia Iberoamericana de La Viña en San José de Costa Rica. Fueron varios días de encuentro con delegados del naciente movimiento venidos de muchos países del continente. Durante las mañanas eran las plenarias, por las noches teníamos el conferencista principal, en este caso fue Martin Buehlmann, quien en ese entonces era pastor fundador de la iglesia Viña de Berna en Suiza. Por las tardes estaban los talleres que tocaban diversos temas, algunos de ellos muy clásicos en la Viña como sanidad o adoración, y otros más novedosos como el de la pobreza, dictado por un brasileño, Claudio Olivier, con amplia experiencia en el tópico. Como parte de nuestro aporte, desde la experiencia venezolana, tuvimos oportunidad de facilitar un taller sobre “grupos celulares”, usando específicamente ese término para publicitarlo dentro de la conferencia.

Muchos de los que asistieron al taller ya poseían algún tipo de experiencia en el tópico, quizás buscaban ordenar algunas ideas o reafirmar lo que ya estaban haciendo. Otros, apenas daban sus primeros pasos, o bien, andaban en las etapas tempranas de la plantación de una iglesia, donde los grupos pequeños son fundamentales. Sin embargo, al cabo de la primera sesión, algunos pastores chilenos se me acercaron y me preguntaron por qué, siendo parte de La Viña, usaba el término “célula” para referirme a lo que ellos preferían llamar grupos familiares o grupos pequeños. Obviamente habían llegado a la conclusión que, lo que originalmente John Wimber había denominado como grupos de afinidad relacional o kinship groups en inglés, elementos básicos en la eclesiología de la Viña, eran en concepto y práctica, diferentes a lo que en aquellos años se conocía como “célula” en América Latina. Naturalmente que tal observación me sorprendió, pues después de cuatro años de pertenecer al movimiento, en nuestra iglesia solo se hablaba de células y no veíamos conflicto alguno con los valores de La Viña.

Hurgando un poco más en el asunto, noté que la conversación se tornó más personal que teológica o eclesiológica, y los hermanos dejaron entrever heridas emocionales y conflictos que aún estaban en proceso de sanidad. Durante un cierto lapso de tiempo, a finales de los años noventa, La Viña chilena había experimentado con una metodología celular conocida como G-12 o “grupos de doce”. Lamentablemente, lo que suponía habría de traer crecimiento a todas las iglesias, había producido divisiones internas, severos conflictos interpersonales y agotamiento entre el liderazgo. Para prevenir más problemas, las congregaciones simplemente abandonaron las células y se centraron en sus cultos en los locales de reunión y la realización de conferencias eventuales, mientras se recuperaban de la crisis. Sin lugar a dudas que, con la estructura G-12 se había introducido algún elemento tóxico  que no se ligaba bien con los valores de La Viña. Aquellos pastores que hablaban conmigo simplemente daban a entender el sufrimiento que acaban de vivir.

En aquellos tiempos yo no conocía casi nada de G-12, mucho menos pretendía entender su filosofía. Había sido testigo, de la transformación en mis propias narices de una iglesia caraqueña, por la implementación de los G-12, pues usábamos semanalmente uno de sus locales para un grupo de restauración y sanidad. No nos dimos cuenta qué era lo que estaba en proceso allí, hasta que nos pidieron que nos mudáramos a otro lado, porque necesitaban el espacio debido a la súbita dinámica de crecimiento que estaban experimentando. A pesar de que el tema de los grupos pequeños o células venía siendo el centro de mi interés ministerial durante unos quince años, tenía la idea de que casi todas las iglesias ponían en marcha su estructura celular siguiendo el esquema coreano de Cho, incluyendo las de la Viña. El encuentro con mis hermanos chilenos en Costa Rica me hizo pensar que me faltaba mucho conocimiento sobre el tema y que quizás, debía entender mejor de qué se trataban estas nuevas tendencias.

La confirmación me llegó rápidamente el año siguiente en una conferencia de La Viña a la que asistí en Curitiba, Brasil. Allí nuevamente me pidieron que dictara un taller sobre grupos celulares y una vez más, casi como que si se repitiera la escena de Costa Rica, se me acercó un pastor de Brasilia quien me relató acerca de las innumerables heridas espirituales y emocionales que habían quedado de su experiencia con G-12. En este caso no había sido dentro de La Viña sino en una de las innumerables congregaciones brasileñas que adoptaron el modelo G-12 o modificaciones de éste. En los años sucesivos vimos cómo muchas iglesias crecieron vertiginosamente, incluso en nuestra zona de influencia, caracterizada hasta ese entonces por iglesias de pequeño tamaño, según sus pastores, debido al uso de la metodología G-12. Vi hermanos pastores que, de dirigir iglesias minúsculas, mediante el activismo frenético de este sistema organizativo, se convirtieron en sofisticados líderes de congregaciones muy numerosas. Sin embargo, vimos a una gran cantidad de iglesias, independientes o de diversas denominaciones, divididas y semi-paralizadas por los conflictos, así como también fuimos testigos de cómo este movimiento iba dejando a su paso una estela de líderes agotados, quemados, maltratados y en muchos casos destruidos, muchos de los cuales llegaron a la Viña en busca de refugio, cosa que había ido evidenciando a lo largo de un espacio de unos cinco años.

¿De qué manera se había transformado tan rápidamente en Latinoamérica el concepto de los grupos celulares en los años precedentes? ¿Cuáles eran y cómo operaban esas formas organizativas emergentes, cuáles eran sus principales fundamentos, cuáles sus bondades? ¿Qué las hacía atractivas? ¿Qué las hacía divisivas, conflictivas, en muchos casos tóxicas? Éstas eran preguntas que afloraban a mi mente y a las que, de alguna manera, quería buscar la forma de responderlas. Me parecía que el naciente movimiento de La Viña, carente todavía de una contextualización real, en correspondencia con las características del continente y la cultura latinoamericana, era vulnerable a los movimientos en boga en nuestra región, así como de muchas otras influencias y amenazas existentes en el ámbito religioso evangélico. Honestamente, no había visto hasta ese momento algo que penetrara tan rápidamente, y que era aceptado tan fácilmente, casi sin cuestionamientos, incluso hasta por denominaciones enteras (en el caso de las iglesias de Santidad Pentecostal de Venezuela), como lo era aquella, aparentemente nueva, estructura de la iglesia celular, basada en lo que se había denominado como el “gobierno de los doce” o, más popularmente, el G-12.

Aunque tuve oportunidad de conocer brevemente en una conferencia en Caracas a Cesar Castellanos, el pastor que introdujo G-12 junto con su esposa Claudia, no fue a través de los materiales de su iglesia, la Misión Carismática Internacional (MCI) de Bogotá (Colombia), que tuve conocimiento acerca de esa metodología. Mi acercamiento fue a través de una serie de libros escritos por Joel Comiskey, entre ellos, Recoged la Cosecha: Cómo organizar un sistema celular para el crecimiento de su iglesia, y uno más específico, Grupos de Doce: Cómo movilizar a los líderes y multiplicar los grupos en su iglesia, que tuve oportunidad de leer en 1999, en sus versiones en inglés[1]. Estos libros, así como unos cuantos más de Comiskey, fueron producto de su tesis doctoral presentada en el Seminario Teológico Fuller[2], la cual aún está disponible en Internet. Dichos textos fueron escritos con una actitud bastante positiva y favorable acerca de las iglesias celulares investigadas, con la mirada centrada en cómo “las células contribuyen al crecimiento de la iglesia”. Es fácilmente observable que Comiskey llevó a cabo un trabajo documental extenso y minucioso, sin embargo  se quedó corto en cuanto a un análisis más crítico de los ejemplos escogidos para demostrar el auge de las células en Latinoamérica, y su influencia en el inusitado crecimiento evangélico que se evidenciaba en las décadas del 80 y 90[3]. Aunque en la tesis se presentan cinco estudios de casos de congregaciones que se habían organizado como iglesias celulares y que habían demostrado un acelerado crecimiento, el modelo que más se divulgó en América Latina en los años sucesivos fue el G-12 de la Misión Carismática Internacional[4]. Resulta bastante evidente de estos estudios  algunos otros trabajos serios, que la motivación esencial de G-12 no es otra sino propiciar el crecimiento acelerado de las congregaciones que adopten esa estructura organizativa, cosa que sigue las líneas filosóficas del iglecrecimiento planteadas en nuestro continente desde finales de la década de los 70 y comienzos de los 80, y de la cual Cesar Castellanos, al igual que muchos de nosotros, incluyendo el movimiento de La Viña, se alimentó en sus inicios pastorales.

“Entre las megaiglesias colombianas que mantienen versiones derivadas del G12 se encuentran: Manantial de Vida Eterna (Bogotá), Centro Cristiano Internacional (Cúcuta), Misión Paz a las Naciones (Cali), Centro Bíblico Internacional (Barranquilla), Misión Carismática al Mundo (Cali), Sin Muros Ministerio Internacional (Bogotá)”. [Beltrán, W (2012). Pluralización religiosa y cambio social en Colombia. Tesis Doctoral, Université Sorbonne Nouvelle, Paris 3, Francia, pág. 312]

El énfasis en el aspecto numérico de G-12 no requiere de mucha observación pues está ligado al mismo nacimiento del concepto, narrado en varios lugares por el propio Cesar Castellanos,  y registrado en diversas fuentes documentales. Según el relato, Castellanos y su esposa Claudia asistieron a una conferencia del Dr. Cho en Corea durante 1986. Como resultado de ello, iniciaron un ministerio celular en la iglesia MCI que acababan de fundar en 1983. Cinco años más adelante, es decir en 1991, habían logrado establecer unas 70 células. Sin embargo, dicho resultado, que para cualquier iglesia podía considerarse como un gran logro, resultaba frustrante para alguien que había recibido una revelación divina acerca de un crecimiento sin precedentes en América Latina a través de su ministerio apostolar en la MCI. Así que la pareja de pastores comenzaron progresivamente a modificar el modelo clásico de Cho para poder acelerar el crecimiento. Los resultados no se hicieron esperar con 1200 células en 1994, 10500 en 1996, 20000 en 1999[5], estimándose que habrían alcanzado las 45000 células una década más adelante[6].

Aún cuando el modelo pueda haberse sistematizado y empaquetado para hacerlo transportable a otros contextos, tal magnitud numérica habla por si sola de las cualidades gerenciales y de emprendedurismo que deben poseer los pastores que intenten adoptarlo. En ese sentido, Cesar y Claudia Castellanos representan un tipo especial de líderes que no son ni la norma, ni el promedio, de los pastores de las iglesias evangélicas latinoamericanas. De manera que, sería conveniente que exploráramos, aunque sea brevemente, algunos de los detalles organizativos que le dan estructura eclesiológica al modelo G-12.

A pesar que Joel Comiskey ha tratado de explicar de la manera más sencilla posible el G-12 en varios de sus libros, especialmente en dos de ellos[7], mencionados previamente, la metodología sigue siendo bastante difícil de comprender y aún más de implementar. A diferencia de un sistema celular simple, o de una organización de iglesias caseras en red, G-12 integra una intrincada serie de reuniones y conexiones que combinan la célula tradicional, grupos de liderazgo, eventos de sanidad y liberación, eventos de entrenamiento y reuniones masivas de adoración y predicación. A pesar de que los Castellanos no comenzaron la plantación de la gigantesca iglesia con un grupo de doce discípulos, hoy en día cualquiera que lo intente, al menos teóricamente, iniciaría por allí, pues son estos grupos los que van a ser centrales en la eclesiología de G-12, aunque se trate de hacer ver que son las células de crecimiento y evangelismo la base de la estructura. De manera que, lo más importante a diferenciar es que hay dos tipos de reuniones de grupos pequeños que se encuentran entretejidas entre si. Por un lado la célula tradicional y, por el otro, el llamado grupo de doce miembros (líderes de célula) o G-12.

La célula tradicional sigue los patrones usuales de cuidado y apoyo mutuo, estudio bíblico, evangelización, y oración. Es un grupo abierto donde hay personas en diferentes etapas de su crecimiento espiritual. Como en todos las estructuras celulares, hay un líder o lideresa encargado de coordinar o dirigir el grupo a lo largo de su vida efectiva, la cual termina cuando se produce la división celular o multiplicación de la misma. En el modelo de Cho, las células se organizan bajo un patrón geográfico, y los líderes son supervisados por coordinadores de área, dentro de una estructura mecanicista jerárquica tradicional[8], la cual es presidida en su pináculo por el/la pastor/a principal, a la usanza de las grandes corporaciones que se desarrollaron durante el siglo XX. En el modelo G-12, cada líder o lideresa de célula debe estar adscrito a otro grupo discipular, exclusivo para quienes dirijan células, conformado por doce personas, como remembranza de Jesús y su grupo de doce apóstoles[9]. Sin embargo, el vínculo que se establece para pertenecer a cada grupo de doce traspasa la geografía, pasando ahora a ser completamente relacional y voluntario. De esta manera, la estructura se construye sobre compromisos de amistad, lealtad, fraternidad, familiaridad, que son más cercanos al alma latinoamericana. El propio César Castellanos lo pone de esta manera:

Una célula no puede ser estática; ella siempre está creciendo. Si no creciera, no podría llamarse célula. El grupo de doce, no crece; es estático. De manera que no debe ser visto como una célula, pero si como un grupo permanente, de donde va a salir la visión para todas las otras células. En las demás células, las personas son impulsadas para que traigan una persona nueva en cada reunión. Cuando se llega a una determinada cantidad de personas, ella se multiplica, transformándose en dos células nuevas. Pero, en el grupo de doce no hay cambios, no hay personas nuevas, y no hay predicación evangelística, se trata de algo estático y permanente. Mis doce son míos para siempre, para toda la vida. Los doce de Jesús son por siempre de él. Es él mismo quien dice que estableció doce tronos para tenerlos consigo para siempre. Los doce, son nuestros amigos permanentes y les enseñamos la visión para que ellos se reproduzcan. Por otro lado, las células están en constante movimiento o crecimiento[10].

Se trata pues de un sistema de grupos pequeños a dos niveles, uno de los cuales sirve de apoyo al otro (ver la figura 1). Posiblemente, dependiendo de cómo se ponga en funcionamiento el modelo, lo que ocurre en el nivel de las células no se diferencia de cualquier otra iglesia celular, o que use un ministerio de grupos pequeños, pero resulta sumamente importante para el crecimiento numérico continuo. Para efectos gerenciales lo importante es lo que sucede en los grupos de doce líderes, pues allí es donde se garantiza la uniformidad y calidad del trabajo global en las células. Aunque se dice que la estructura es mucho menos burocrática que la de Cho, es fácil observar que sigue siendo jerárquica o piramidal, con el pastor principal en el tope de la estructura (basta con rotar 90 grados el diagrama de los grupos de doce en la figura 1 para observar la estructura piramidal).

Así que, no debe extrañarnos el por qué Castellanos la llamó originalmente Gobierno de los Doce, designación que se simplificó por la de G-12, siglas por las que hoy en día es ampliamente conocido este modelo. La diferencia más importante radica en que es una estructura que va avanzando progresivamente, de una manera que no puede predecirse de antemano, pues su crecimiento está basado en una serie de otros procesos concurrentes que hacen difícil anticipar quiénes integrarán los grupos celulares, quiénes persistirán hasta convertirse en líderes de células y por ende, quiénes serán fieles miembros de los grupos de doce, ni quiénes de éstos lograrán reproducirse en otros doce, mucho menos quienes lograrán producir un racimo de 144 personas (12 líderes x 12 discípulos) en la tercera generación y de allí continuar exponencialmente hacia adelante (ver figura 2).

 

 

Fig. 1. Estructura a dos niveles del modelo G-12. Nótese que las células no están organizadas geográficamente, sino en función del grupo de doce al que pertenecen sus líderes. Igualmente obsérvese que los grupos de 12 van surgiendo como hijos del iniciador, en el extremo izquierdo y están conformados por los líderes de célula reclutados.

 

 

Fig. 2. Representación de cómo se propagan los grupos de 12, partiendo del grupo originario formado por el pastor el cual logra multiplicarse por doce, llegando a los 144 líderes de célula en la segunda generación. Las siguientes generaciones, considerando reproducciones completas, podrían dar un total teórico de 1885 grupos de doce.

 

Si bien es cierto que hasta este punto nos hemos referido solo a las células y los grupos de doce, es necesario completar el cuadro pues la iglesia también enfatiza sus reuniones dominicales y otras actividades donde todos los miembros deben asistir[11]. Estos servicios, al igual que cualquier otro evento masivo organizado por la iglesia, son puntos de contacto para visitantes que son invitados por familiares y amigos a los grupos celulares, dentro de la fase inicial denominada por MCI como ganar (ver figura 3). El ideal aquí es que todos sean referidos a células, o insertados, donde puedan ser discipulados y afirmados en su fe, esto se denomina “inserción” y corresponde a la fase de consolidar. Paralelamente a esto las personas se preparan en actividades “Pre-Encuentro” para poder luego asistir a una inmersión, dentro de un retiro de un fin de semana, que cubre aspectos como sanidad interior, liberación, llenura del Espíritu Santo y sobre todo la visión G-12, que se denomina “Encuentro”. El Encuentro viene a ser un pilar fundamental dentro de la teología que sustenta el modelo G-12, ya que hay una marcada creencia en las “maldiciones generacionales o familiares”, producidas por los pecados de los ancestros, lo que da como resultado enfermedades, baja autoestima, tendencias pecaminosas, ataduras, adicciones que limitan al creyente, por lo tanto,

Antes de asistir a un Encuentro, una persona nueva en la fe no es considerada para el liderazgo dentro de la estructura G-12. Esto aplica también para quienes hayan sido bautizados en otras iglesias evangélicas, o hayan sido miembros de ellas, incluso  así sean pastores, pues si no han participado en un Encuentro G-12 todavía están bajo el efecto de las maldiciones generacionales. Para Castellanos es absolutamente vital que, “las cadenas y el poder de las maldiciones sean quebrantados”.[12]

Según esta progresión, una vez llegado a este punto la persona puede convertirse en un líder de célula, lo que implica que debe colocarse como discípulo/a de algún líder o lideresa (estar “bajo cobertura”), incorporándose a su grupo de 12 y comprometiéndose a seguir su entrenamiento en la escuela de liderazgo, todo lo cual se ubica en la fase discipular. En el siguiente nivel, una vez concluida la escuela de liderazgo, la persona dirige un grupo celular de evangelismo y crecimiento, es miembro de un grupo de doce, ha comenzado a reunir su propio grupo de doce y ha dado inicio a su entrenamiento en la escuela de ministerio (tome nota de la cantidad de tiempo invertido semanalmente en actividades eclesiásticas). Solo, una vez que completa sus doce discípulos, es que se le considera un líder o lideresa G-12, cuyo siguiente paso es lograr que cada uno de esos miembros siga la misma senda y ese racimo que ha iniciado llegue a las 144 personas (todos liderando células). Mientras logra este objetivo debe completar la escuela de maestros, para convertirse en un maestro/a de 144, lo que le permite organizar y dirigir Encuentros, así como asumir otras responsabilidades dentro de la estructura eclesiástica (ver figura 3).

Figura 3. Proceso que sigue una persona dentro del modelo G-12

Sin lugar a dudas que se trata de un modelo organizacional que combina las fases de reclutamiento, entrenamiento y delegación, dentro de un proceso que se apoya en la estructura supervisora de los G-12, con el fin de lograr el producto final que es la multiplicación del número de células y como consecuencia natural, del número de miembros de la iglesia. La complejidad del modelo no ha ahuyentado a quienes son atraídos por el impresionante y acelerado crecimiento de la MCI, al contrario, son muchos los que han pretendido copiarlo e implementarlo al pie de la letra. Claramente, las exigencias administrativas y gerenciales del modelo son descomunales, especialmente si el mismo pretende lograr los frutos que se ofertan desde la MCI.

En principio, en una iglesia que implemente la visión del gobierno de los doce, es impresionante la cantidad de actividades y de contactos que se le abren a un nuevo creyente, dentro de su proceso de conversión y maduración. Las mismas aseguran su asimilación dentro de la cultura de la iglesia, minimizándose así la temida “deserción” de creyentes, tan común en todas las denominaciones latinoamericanas. Aunado a eso, la meta de que cada persona se convierta en líder de una célula resulta bastante atractiva y por lo tanto, muchos se alinean con un plan estrictamente elaborado para tal fin, que no deja casi espacio para el libre albedrío y la socialización mundana.

Siguiendo con disciplina y estoicismo todas las exigencias que se le piden, como la asistencia a células, reuniones, encuentros, cursos, cultos, eventos, pero sobre todo sujetándose a un líder y permaneciendo indefinidamente en su grupo de doce discípulos, aquel recién convertido, o quien venga de otras iglesias, dentro de lapsos de tiempo bien definidos, logra escalar sistemáticamente dentro de la estructura, adquiriendo una importancia y valor personal que no poseía antes. Si además, el discurso se centra en mostrar dicho proceso como una escalera de éxito, la presión interna, gracias a la cultura competitiva que surge en la organización, hace que las personas se comprometan más en alcanzar las metas planteadas, aún pagando el alto costo de sacrificar tiempo y esfuerzo personales, anulando otras facetas de la vida.

El modelo basa su efectividad y eficiencia en lograr la movilización y participación de todos los miembros de la iglesia para la edificación de la estructura. Por lo tanto, en principio se reduce el porcentaje de asistentes consumidores pasivos, a cambio de un ejercito de soldados de la fe, entrenados y dispuestos a la conquista de nuevos territorios. La figura del pastor pasa de la de conductor de un “rebaño” a la de un verdadero “ranchero” latifundista, una metáfora usada también por Wimber para referirse al crecimiento de la iglesia, y en especial de La Viña. Solo que en este caso, los procesos naturales u orgánicos son suplantados por un proceso que puede ser cuantificado, medida y monitoreado en cada paso, para poder llegar a la producción de los resultados planificados.

Mediante la explotación de los elementos simbólicos y místicos, no resulta difícil equiparar la actividad gerencial del pastor, quien realmente ejerce como CEO de una corporación, con la de un apóstol, profeta, patriarca o matriarca, que posee una revelación especial para el avivamiento y transformación de su nación y del mundo. En ese sentido, Santos Andrade en su tesis de maestría de la Universidad de Bahía en Brasil sobre el G-12 entre los bautistas brasileños, hace la siguiente acotación[13]:

La tendencia hacia la internacionalización y globalización… se hace evidente en los nombres dados a las iglesias. La propia iglesia fundada por Castellanos lleva el nombre de Misión Carismática Internacional. La fundada por Valnice Milhomens[14] (en Brasil) pasó de ser la Igreja Nacional do Senhor Jesus Cristo, a ser conocida como Igreja Mundial do Senhor Jesus Cristo. El pastor Renê Terra Nova cambió el nombre de la Primeira Igreja Batista da Restauração en Manaos, para el de Ministério Internacional da Restauração, y el de la Primeira Igreja Batista do Brasil… mantuvo su nombre oficial en la entrada del templo, pero le añadieron el subtítulo de: Casa de Oração Mundial. (pág. 87)

Para el líder principal de una iglesia G-12, el crecimiento de las células y la continua formación de líderes en los grupos de doce, llevará eventualmente al alcance de una ciudad, un país entero y otras naciones. Se hace claro que los conceptos de descentralización y de democracia en la toma de decisiones son restringidos o anulados por un sistema bastante jerárquico, autoritario, y regimentado, cuya estructura apuntará fundamentalmente al logro de la visión del líder, como razón de ser de su existencia, enfatizando de manera descomunal la figura pastoral como el centro de todo. De allí hacia abajo la autoridad se distribuye en la jerarquía a través de los hilos relacionales constituidos en los grupos de doce, comenzando con los “doce del pastor”, ejerciéndose el poder con un sistema de seguimiento de la membresía bastante rígido y eficiente, basado en la sumisión de cada miembro a la autoridad de un/a director/a de célula, y de éstos a sus correspondientes líderes o lideresas de doce, quienes controlan los pasos de cada persona bajo la excusa del cuidado pastoral directo (de allí su nombre original “gobierno de los 12”).

Estas cuatro megaiglesias que han implementado el G-12, o variaciones de éste, se encuentran entre las diez iglesias más grandes en Latinoamérica y entre las de mayor tamaño en el mundo. Los datos son recopilados y mantenidos por Warren Bird y pueden ser accesados aquí. El tamaño es establecido en función de la asistencia a los servicios semanales. El cálculo del número de células es mucho más difícil.

Previo a las próximas entradas del blog, donde ahondaremos en el choque entre ésta y otras metodologías con los valores del movimiento Viña, cabría regresar por un momento a las sabias palabras de John Wimber que citáramos en la entrada anterior: “aunque el programa haya funcionado para los creadores del mismo, no siempre lo hará en otras situaciones, al menos sin modificaciones sustanciales”. El deseo de ver crecer la iglesia, la intención de no perder a los que se van convirtiendo y de guiarlos en la vida cristiana, así como el anhelo de planear, evaluar y hacerle seguimiento a los creyentes, también puede volverse tóxico y llevar por caminos distorsionados. Esos son aspectos que en los que la historia de La Viña demuestra cómo el movimiento ha sido particularmente prudente y cuidadoso.

Para leer el siguiente artículo en esta serie, pulse aquí.



[1] Comiskey, J. (1999a). Groups of 12: A new way to mobilize leaders and multiply groups in your church. Houston (Texas, USA): Touch Publications. Comiskey, J. (1999b). Reap the Harvest: How a small-group system can grow your church. Houston (Texas, USA): Touch Publications

[2] Comiskey, J. (1997). Cell-Based Ministry as a Positive Factor for Church Growth in Latin America. Fuller Theological Seminary, School of World Mission. Ph.D. in Intercultural Studies.

[3] Igual opinión tienen otro académicos, como es el caso de William Kay en su libro Apostolic Networks in Britain, pág. 199.

[4] Aunque también el autor enfatiza mucho el modelo de la Misión Cristiana Elim en El Salvador, lo cual cubre en otro libro titulado: ELIM: La apasionante historia de una iglesia transformando una ciudad para Jesús.

[5] Comiskey, J. (1999a). Groups of 12: A new way to mobilize leaders and multiply groups in your church. Houston (Texas, USA): Touch Publications, pág. 23

[6] Cifra dada por Cesar Castellanos en una entrevista en 2010. https://www.citynews.sg/2010/03/cesar-castellanos-are-you-bearing-good-fruit/

[7] Comiskey (1999a); Comiskey, J. (2000). De 12 a 3: Cómo aplicar los principios de G12 en su iglesia.

[8] Para evitar un rango de comando muy amplio, las subdivisiones siempre se limitan a cinco distritos (parroquias), zonas (barrios o urbanizaciones), sectores, y por último células, por eso se llama 5X5. En realidad, tal estructuración es irrelevante ya que sigue siendo jerárquica, sin importar sus dimensiones, un miembro de una célula tendrá que pasar por supervisores de sectores, pastores zonales, pastores de distrito y quien sabe cuántos niveles más, antes de tener acceso al pastor principal de la congregación.

[9] Esto es parte de los aspectos místicos y simbólicos incorporados por los Castellanos desde el origen del modelo. Es decir, que se trata de una reedición de la forma como Jesús tuvo cuidado de sus doce discípulos.

[10] Castellanos César, en una entrevista aparecida en http://visao12.blogspot.com/2010/08/entrevista-com-cesar-castellanos.html, última visita 14/02/2017, Traducción del portugués por Fernando Mora,

[11] Esto implica que también existe una estructura central que incluye la producción de los cultos y eventos, los detalles logísticos, el aspecto administrativo. Muchos de los miembros también están involucrados en tales tareas y funciones, lo que complica aún más la dedicación de tiempo, especialmente en las congregaciones más pequeñas que han adoptado la visión G-12.

[12] Wingeier-Rayo, P. (2014). The transculturalization and transnationalization of the Government of 12: From Soul to Bogota to Charlotte, North Caroline. En Adogame, A.; McLean, J.; Anderson, J. (Editores) Engaging the world: Christian communities in contemporary global societies. Oxford (Reino Unido): Regnum Books International. Pág. 163.

[13] Santos Andrade, Eliana (2010). A Visão celular no governo dos 12: Estratégias de crescimento, participação e conquista de espaços entre os batistas soteropolitanos de 1998 a 2008. Tesis de Maestría en Ciencias Sociales. Universidade Federal da Bahia. Salvador, Bahia (Brasil).

[14] Valnice Milhomens es reconocida como la primera pastora brasileña que puso en marcha la visión G-12 en Brasil, calcando el modelo de la MCI de Bogotá en

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La Viña y su concepto de célula

Ver entrega anterior. Pulse aquí.

Cuando llegamos a La Viña en 1996, nos percatamos rápidamente que no parecía haber muchas directivas o recomendaciones, de parte de la AVCUSA, acerca de cómo poner en funcionamiento un ministerio con grupos pequeños, mucho menos aún, indicaciones de cómo organizar las congregaciones usando modelos de iglesias celulares, en cualquiera de sus variantes. De hecho, el concepto de iglesia celular ni se mencionaba en las conversaciones, mucho menos en documentos y manuales de la época. En una reciente conversación con Michael Palandro, pastor de La Viña de Houston, éste me señalaba que John Wimber nunca estuvo convencido de que el movimiento debía usar el modelo celular como estructura eclesiológica, particularmente porque pensaba que su aplicación en las iglesias de Estados Unidos y Europa no había sido demostrada fehacientemente todavía en aquellos años de principios de los 80[1]. Incluso este pensamiento parecía estar ampliamente difundido entre los estudiosos, incluso hasta los albores del siglo XXI, como lo señala, por ejemplo, Stuart Murray[2] quien consideraba que debido a la poca difusión del modelo de las iglesias celulares en el primer mundo, era “demasiado temprano para saber qué tan culturalmente y evangelísticamente apropiadas serían” en esas sociedades.

Sin embargo, uno puede encontrar en el documento sobre el código genético de La Viña que, debido a las experiencias iniciales, y a lo que Wimber había aprendido observando iglesias en su rol como asesor en iglecrecimiento, los grupos pequeños fueron incorporados como parte de su ADN:

La reunión del “grupo pequeño” añade una dimensión al discipulado dentro de la iglesia local que es indispensable. La oportunidad de compartir con otros en un ambiente más pequeño y seguro; de experimentar los dones espirituales sobrenaturales, así como otras manifestaciones espirituales; la oportunidad de plantear las dudas y preguntas sobre la fe; resultan ser más factibles a este nivel (el de la célula) que en la congregación en pleno[3].

Claramente, lo que la definición describe es a una comunidad neo-testamentaria que constituye el núcleo central donde la vida de la iglesia toma lugar, pero también deja entrever que se le da importancia crucial a los eventos donde la iglesia está congregada en pleno. John White y Ken Blue, quienes también formaron parte del movimiento como pastores, señalaron la diferencia entre las dos dimensiones. Por un lado, la más íntima o privada de la célula, donde los procesos de sanidad espiritual y emocional se dan de manera más efectiva; y por el otro, la más pública o abierta de las celebraciones, cultos y eventos plenarios, donde se adquiere un sentido de pertenencia a una familia más extensa y heterogénea. Esto es descrito por ellos, de manera muy gráfica, de la siguiente forma:

Los cristianos necesitan reunirse en pequeños grupos y comprometerse con los otros miembros del grupo… Como humanos actuamos en dos escenarios: la intimidad de nuestra vida familiar y la vida pública y social. En el segundo solo tenemos un pequeño papel, mientras que en el primero somos los actores principales. Sin embargo, ambos papeles son necesarios para nuestro crecimiento… en el primero reafirmamos nuestra necesidad de intimidad, mientras que en el segundo nos identificamos con algo grande y poderoso… En nuestra vida cristiana necesitamos de la intimidad de un grupo celular, así como del compañerismo y seguridad del resto de la iglesia[4].

El manejo de esta dinámica complementaria entre las reuniones en las casas y las actividades centrales realizadas en los espacios públicos y edificaciones que sirven de templos, es algo que va a estar presente en la historia del movimiento, desde sus comienzos hasta la fecha actual. Como vimos en una entrada anterior del blog, desde los comienzos de la Viña resulta claro que, el valor de la vida en comunidad, dentro de un grupo pequeño que alcanza a otros en el vecindario, que los incorpora al cuerpo de Cristo de manera orgánica, sin presiones o manipulaciones, para enseñarles los rudimentos de la fe cristiana y verlos madurar progresivamente, sanando sus heridas y disfunciones, hasta que ellos mismos son capaces de repetir el proceso con otras personas, fue algo que se asimiló con el paso del tiempo, convirtiéndose en un valor que los mismos fundadores del movimiento experimentaron personalmente en sus dimensiones más profundas. Pero también la experiencia nos muestra que las grandes reuniones, donde la adoración corporativa juega un papel preponderante, así como las manifestaciones masivas de la presencia del Espíritu Santo, han tenido una importancia vital en el desarrollo y crecimiento de las iglesias del movimiento, incluso, en muchas ocasiones han opacado el trabajo más privado y a largo plazo de los grupos pequeños. La gran pregunta sigue siendo cómo lograr que las personas no sean solo atraídas por lo grandioso y numinoso, sino que sean animadas a fomentar la vida comunitaria a través de las células, donde puedan participar activamente en el ministerio, dando de lo que han recibido, dejando así a un lado la actitud pasiva y consumista.

Si uno escarba un poco entre algunos de los pocos documentos iniciales del movimiento, especialmente dos textos que han sido muy difundidos entre las Viñas latinoamericanas, uno podría darse cuenta del nivel de énfasis en los grupos pequeños que el movimiento había desarrollado en sus inicios. Tomemos por ejemplo en primer lugar el libro de Alexander Venter, Doing Church: Building from the bottom up (2000) o El quehacer de La Viña, por su versión en castellano, considerado por muchos como lectura obligada para pastores y líderes. En ese texto se hace énfasis en que los grupos pequeños constituyen “la manera más importante a través de la cual podemos tener un compañerismo real, de ser familia, no solo una simple interacción social…”[5], haciendo que sean saludables y prioritarios. Más adelante señala que los grupos pequeños son un “programa fundamental para todas las Viñas”[6] pues sirven como medio de proveer pertenencia, integración y movilización para las personas en el cuerpo de Cristo. Añadiendo en ambas porciones algunas líneas adicionales sobre cómo podría ponerse en práctica este trabajo dentro de las iglesias, pero de una manera bastante superficial, lo cual deja muchas lagunas y preguntas.

En un tono diferente está lo planteado en el libro de Steve Nicholson y Jeff Bailey, Coaching church planters (1999) (Entrenando plantadores de iglesias), pues allí se enfatiza el proceso de inicio de una congregación desde cero. En este caso se refiere a un estilo de plantación al que denomina “de adentro hacia fuera” (inside-out) en el que se comienza con grupos pequeños, “hasta llegar a unas 40 o 50 personas. En cuyo momento se comienzan las primeras reuniones públicas”[7]. Sin embargo, los autores advierten acerca de uno de los problemas de este enfoque:

A diferencia de los días iniciales de La Viña, las personas, especialmente si no son creyentes, no están tan inclinadas a reunirse en los hogares. El reunirse en una casa de familia, a menos que ya exista un gran nivel de amistad previo, requiere de un mayor compromiso. Invitar a alguien a una iglesia casera puede ser relacionalmente y religiosamente atemorizante, para una persona que prefiriera más el anonimato desde una posición de observador. Además, aún aquellos cristianos que puedan estar interesados en reunirse en una nueva iglesia, a menos que sean solteros, sin hijos o de naturaleza pionera, no considerarán la reunión casera como legítima[8].

De lo señalado en estos ejemplos y lo que se observa en otras referencias iniciales, uno puede darse cuenta que Wimber prefería no forzar el trabajo con grupos pequeños hacia una única metodología particular. Incluso, uno ve que la descripción del código genético de La Viña también deja completamente abierto los métodos a emplear y la intensidad del trabajo con grupos pequeños o células. Como muchas cosas en la Viña, lo importante es el valor en si mismo, mientras que la realización práctica es dejada a criterio de las comunidades locales, cuyos líderes son los que, de verdad, conocen su contexto. Debido a esa libertad, se puede observar como el trabajo con grupos pequeños no es uniforme a lo largo y ancho del movimiento globalmente. Esta variedad se va a notar en Latinoamérica especialmente, donde ha habido una difusión de diversos modelos celulares, algunos de los cuales han sido realmente dominantes en la región. Muchas de las iglesias Viña latinoamericanas que fueron adoptadas en los inicios del movimiento en la región, en los años 90, ya habían puesto en marcha su trabajo celular, escogiendo empíricamente algún modelo en el proceso (usualmente el modelo de Cho o más adelante el G-12 o variaciones de éste), sin seguir un patrón específico, más bien mimetizando lo que otras congregaciones evangélicas estaban haciendo en sus países. En todo caso, las diferencias entre estos modelos y aquellos más tradicionales podrían resumirse así:

Un enfoque en los grupos pequeños y no en los grandes.. un enfoque en los hogares y no en los locales o edificios… un enfoque en las personas y no en los programas… el evangelismo ocurre a través de la red de amistades, en otras palabras, el punto de entrada o conexión con la iglesia es a través de las células y no los grandes eventos… Se espera que los grupos pequeños se multipliquen constantemente… el liderazgo es compartido y no es exclusivo de los ministros profesionales…[9]

La célula o iglesia casera es el organismo del cuerpo de creyentes organizado para adorar y tener una experiencia con Dios (Amar), aprender juntos (Aprender), ministrarse unos a otros, servir (Ayudar) y alcanzar a la comunidad (Alcanzar). Su misión es: Crear una comunidad de unos con otros, en la presencia del Espíritu Santo, que viva entre los no-creyentes, para que la luz de Cristo brille a través de sus miembros, con el fin de tocar la vida de quienes le rodean, traerlos al Señor y convertirlos en adoradores de Dios y discípulos de Jesús. (Figura tomada de Mora F. (2005) Manual para Iglesias que crecen, pág. 51)

En cierta forma, podría afirmar con bastante certeza que durante la historia del movimiento no parece haber habido un énfasis muy radical hacia los grupos celulares. En general, la mayoría de las iglesias con las que tuve contacto, tenían ministerios de grupos pequeños, pero ellos no eran centrales en la estructura organizativa. Una explicación para esto, aparte de las reservas del propio Wimber hacia la eclesiología de las iglesias celulares, que ya mencioné, es que el concepto de la llamada meta-iglesia posiblemente haya tenido una influencia muy importante en los inicios del movimiento. Carl George, su proponente, fue director del Instituto de Evangelismo y Misiones del Seminario Fuller, un centro que fue referencia entre lo 70 y 90 acerca de los métodos de iglecrecimiento, y donde Wimber había trabajado como consultor y luego como profesor del curso MC510 Señales y Prodigios y Crecimiento de la Iglesia. En 1991 George publicó un texto titulado: Prepare your church for the future: Introducing the Meta-Church: Large enough to celebrate, small enough to care[10], en el cual introducía definiciones sobre cómo una iglesia podía hacer la transición de un esquema tradicional a uno estructurado a partir del trabajo con grupos pequeños. En esa nueva estructura sobresalen tres pilares básicos: la celebración principal, las células de crecimiento coordinadas por líderes voluntarios y una estructura dirigida por el equipo pastoral para la formación y apoyo del liderazgo, quedando la membresía de la iglesia definida, principalmente, por los participantes en los grupos pequeños o células.

En su tesis doctoral, Joel Comiskey dice: “El primer libro de Carl George, Prepare Your Church for the Future, fue bastante revolucionario. Allí, George fue capaz de describir, como nadie antes, el potencial de una iglesia celular… resultaba muy significativo que uno de los más importantes consultores en iglecrecimiento hubiese llegado a la conclusión de que el movimiento celular era el camino para el futuro y la mejor forma de organizar una iglesia”. Sin embargo, añade Comiskey,  en su segundo libro es demasiado cauto y confuso, eliminando todo tinte revolucionario que tuvo el primero, minimizando el valor de los grupos celulares en la estructura de la iglesia.

Según George lo que trataba de proponer era un procedimiento por medio del cual las iglesias podían evaluar su evolución hacia la implementación plena de la estructura celular (la celularización de la iglesia), la cual quedaría establecida como la meta final de ese proceso. Obviamente, para aquellas congregaciones que nunca habían trabajado con grupos pequeños se trataba de un proceso largo donde entraban en conflicto diferentes aspectos como por ejemplo, cómo hacer la transición cuando no existe una tradición en el desarrollo de liderazgo celular; cómo impartir la visión acerca de algo que impactará dramáticamente la estructura de la iglesia; dónde poner el énfasis en el trabajo pastoral, sea en las células o sea en el culto dominical; o cómo asimilar a los que se convierten en los servicios públicos y plenarios de la iglesia[11]. Adicionalmente, George introdujo, como parte del proceso, la idea de que cualquier reunión grupal dentro de la iglesia puede ser considerada como una célula, incluyendo las clases bíblicas (escuelas dominicales, cursos, etc.), equipos de adoración, equipos misioneros, equipos de intercesión, grupos de apoyo, y otros. Esto contrasta con las comunidades celulares en los hogares u otros espacios (células e iglesias caseras), donde se combinan varios aspectos como alcance evangelístico, estudio bíblico, apoyo mutuo, compañerismo, y discipulado, lo cual implica una dinámica mucho más compleja y a más largo plazo. El problema con esta visión acerca de la iglesia con grupos es que ella va a terminar decantándose por lo que resulte más sencillo de implementar, lo que puede conllevar a una regresión, donde las comunidades celulares van a perder progresivamente su centralidad frente a otras actividades que requieren menos compromiso y esfuerzo[12].

Este enfoque del trabajo celular dentro del movimiento queda bastante bien evidenciado en un antiguo artículo de John Wimber[13], el cual aún se encuentra aún entre los recursos disponibles en la página web de la AVCUSA (Vineyard USA). Allí el fundador del movimiento se explaya en la descripción del concepto de grupo pequeño que él deseaba ver reproducirse a lo largo y ancho de La Viña. Planteaba la existencia de grupos de variada orientación, tamaño y objetivo, pero que básicamente cumplieran cuatro funciones básicas: evangelismo, integración, discipulado y maduración de los creyentes. Consciente de que el trabajo con grupos pequeños o celulares tenía sus complicaciones, y dada la apertura para la adopción de modelos disponibles en la literatura o recibidos a través de seminarios y cursos, Wimber, le hacía a los pastores novicios varias advertencias, basándose en su propia experiencia. En primer lugar, resaltaba su precaución ante la posible adopción de ciertos modelos celulares que violaran algún valor central de La Viña, aconsejando que, “cualquiera que sea el tipo de grupo pequeño que se comience, éste tiene que ser fiel a los valores del movimiento”.

Por otro lado, gracias a su astucia como consultor en el área de iglecrecimiento, estaba consciente que, algunos modelos de grupos pequeños no se adaptaban a ciertas iglesias y sus contextos culturales. Por lo que señalaba que, calcar un modelo sin adaptar o contextualizar era algo sumamente riesgoso puesto que, “aunque el programa haya funcionado para los creadores del mismo, no siempre lo hará en otras situaciones, al menos sin modificaciones sustanciales”. Wimber también pedía a los pastores y líderes del movimiento que no trataran de obligar a todas las personas a participar de algún grupo pequeño, sino pensar primero en cuáles eran sus necesidades personales, por lo que recomendaba tener una amplia variedad de posibles grupos donde ellos pudiesen asistir. Igualmente, pedía paciencia en la puesta en marcha de los grupos, dejando que las personas probaran y se fueran adaptando a sus pequeñas comunidades progresivamente. Es decir, mantener una dualidad en cuanto a la pertenencia a la iglesia, definida por la asistencia a las células tanto como a los cultos o reuniones públicas. Otros aspectos que resultan ser de difícil comprensión e implementación, tales como el entrenamiento del liderazgo y el proceso de multiplicación de los grupos, son dejados fuera de estas recomendaciones del fundador del movimiento.

Lo descrito demuestra claramente que, el concepto de meta-iglesia originalmente propuesto por Carl George es el que realmente va a dominar en el movimiento desde sus inicios. Básicamente, aunque las congregaciones partieran de un grupo celular, más temprano que tarde, ellas iniciarían reuniones públicas, y evolucionarían hacia una organización más clásica, centrada en el culto, a pesar de que en su órbita de influencia siguieran estableciendo progresivamente grupos pequeños de diversa índole. Esto lo observamos en la descripción de los primeros grupos pequeños en el movimiento, los cuales tendían a evolucionar hacia un culto central en un espacio público, que pudiera albergar grupos de más de cincuenta personas, aunque al parecer reuniones más pequeñas en las casas seguían ocurriendo espontáneamente. Rápidamente, la celebración dominical pasó a ser el elemento más importante de La Viña, especialmente por el énfasis en la adoración corporativa, el tecnicismo audiovisual y la profesionalización musical, y las manifestaciones sobrenaturales en grandes grupos. Esto, obviamente, tiene diferencias sustanciales con la esencia de las iglesias celulares en la que, la vida de la iglesia, en toda su extensión, se expresa en los grupos pequeños, como comunidades que se reproducen y permiten el crecimiento orgánico y continuo.

Según Beckham (2014)[14], el enfoque tipo meta-iglesia minimiza las bondades del enfoque celular al generar demasiadas opciones que deben ser atendidas simultáneamente, lo cual va en detrimento de la multiplicación de las células y la capacitación de su liderazgo, aunque se trata de una aproximación perfectamente válida para iglesias que están haciendo una transición hacia un modelo celular, cosa que no siempre es sencilla. Tal vez sea más adecuado para congregaciones grandes, iniciadas bajo un esquema clásico basado en el culto central, la predicación y los programas de servicio, siempre realizados en un local que debe acondicionarse para ese fin. Es decir para aquellas iglesias que desean agregar un elemento adicional a la ecuación tradicional (pastor + programas + edificios) para que quede más o menos así: pastor + programas + edificios + [células][15].

Sin embargo, a mi parecer, cuando se inicia la plantación del grupo desde cero, se trata de un manera muy tímida de llevar adelante el modelo celular, tomando en cuenta las bondades que las células y las iglesias caseras proveen a nivel del discipulado, el alcance misional en las comunidades, la multiplicación de líderes capacitados, el crecimiento descentralizado de las iglesias. Sin duda que este es un camino más riesgoso y lento, pero es el que hace falta si queremos ver un verdadero movimiento de plantación de iglesias en Latinoamérica. En ese orden de ideas, como se que en nuestro movimiento en América Latina hay muchos jóvenes con grandes deseos, que quieren salir al campo de misión, pero que están aún en proceso de formación, me gustaría concluir esta entrada del blog con algunos extractos de la reciente conferencia que diera Francis Chan, un conocido líder y escritor cristiano, a los empleados de Facebook en Sillicon Valley (California). Chan renunció en el año 2010 al pastorado de una megaiglesia de más de 5000 miembros  y actualmente se encuentra en proceso de plantación de un movimiento de iglesias caseras en San Francisco (California), denominado We are Church (Somos iglesia), iniciado en 2014. En esa red ya hay más de 15 iglesias pequeñas, cada una de las cuales es coordinada por dos pastores/as, donde los miembros se conocen bien y ejercen sus dones para servirse y amarse los unos a los otros. Chan que está muy emocionado con lo que está observando, y espera ver una duplicación del número de iglesias caseras cada año, añade:

Hemos podido reunir a cientos de personas invirtiendo casi nada de dinero… y todo el mundo está creciendo, teniendo que leer su Biblia y preocupándose por ayudar a los demás. Casi no predico. Se reúnen en las casas, estudian, oran, se sirven los unos a los otros. Son ellos los que están edificando la iglesia. Simplemente estoy encantado con eso, dándome cuenta que son treinta hombres y mujeres los que están liderándolo todo[16].

La experiencia de Chan es interesante pues, como Henri Nouwen lo ha expresado magistralmente[17], los/las pastores, líderes y lideresas, somos tentados en tres dimensiones: la del éxito y la “relevancia” (queriendo convertir piedras en panes), la del reconocimiento y la “espectacularidad” (lanzándonos al vacío esperando ser recogidos por ángeles), y la del dominio y el “poder” (la ambición de poseer los reinos a nuestra vista). Como veremos en próximas entradas al blog, el crecimiento explosivo de la iglesia se alimenta de algunas de estas tentaciones, especialmente en la puesta en marcha de modelos de grupos celulares que prometen una expansión desmedida y una posición dominante y autoritaria para quienes los dirigen desde el pináculo de una estructura piramidal. Mientras que el camino de servicio, encarnación y crecimiento orgánico es lento e involucra mucha participación, lo que tiende a contrarrestar el efecto de esas tentaciones.

Para leer el siguiente artículo de esta serie, pulse aquí.


[1] Palandro, Michael (2017). Comunicación Personal. 1º de Abril.

[2] Murray, S. (2001). Church Planting: Laying foundations. Waterloo (Ontario, Canadá): Herald Press. Pág. 142.

[3] Vineyard Genetic Code

[4] White, J. y Blue, K. (1991). Restauración de los heridos. Miami: Vida.

[5] Venter, A. (2000). Doing Church: Building from the bottom up, Ciudad del Cabo (Sudáfrica): Vineyard International Publishing, pág. 165.

[6] Venter, A. (2000), Ibid, Pág. 224.

[7] Nicholson, S. Y Bailey, S. (1999). Coaching Church Planters. Association of Vineyard Curches, Anaheim (California), Pág. 122

[8] Ibid, Pág. 122.

[9] Murray (2001). Ibid, Pág 141.

[10] George, C. (1991). Prepare your church for the future: Introducing the Meta-Church: Large enough to celebrate, small enough to care. Tarrytown (NY-USA): Fleming H. Revell Company

[11] Simonian, C. (n.d.). Review of Prepare your church for the future. Disponible en: http://www.ourvineyard.org/files/Book_Review_for_Carl_George1.htm, última visita 20/4/2017.

[12] Beckham, B. (2014). Where Are We Now?: An Assessment of the Small Group Movement and Its Models

[13] Wimber, J. (n.d.). The value of small groups. Vineyard USA. Última visita 03/04/2017. https://vineyardusa.org/library/the-value-of-small-groups/

[14] Beckham, Bill (2014). Where Are We Now?: An Assessment of the Small Group Movement and Its Models (Kindle Edition). CCS Publishing.

[15] Stetezer, Ed (2006). Planting missional churches: Planting a church that is biblically sound and reaching people in culture. Nashville (TN, USA): Broadman and Holman.

[16] Lynn, Sheryl (2017). Francis Chan Goes Into Detail With Facebook Employees on Why He Left His Megachurch, The Christian Post, Última visita, 30 de junio de 2017, http://bit.ly/2su3wK1

[17] Nouwen, H. (1983). The way of the heart: Connecting with God through prayer, wisdom and silence. New york (USA): Ballantine. Pág. 16.

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Plantando una iglesia celular en Los Teques (Venezuela)

Para leer el  artículo anterior en esta serie, pulse aquí.

Sin ánimo de repetirme, debo aclarar que algunas de las experiencias que a continuación relataré, ya las había descrito en el contexto de mi libro: Manual para iglesias que crecen: Visión celular como modelo de crecimiento, publicado en el año 2005[1], pues éste texto resultó a partir de la experiencia de trabajo en la plantación (o replantación) de la Viña de Los Teques como una iglesia celular. Aproximadamente a mediados de 1989, Jesús Herrera (actual pastor de La Viña de Los Teques), Roberto Sttengerr y mi persona, nos unimos a Marina León, Mirna Dagüi y Nora Méndez (mi esposa) con el fin de armar un equipo para la replantación de una congregación que tenía su sede en el sector de El Rincón en los Teques, la cual había sido originalmente iniciada por misioneros portorriqueños de la denominación Dios Pentecostal.

El viejo local de La Viña de Los Teques en la zona de El Rincón en Los Teques.

La congregación venía de algunos traumas internos, pero había resistido y estaba en un momento en el que podíamos comenzar a hacer algunas cosas de manera diferente. Por aquel entonces nos reuníamos en el Cine Guaicaipuro que era uno de los más céntricos y populares de la ciudad. Llamamos a este experimento la Comunidad de Vida Cristiana (CVC) de Los Teques, aunque a decir verdad, al principio solo nos abocamos a atender los servicios dominicales, enfocándonos en la predicación, la enseñanza, así como a desarrollar un equipo de adoración y alabanza, uno de los primeros en incorporar música contemporánea en los cultos, experimentando así con lo que más adelante se convertiría en un movimiento en toda América Latina. Sin embargo, la parte comunitaria de nuestro nombre era más un anhelo, o una etiqueta todavía, pero sabíamos que, tarde o temprano, tendríamos que trabajar en eso, así como en otros aspectos como el ministerio a los pobres, la restauración emocional y espiritual, y el alcance y pastorado de los jóvenes.

¿Cómo se hacía el tránsito de una iglesia tradicional, de corte pentecostal conservador, a un nuevo enfoque más comunitario y misional? Ésta era una pregunta que necesitábamos responder, pero por aquel entonces solo atinábamos a unos cuantos balbuceos y a resolver las cosas urgentes de una pequeña iglesia tradicional. Una vez que Roberto Sttengerr, quien era el único pastor a tiempo completo, fuese llamado por otra iglesia de la zona como pastor principal, y en vista de que todos los demás miembros del equipo pastoral que quedábamos éramos ministros bivocacionales, decidimos que era el momento de redefinirnos como una iglesia celular[2], pues pensábamos que de esa manera podíamos llevar la carga entre todos, en forma colectiva y colaborativa, aportando lo mejor de cada quien en su desarrollo.

En otras palabras, debíamos organizarnos de forma tal que, teóricamente, cada persona perteneciera a una célula, para lograr que, alcance, cuidado mutuo, servicio, oración e intercesión, discipulado y estudio bíblico, que deben conformar la vida diaria de la iglesia, se llevaran a cabo a través de esas pequeñas comunidades esparcidas a lo largo y ancho de la región de Los Altos Mirandinos. Además, decidimos que nuestro culto dominical se convirtiese en una celebración donde la adoración y alabanza nos permitieran acercarnos a Dios colectivamente, dándole a esta reunión amplio espacio, tiempo y recursos[3]. Igualmente comenzamos a buscar con fervor, a través de la ministración de la Palabra, la adoración y la oración, que pudiésemos llegar a un encuentro real con la persona del Espíritu Santo que, se manifestase en sanidades, señales y prodigios, a la par de transformar nuestras vidas y hacernos mejores personas, de allí nuestro interés en acercarnos a La Viña.

Básicamente estábamos decididos a ver por un lado, una iglesia esparcida en las comunidades, sirviendo, evangelizando, edificando; y por el otro, una iglesia congregada celebrando y exaltando el nombre de Cristo. No era una tarea fácil, pues además queríamos que su desarrollo fuese orgánico, no impuesto, así que debíamos prepararnos para un trayecto con un horizonte largo, en un contexto donde las congregaciones todavía llevaban adelante ministerios muy tradicionales y conservadores, y en medio de una Venezuela cambiante en muchos frentes. Incluso dentro de la misma iglesia evangélica que, después de años de ser rechazada socialmente, comenzaba a ganar cierta respetabilidad e importancia, abierta a nuevas tendencias y teologías que competían con el enfoque comunitario que se pretendía buscar en la ahora floreciente congregación.

En el modo centrípeto, la iglesia desarrolla programas, reuniones, servicios y “productos” para atraer a las personas (Frost y Hirsch, Shaping of things to come, 2003). En el modo centrífugo se motiva a que la iglesia vaya y se encarne en diferentes culturas y comunidades que necesitan oír el testimonio del evangelio (Mora, Misión Imparable, Mora, 2007).

Así que, adultos, jóvenes, niños, líderes, pastores y pastoras, hombres y mujeres, estudiantes, profesionales, obreros, empresarios, fueron invitados a esta aventura cuyo rumbo no estaba muy claramente definido, pero que, poco a poco, fue tomando una forma que, en el fondo, pretendía minimizar las estructuras eclesiásticas tradicionales dependientes de clero, sermón y templo. Los Lagos, Santa Eulalia, Tiuna, Miracielos, Cabotaje, Parque Knoop, El Rincón, Los Nuevos Teques, El Vigía, El Paso, El Barbecho, Quebrada de La Virgen, Padre Cabrera, Aquiles Nazoa, Lagunetica, El Tambor (hombres), El Tambor (tribus juveniles), Ramo Verde, San Homero, células universitarias (Universidad Simón Rodríguez y Colegio Universitario de Los Teques) y sectores foráneos como Páramo, La Morita y La Rosaleda en San Antonio de Los Altos, San Pedro de Los Altos, Montaña Alta en Carrizal, Tácata y Cartanal en los Valles del Tuy, y Cagua en el Estado Aragua, pasaron a ser los lugares donde una iglesia un poco más líquida comenzó a moverse en medio de la sociedad de Los Altos Mirandinos en primera instancia, así como hacia zonas aledañas, en un proceso que duró un poco más de quince años (1990-2005).

Cada nuevo sector a ser alcanzado implicaba entrenar a quienes se harían cargo de coordinar la célula e iniciar los procesos de alcance y discipulado necesarios. Esto llevó a la necesidad de crear una dinámica de entrenamiento y apoyo continuo a los líderes voluntarios existentes. Pero, en gran medida se trató de ser lo más orgánicos que fuese posible, sin imponer métodos o estructuras altamente regimentadas y artificiales. Se trataba de un modelo intuitivo que enfatizaba las relaciones con la comunidad que circundaba la célula. Como ya lo he mencionado en otro lugar, no había nada de mercadeo, nada de técnicas de control o de gerencia, nada de fórmulas rápidas con resultados cuantificables en una hoja de Excel[4]. La propuesta era más bien una visión encarnacional, sencilla y orgánica de la misión cristiana que es bastante difícil de sistematizar en fórmulas simples. Es vida que fluye de forma natural, no programada, con todas sus incertidumbres e inseguridades, es una aventura que tienen implicaciones inmensas, que podría resumirse en algunas acciones aparentemente sencillas, como las siguientes:

  • Aprender los ritmos, la vida y los conflictos de la comunidad y permitir que la dinámica de la vida espiritual pudiese responder a esos desafíos efectivamente. En la práctica esto se refería a ir a las casas o los lugares de reunión de las personas, vivir y trabajar en la zona, interactuar con los miembros de la comunidad o grupo, ocupando nuestro tiempo escuchando, comiendo, conversando, hasta jugando, con aquellos a dónde habíamos sido enviados. Esto fue lo que hicieron durante largos años Judith Aldama y Nora Méndez al frente de un trabajo social en el barrio Aquiles Nazoa, a donde llegaron siguiendo a niños que encontraban deambulando en el centro de la ciudad. Ver la realidad de los barrios marginales de las zonas urbanas de Venezuela les animó a convivir con los residentes, en su mayoría mujeres y niños bastante desprotegidos y vulnerables. Suplir ayuda espiritual junto con las necesidades básicas, así como el acompañamiento constante se convirtió en un reto, pues requería encarnarse, convivir y perseverar por un largo tiempo, en un ambiente lleno de peligros y sujeto a la manipulación de grupos políticos y religiosos, pero a la vez tremendamente desamparados del apoyo espiritual y del amor de una comunidad cristiana.

Las “personas de paz” en una comunidad son aquellos que Dios ha estado preparando de antemano para recibir el mensaje del reino de Dios. Son espiritualmente abiertos, receptivos, colaboradores, generalmente tienen influencia o reputación en la comunidad, o ya poseen una red de relaciones. Son los primeros en abrir sus casas para iniciar la misión.

  • Insertarse en la sociedad, conviviendo con los necesitados, acercándonos a ellos, sin esperar que viniesen a nosotros. En ese proceso era imprescindible descubrir las “personas de paz[5] dentro de esas comunidades y grupos sociales. Es decir, encontrar quiénes eran esas personas espiritualmente abiertas, que poseían buena disposición, que tenían influencia en la comunidad y una amplia red de relaciones. Ciertamente, el trabajo con grupos pequeños o células realizado con consciencia misional y no simplemente siguiendo fórmulas de crecimiento lo hace a uno sensible a detectar esas personas de paz en las comunidades. Lo que requiere que los líderes de células sean más acuciosos, sensibles y diligentes, como Mirna Dagüi y otras mujeres y hombres que comenzaron grupos por toda la ciudad y se extendieron hasta otros pueblos y ciudades cercanas. Solo bastaba con que alguna persona mostrara interés y abriera su casa para que un grupo se formase y un nuevo sector comenzara a alcanzarse. Tal era su entusiasmo y dedicación que comencé a llamar a Mirna y las mujeres que la acompañaban, las misioneras de la autopista (ver una entrevista sobre el tema aquí) , pues recorrían la Autopista Regional del Centro, de Los Teques a Cagua, Maracay, Guacara y hasta Campo de Carabobo, unos 150 km de carros, camiones, autobuses y un tráfico intenso a toda hora, para plantar grupos e iglesias caseras.
  • El viejo hospital Padre Cabrera en Los Teques donde La Viña desarrolló un trabajo misional durante un largo período de tiempo.

    Identificarse con las luchas y necesidades, perspectivas y realidades existenciales de la comunidad, estableciendo el contexto relacional necesario para compartir la fe de una manera natural y espontánea. Esto implicaba básicamente abordar la vida de las personas, entender sus perspectivas, sus dolores, sus luchas, sus causas existenciales. Como por ejemplo, adoptar un vetusto hospital para tuberculosos y enfermos de SIDA, fundado en 1919, pero abandonado a su suerte por autoridades y las comunidades a su alrededor, para proveer ayuda, en el amplio sentido de la palabra, no es algo muy común entre los evangélicos, más dados a la efervescencia y las conversiones rápidas. Pero Dorcas Herrera y un equipo de siervas y siervos se mantuvieron allí proveyendo medicinas, ropa, comida, cortes de pelo, consejo, acompañamiento y discipulado, sin mucho ruido, pero si con una gran constancia. De la misma forma, identificarse con personas en gran necesidad de ayuda espiritual, como en el caso de quienes tenían problemas y conflicto relacionales y sexuales, fue algo que Enrique García y otros miembros de la comunidad sintieron para iniciar los grupos pequeños de Zapatos Nuevos en 1998[6].

Después de ese largo proceso donde, más que una metodología, se forjó una cultura eclesial basada en el desarrollo de grupos pequeños o células, inicialmente en la CVC, y luego cuando pasa a ser La Viña de Los Teques en 1998. Hoy en día, es difícil encontrar a alguna persona que vivió este período de tiempo, que no haya pertenecido a algún grupo celular o iglesia casera, y que no tenga vívidos testimonios de sus experiencias acerca de su propio crecimiento y el de sus compañeros/as. Igualmente es importante ver la cantidad de líderes y lideresas que se formaron y que aún siguen sirviendo al cuerpo de Cristo en muchos lugares del mundo.

Una estructura fractal es una representación básica que se repite a diferentes escalas para generar estructuras más complejas. Como el caso de la hoja, donde se repiten las bifurcaciones hasta formarla. Igualmente en la iglesia, se comienza con un grupo pequeño, pero esa estructura básica, conectada con otras similares, termina formando la compleja red que conforma el cuerpo de Cristo en una región específica.

Los retiros anuales de la iglesia recogieron en parte esas vivencias y los conocimientos que se iba acumulando en la comunidad de creyentes. Algunos de estos conocimientos y aprendizajes quedaron plasmadas en nuestra declaración de misión que fue generada por unos 50 líderes y lideresas, reunidos en los bellos parajes de Laguneta de Montaña en enero de 1998:

Somos una comunidad sensible, sencilla y sanadora que buscar alcanzar al necesitado de los Altos Mirandinos donde se encuentre, mediante un servicio integral, para hacerlo partícipe de la familia de Dios, y desarrollarlo a su plena expresión como adorador, discípulo de Cristo y ciudadano del Reino de Dios[7].

Se evidencia, primero que nada, la visión de una iglesia volcada hacia fuera de si misma, capaz de moverse y llegar hasta quien tuviese necesidad de Dios, no importa dónde esa persona se encuentre, lo cual implicaba presencia y encarnación en una región geográfica específica. En segundo lugar, estaba el deseo de servir a los demás en todos los aspectos posibles, no a través de la oferta de un producto religioso, sino trayendo sanidad, restauración y crecimiento personal; en otras palabras, “dando de gracia lo que de gracia había sido recibido”. Todo lo anterior iba a ser realizado a través del discipulado cristiano, experimentado y facilitado dentro de una comunidad abierta, o familia, y dispuesta a acoger a quienes llegaban a Cristo, en la condición en que se encontraran[8].

Esa declaración de misión solo reflejaba lo que la comunidad de creyentes que conformaban la Viña de Los Teques estaba haciendo con acciones concretas, lo cual implicó la participación de muchas personas durante ese lapso de tiempo que aquí reseñamos. Requirió de hombres y mujeres que dieron lo mejor de si mismos por el anuncio del reino de Dios, quienes aportaron su tiempo, con ayunos y mucha oración, sus recursos materiales, sus hogares, sus dones y talentos, sus conocimientos ministeriales y profesionales. Con el tiempo, y con la experiencia, usualmente derivada de los errores, se pudieron esbozar una serie de líneas de acción que reafirmaban ese trabajo descentralizado a través de las células, la participación de muchos actores y actoras en el proceso, y la posibilidad de seguir extendiendo el reino con la plantación de nuevas iglesias. Algunas de esas líneas que fueron surgiendo progresivamente las presento a continuación, debo aclarar que aunque ellas representan el resultado de reflexiones más recientes, contienen el espíritu que nos movía en esa etapa de consolidación de La Viña de los Teques:

  • Penetrar una compleja ciudad dormitorio como el eje Los Teques-Carrizal-San Antonio, al insertarnos progresivamente en las comunidades, vecindarios y algunas instituciones claves.
  • Alcanzar a las personas en una forma más directa, contextualizada y personalizada, tratando de proveer ayuda a las necesidades más sentidas de cada comunidad particular.
  • Aumentar las capacidades de la iglesia, a través del sacerdocio universal de los creyentes, pues pretendíamos que más y más personas se involucraran en el funcionamiento y expansión natural de la Viña de Los Teques.
  • Fomentar el concepto de comunidad cristiana en medio de las vicisitudes de la vida común y corriente, y del ministerio cristiano encarnado, que enfrenta sin tapujos los avatares y luchas cotidianos.
  • Valorar el testimonio personal, rico en vivencias, como recurso ministerial de primer orden.
  • Reducir la dependencia del espacio físico o los locales, y traspasar los límites y obstáculos geográficos y sociales de la zona (las conocidas dificultades de transporte, heterogeneidad de clases sociales, crecimiento urbano desmedido).
  • Propagar el código genético de la congregación, viendo a cada célula como una iglesia en potencia en su sector.

Sin embargo, simultáneamente con esta experiencia, Venezuela comenzaba a vivir los tiempos más difíciles de toda su historia. Aunque las mismas necesidades espirituales seguían estando presentes, parecía que las personas dirigían su atención a nuevas esperanzas en lo político, en lo social, y aún en lo económico que surgieron, a partir de 1998, con la instalación de un gobierno socialista y populista en el país. Las comunidades comenzaron a cambiar radicalmente, el Estado se hizo omnipresente en todas las iniciativas sociales y comunitarias, como resultado de ello, la división por razones políticas dentro de la sociedad no se hizo esperar. Resulta difícil resumir en solo unas pocas palabras la intensidad de la polarización, protesta y conflicto que ha vivido el país durante décadas, a lo cual se añade el descomunal número de armas en la calle, los altísimos índices de violencia delictiva y la corrupción desmedida a todo nivel. Ha habido momentos en los que se ha llegado a hablar en términos hasta de un desenlace final como en 2002, 2007, 2014, 2016 y ahora nuevamente en 2017. A pesar de la altísima conflictividad social, hoy por hoy magnificada y descontrolada, es sorprendente que la tensión social y política no haya pasado a mayores, incluso a los extremos de una guerra civil.

En el ámbito evangélico, el mismo ambiente divisivo comenzó a vivirse dentro de las iglesias, y entre iglesias y denominaciones. Las facciones políticas también estaban representadas dentro de las congregaciones. Paradójicamente, a pesar de los aparentes avances para reducir la pobreza por parte del gobierno, el deterioro institucional, social y familiar se multiplicó a niveles que no se conocían. Como consecuencia de ello, las necesidades de las personas aumentaron, nuevos problemas surgieron y el rango de acción de la iglesia local se multiplicó y diversificó. En muchos casos las congregaciones se involucraron en proyectos sociales fallidos, patrocinados por el gobierno, lo cual trajo demasiadas frustraciones y compromisos políticos (para una pequeña aproximación a este análisis que no ha sido abordado aún por académicos, pulse aquí). Debido a la situación política del país, vino también una migración continua de personas y familias en busca de mejores oportunidades en otros destinos, lo que fue mermando las congregaciones de jóvenes preparados, reduciendo progresivamente los líderes entrenados, quienes buscaron otros derroteros en otros países.

A la par de todos estos fenómenos de índole social y política, dentro de la iglesia venezolana aparecieron también nuevas tendencias y teologías como el énfasis en la prosperidad, las figuras apostólicas y las estructuras eclesiales piramidales tipo G-12. También es el tiempo de surgimiento de las megaiglesias venezolanas, establecidas por líderes carismáticos (algunos de los cuales buscaron asociaciones estratégicas con el gobierno socialista), muchas de ellas alimentadas con la absorción de creyentes de iglesias más pequeñas, con programas atractivos y uso innovador de las tecnologías de información y comunicación, todo lo cual parecía mucho más atractivo que el modelo misional sencillo y orgánico que nosotros impulsábamos. Básicamente éste es el caldo de cultivo en el que La Viña de Los Teques, así como sus iglesias hijas en los altos mirandinos, se tuvieron que desarrollar en la última década.

Mientras tanto, en La Viña de Los Teques, entramos en una etapa de redefinición de nuestra identidad y razón de ser como iglesia, lo que nos llevó a cuestionar algunas de nuestras prioridades y prácticas, muchas de ellas iniciadas antes de nuestra adopción en el movimiento Viña y más tarde reforzadas por esta asociación. De esta manera comenzamos a abordar el trabajo ministerial de otras maneras y vertientes que parecían más atractivas o eficientes, priorizando algunos intereses ministeriales y personales, aparentemente novedosos o atractivos, abandonando, en gran medida, el enfoque más orgánico con el que se había conducido este período de crecimiento y consolidación. Todo lo cual trajo diferencias y disputas que aún no están del todo resueltas y que produjeron divisiones, dispersión de esfuerzos y agotamiento ministerial, obstaculizando y poniendo en peligro el desarrollo de La Viña en Venezuela. En el camino surgieron nuevas plantaciones, pero han tenido que luchar, en primer lugar, con definir su identidad y consolidarse como verdaderas comunidades cristianas, y en segundo plano, con la asimilación de los valores del movimiento Viña y su inserción en el mismo.

Por ejemplo, como experiencia personal, tuve oportunidad de iniciar en el año 2001 la plantación de La Viña de San Antonio de Los Altos, tratando de seguir el modelo de la iglesia celular que ya habíamos experimentado en Los Teques. Sin embargo, para el año 2005, al observar que no se habían multiplicado muchas células, y que el grupo se estaba decantando por una dependencia casi exclusiva del culto dominical, propusimos la idea de movernos a un enfoque más radical pretendiendo establecer una red de iglesias caseras, sin pensar que ello generaría una gran resistencia de una buena parte del liderazgo (en parte por errores en la implementación de la idea, pero también por tratarse de un concepto que se salía de lo tradicional hasta ese momento). El conflicto llevó a una división del grupo y eventualmente la plantación perdió su fuerza inicial terminando por fundirse con La Viña de Carrizal que se había comenzado alrededor del 2006, bajo el liderazgo de Franklyn Paiva. A pesar del duro y doloroso proceso, las ideas iniciales permanecen aunque luchando para recuperar la fuerza, frescura, innovación y dinámica que tuvieron entre 1990 y 2005, a través de un nuevo esfuerzo de plantación en la zona, en lo que hemos denominado La Viña de los Altos Mirandinos que está siendo liderado por Franklyn y Jacquelyn Paiva y Vicente Hernández. Por su parte La Viña de Los Teques , bajo el pastorado de Jesús y Teresa Herrera, se ha consolidado como iglesia local en la ciudad y  cumplirá 30 años de su replantación en el 2019. Con el paso del tiempo, la congregación se ha redefinido con una estructura y estilo diferentes, más acordes con el modelo apostólico, actualmente en boga, pero un tanto distante de los valores, prioridades y prácticas de La Viña.

No cabe duda que el aprendizaje y la experiencia ganada en ese período de tiempo es invalorable en cuanto los aportes que produjo para quienes participamos activamente en ese proceso, incluyendo la fundación de las Viñas de San Antonio y Carrizal, representando una base para seguir intentando la plantación de iglesias en la región y hacia otras zonas del resto del área metropolitana de Caracas. Sin embargo, hoy los tiempos son diferentes, la vida en los Altos Mirandinos y en el resto del país es más precaria, la sociedad más compleja, el país más dividido y asolado, la necesidad de iglesias que ministren a las necesidades de un pueblo sufriente y herido es perentoria. Hace falta volver al modelo misional, sencillo y orgánico, basado en grupos pequeños encarnados en las realidades cotidianas de esta nueva cultura que se ha desarrollado. Pero, a la vez, el modelo requiere de otros elementos misionales que le den profundidad al trabajo con grupos pequeños y comunidades del reino, tal como una teología de la justicia social que permita tocar con más relevancia los temas de la pobreza, exclusión, violación de derechos humanos, violencia intra-familiar y de género, explotación y abandono de la niñez, así como otros aspectos que se han exacerbado en medio de la crispación política de los últimos años. Sobre todo la reconciliación nacional, tarea aplazada desde hace tiempo y la que parecemos eludir hasta los mismos cristianos que predicamos acerca del perdón y el amor al prójimo.

Estos son solo unos esbozos de los nuevos elementos que deben tomarse en cuenta para reconstruir un movimiento de plantación de iglesias Viña en Venezuela, que renazca de sus cenizas y traiga vida a los huesos secos. ¡Para ello contamos con el apoyo y las oraciones de nuestros hermanos latinoamericanos del movimiento Viña!

Para leer el próximo artículo en esta serie, pulse aquí.


[1] Buenos Aires (Argentina):Editorial Certeza.

[2] Se define como una iglesia que ha adoptado los grupos celulares como su núcleo organizativo. (Mora, 2005, pág. 24)

[3] En si, esto no era nada nuevo. Era la vieja fórmula de Peter Wagner, CELULAS+CELEBRACION= IGLESIA CELULAR. Sin embargo, lo que no había aún por aquellos tiempos muchos ejemplos concretos de iglesias plantadas desde cero que reflejaran este esquema. La mayoría de las iglesias que se consideraban celulares, habían hecho una transición del modelo tradicional a algo más o menos intermedio que mezclaba programas, células, celebraciones y otros eventos. En nuestro caso, preferimos un enfoque más radical y comenzar con células y una celebración dominical.

[4] Mora, Fernando (2015). Misión Imparable.

[5] Lucas 10:5-6a

[6] El tema de la restauración en el área relacional y sexual es muy importante dentro de la historia de La Viña y por ello lo abordaré más adelante en forma detallada.

[7] Visión y Misión de la Viña de Los Teques (Comunidad de Vida Cristiana), Enero de 1998.

[8] Al estilo de la vieja frase de La Viña, “ven como eres”, traducción literal de la frase original, “come as you are”.

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Los grupos pequeños en los comienzos de La Viña USA

Ver entrega anterior. Pulse aquí.

En julio del año 2001 la plantadora de iglesias caseras Mirna Dagüi de la Viña de Los Teques, mi esposa Nora y yo, fuimos invitados a dar una charla durante los servicios dominicales de una iglesia de la AVCUSA en California. Obviamente la invitación venía a través de la asociación estratégica o partnership de la AVCUSA que tenía una carga misionera por Venezuela. En muchas oportunidades habíamos hablado que en una asociación estratégica todos nos beneficiábamos y todos a la vez contribuíamos, pues si no, terminaríamos regresando a los esquemas misioneros colonialistas que tanto daño nos habían causado a los latinoamericanos en las décadas precedentes. Así que por ello no me sorprendió tanto la invitación, pero si el tema que nos pidieron que compartiéramos: nuestra experiencia con grupos celulares. Tratándose de una iglesia que pasaba de las 500 personas y de estar dentro del movimiento desde los tiempos en los que aún pertenecían a Calvary Chapel, en la década de los ochenta, me parecía extraño que quisieran que habláramos de grupos celulares o de iglesias en casa. Sin embargo, pudimos comprobar que, en efecto, aquella iglesia había abandonado progresivamente el trabajo con grupos pequeños y ahora se encontraba en una encrucijada en la que pretendía recuperar esta práctica. Por ello, nos escucharon atentamente aquella mañana. No se identificaron plenamente con todo lo que les dijimos, pero si volvieron a plantearse la posibilidad de usar sus inmensas casas y patios para reunirse como comunidad, a la par que rieron con nuestras anécdotas y ocurrencias venidas de otras latitudes.

Hasta aquel momento no me imaginaba que hubiese iglesias de La Viña que no tuvieran alguna forma de trabajo con grupos pequeños. Entre las que había visitado, como la de Columbus o la de Anaheim, me daba la impresión que llevaban adelante ministerios vigorosos. Otras, como la de Champaign (Illinois), cuya página de recursos en la web había consultado a menudo, seguían modelos más radicales que se estaban popularizando en aquellos tiempos, un poco diferentes al de Cho del que ya hice referencia, y siguiendo más el de Ralph Neighbour que era mucho más enfático en la centralidad de la célula como elemento organizativo de la iglesia[1]. Por su parte, Joel Comiskey había reseñado a la Viña de Cincinnati (Ohio) dentro de las iglesias que de alguna manera estaban movilizando todo su trabajo hacia un enfoque celular, aunque seguían manteniendo muchos programas de crecimiento más clásicos[2]. En mi imaginación había asumido que, toda iglesia Viña tendría como parte de sus prácticas esenciales los grupos pequeños. Debido a las historias que había leído hasta entonces, asumía que si la iglesia madre de Anaheim había surgido de un grupo pequeño, todas las demás congregaciones tendrían como un valor primordial el desarrollo de esas pequeñas comunidades que nosotros llamábamos células o iglesias caseras.

Pero, ¿Acaso no habíamos idealizado demasiado el surgimiento del movimiento? ¿Cómo había sido realmente ese grupo pequeño originario? ¿Se parecía a lo que ahora conocíamos como célula, o era algo completamente diferente, una estructura transitoria que Dios había usado para iniciar una renovación? ¿Se trataba de un modelo reproducible? ¿Qué principios podían aprenderse de esas primeras experiencias comunitarias? Esas preguntas siguen siendo aún válidas, especialmente para nosotros los latinoamericanos que llegamos al movimiento muchos años más tarde, después de haber experimentado ya con nuestra dosis de métodos y estructuras sobre iglesias celulares, algunas veces satisfactorios y otras bastante traumáticas. El problema es que, para responder esas preguntas, disponemos de muy poco material escrito y audiovisual sobre el tema.

Andy Park: “El surgimiento de la adoración contemporánea no es exclusivo de La Viña de Anaheim…  solo una parte de lo que Dios estaba haciendo en todo el mundo…fuimos uno de esos grupos que recibieron la visitación de Dios y un derramamiento especial de su amor. Simplemente compartimos lo que teníamos y nunca nos imaginamos que personas de todas partes del mundo serían eventualmente impactadas por nuestra música y nuestro modelo de adoración”.

En este sentido, recientemente han comenzado a aparecer escritos que relatan algunos aspectos de los años iniciales del movimiento que se encontraban un poco borrosos, solo conocidos por quienes los vivieron y que, por ende, se habían transmitido oralmente de forma anecdótica. Uno de estos trabajos es el libro de Andy Park, Lester Ruth y Cindy Rethmeier, Worshiping with the Anaheim Vineyard[3]. En diversas partes de ese estudio de caso, se narra cómo fue que los hogares jugaron un papel importante para el inicio del movimiento. Por un lado, en lo que respecta al desarrollo de la identidad de John y Carol Wimber y otros iniciadores del movimiento como pioneros de algo novedoso, luego como espacios que facilitaron el nacimiento de la congregación madre, y por último, como factores determinantes del estilo relajado y familiar con el que el movimiento es conocido hasta la fecha en todas las culturas donde sus congregaciones se han propagado.

Park, Ruth y Rethmeier (2017), dedican su trabajo a describir el origen de la nueva adoración contemporánea, que surge en las salas de estar de hogares californianos de clase media durante la década de los 70, en una época post-Watergate y post-Vietnam, bajo la influencia de la música rock y pop de aquellos años y con la amplia participación de jóvenes, muchos de ellos convertidos dentro del Jesus Movement y asociados originalmente a la red de iglesias de Calvary Chapel. Estos apasionados muchachos ni se imaginaban cuál era la importancia de lo que estaban haciendo intuitivamente en aquellas reuniones. Particular importancia tiene un grupo pequeño que comienza a reunirse informalmente en Octubre de 1976 en la casa de la hermana de Carl Tuttle. El joven Carl queda asignado como el encargado de dirigir la adoración sin mayores pretensiones, no tenía idea de que aquellos pasos llevarían sus canciones a darle la vuelta al mundo, y a que, 19 años después, se convirtiera en el pastor principal de La Viña de Anaheim, suplantando a John Wimber en esas funciones[4]. Carol Wimber, la esposa de John, también era una de los miembros, pero Wimber no asistía aún debido a que su trabajo le exigía viajar constantemente a través de los Estados Unidos. Bob Fulton, quien durante años fungió como Director Internacional del movimiento, se contaba entre los iniciadores del grupo casero. Para Fulton, este grupo viene a ser el patrón de lo que sería más adelante el ministerio de grupos pequeños en La Viña, una comunidad donde la adoración sincera y de corazón abre los caminos para profundizar la relación con Dios, quien “nos recibe, acepta, perdona y nos da libertad”[5], y para fortalecer el vínculo fraterno entre unos y otros.

Wimber: “Se trataba realmente de un grupo pequeño, compuesto quizás de seis o siete personas, que se reunían en una casa al otro lado de Canyon (Yorba Linda, California)… Ese grupo se reunía para cantar, algunas veces hasta dos y tres horas seguidas”.

Después de un tiempo, un Wimber agotado de tanto trabajo con organizaciones religiosas, pero sin que necesariamente ello redundara en su salud espiritual, se acerca al grupo en busca de refrescamiento. Sin embargo, lo hace con la mentalidad analítica de un consultor gerencial, experto en iglesias que pretendían crecer numéricamente, pero manteniendo en segundo plano sus verdaderas necesidades espirituales. Cosa que puede observarse cuando se refiere a aquellos primeros pasos que daba el grupo a tientas:

“Cuando llegué allí, el grupo ya tenía unas cincuenta o sesenta personas, y la adoración era muy intensa. La primera vez que fui, recuerdo haberme sentado preguntándome, ¿Qué están haciendo? Porque lo único que hacían era cantar una canción tras otra. Además, las personas se arrodillaban, se acostaban en el suelo, se ponían de pie o se quedaban sentados en sus sillas sin ningún tipo de estructura u orden. Realmente me molestaba que nadie controlara u organizara el grupo. Cuando regresé a casa le dije a mi esposa, “nada va a salir de todo eso. No tienen líderes. Nadie les dice lo que tienen que hacer”. Ella me miró y me dijo, “¿y el Señor?… él es quien les dice qué es lo que tienen que hacer”[6].

A pesar de las críticas de Wimber, el grupo se mantuvo serio en su búsqueda de una expresión del cristianismo más orgánica y elemental, sin demasiados adornos, de algo que pudiese experimentarse en entornos sencillos y cotidianos. Así que, allí en la atmósfera amigable e informal de un hogar, Wimber se confronta con ese nuevo modelo que está emergiendo ante sus propios ojos, basado en la sencillez de la adoración espontánea a Dios y en la confraternidad horizontal entre hermanos. Con su peculiar estilo de contar las cosas, agrega detalles de su experiencia transformadora dentro de aquél grupo hogareño:

Cuando eché un vistazo alrededor de aquella sala tenuemente iluminada, nadie me devolvió la mirada. Los ojos estaban cerrados, las posturas corporales estaban relajadas. Unos pocos estaban sentados, otros de rodillas, había dos mujeres con las manos levantadas. La guitarra sonaba suavemente, tocando los mismos tres acordes una y otra vez, mientras que el resto de los miembros de aquella reunión en una casa de Yorba Linda (California) cantaban al Señor. Parecía que lo harían eternamente. Pensé, ¿Cuál era la razón de aquello? ¿Acaso no estaban allí para estudiar la Biblia? Sentí calor en mis mejillas; las palmas de mis manos se sudaron; me encontraba incómodo con el lenguaje íntimo de aquellas canciones. “Señor, ¿tengo que cantarte así también? ¡Espero que no!” Sin embargo, en unas pocas semanas, mi corazón comenzó a suavizarse. Fui cautivado con el poder de las letras de esas canciones. Las lágrimas rodaban por mis mejillas mientras la música sonaba. Mi mente no comprendía lo que experimentaba mi corazón. Cantar aquellas dulces y sencillas canciones al Señor, produjo en mi un avivamiento personal. Mi vida cristiana se transformó. De hecho, lo que experimenté en este grupo pequeño se convirtió en el fundamento del movimiento de La Viña[7].

Por las descripciones disponibles se ve que el grupo hogareño original era una especie de mega-célula madre, difícil de replicar en sus mismas dimensiones en otros hogares y por otros líderes, aunque si resultó ser un activo laboratorio de nuevas experiencias que luego definirían la eclesiología del movimiento. En este sentido, Park, Ruth y Rethmeier (2017) intentan demostrar, a través del proceso de la plantación de la iglesia de Anaheim, cómo el modelo experimentado en aquella casa se trató de reproducir en las reuniones más grandes que surgieron como consecuencia del avivamiento allí iniciado sobrenaturalmente. Aspectos como intimidad, informalidad, hospitalidad, uso de espacios acogedores y familiares, relacionalidad, participación, compañerismo, que eran parte integral de esas reuniones hogareñas se trataron de mantener a medida que la iglesia seguía creciendo y cambiando de sedes, en la búsqueda de locales más grandes para albergar la congregación, como lo fueron los gimnasios de escuelas y liceos.

Todos los aspectos comunitarios, inicialmente experimentados en las casas, se convirtieron en valores del naciente movimiento. Por lo que se trató de que no hubiese una gran diferencia entre lo que se hacía en los grupos familiares (denominados kinship groups) y lo que ocurría en los servicios públicos, que durante años se siguieron realizando en diversos locales escolares de la zona hasta que, finalmente se adquirió un galpón de depósito en Anaheim para albergar la iglesia. De manera que, los cultos se organizaron como una reunión casera o familiar más grande, donde se trataba de no establecer diferencias significativas entre los miembros, separando a músicos, cantantes y predicadores del resto de las personas, como si estos fueran una casta sacerdotal especial. De la misma forma, a la congregación en pleno se le invitaba a participar activamente en la ministración los unos a los otros, cosa que difería de las formas usadas en esos tiempos por evangelistas y predicadores, quienes centraban toda su atención en sus dones personales de ciencia y sanidad. Además de esto, el aspecto informal y sencillo, intentaba reflejar o reproducir la calidez y hospitalidad del seno familiar.

Es por estas razones que Kenny Bouchard, de la Sociedad de Académicos de La Viña (Society of Vineyard Scholars), sostiene que, el grupo familiar o casero (Kinship Group) constituyó una de las principales estructuras que facilitaron la vida eclesial dentro del movimiento en sus días iniciales[8], citando a continuación a Wimber en uno de sus conocidos escritos, Everyone gets to play (A cada uno le toca jugar), cuando describe la razón del origen de dichos grupos pequeños y su importancia:

En los primeros años de nuestra existencia nos referíamos a nosotros mismos como los “caminantes heridos”. Muchos de nosotros habíamos sido “pilares” en otras iglesias, enseñando en escuelas dominicales, participando en comités, dirigiendo estudios bíblicos, colaborando en reuniones especiales y haciendo un montón de actividades con el deseo de servir a Dios. Pero en el proceso habíamos sido heridos, maltratados, abusados y quemados dentro de la vida de la iglesia. Ministrar a otros era difícil, si no, imposible. En nuestro estado de desgaste nos tornamos a Dios y aprendimos a adorar, a ministrarle a Él. A medida que comenzamos a sanar y a revitalizarnos… empezamos a tener compañerismo los unos con los otros en nuestros grupos familiares. Como resultado natural de la adoración y el compañerismo, vimos la necesidad de comenzar a ministrar a los demás.[9]

Era evidente que para Wimber, quien se había convertido al cristianismo en un grupo pequeño, éstos eran esenciales para que una iglesia fuese saludable y creciente, por ello siempre enfatizaba la importancia de las reuniones hogareñas para el evangelismo y el alcance de familiares, amigos y vecinos. Según su propia experiencia, a comienzos de los 70, un reconocido evangelista y maestro de la Biblia californiano, Lawrence “Gunner” Payne, había invitado a John y Carol a una serie de reuniones con un grupo de unas siete personas en una casa, las cuales se extendieron durante varios meses. Ese fue el sitio seguro y amigable donde un músico pagano como John, con múltiples preguntas y dudas, podía convertirse, ser discipulado y luego enviado al ministerio. Fue allí donde Payne le modeló a Wimber el valor de los grupos pequeños, cosa que él a su vez, absorbió y transmitió al naciente movimiento de La Viña:

Durante los años 70, los grupos pequeños fueron una parte vital de mi vida y mi ministerio. Comencé cientos de grupos, muchos de los cuales se reprodujeron. Como consultor, colaboré con muchas iglesias para iniciar sus ministerios de grupos pequeños. También ayudé a plantar iglesias desde “abajo hacia arriba”, comenzando primero con el desarrollo de una infraestructura de grupos pequeños.[10]

De allí que, en el proceso de plantación de iglesias de La Viña, uno de los pasos cruciales sigue siendo reclutar líderes con los que se puedan abrir grupos pequeños o células, que permitan establecer una dinámica de evangelismo, discipulado, adoración, cuidado mutuo, amistad, y crecimiento, lo que provee la cultura y la infraestructura necesaria para darle identidad a la nueva congregación. Sin embargo, la idea de sistematizar el nacimiento de nuevas congregaciones nunca pasó por la mente de los pioneros del movimiento como John y Carol Wimber, Bob y Penny Fulton, Carl Tuttle y otros. En cada nueva oportunidad, los líderes, pastores y plantadores, dejándose guiar por el Espíritu Santo, tendrían que evaluar el contexto donde se encontraban y desarrollar un modelo que se adaptase a sus circunstancias locales. No hay que pensar demasiado para darse cuenta que es sumamente difícil derivar, a partir de estas experiencias iniciales, fórmulas definidas para emular este proceso en otro tiempo, espacio y cultura.

A pesar de que adoración, cuidado mutuo, evangelismo y estudio de la Biblia parecían ser los ejes centrales de los primeros grupos pequeños que surgieron en La Viña a finales de los 70, resulta evidente de estos documentos que esas primeras reuniones caseras, más que promover una eclesiología, buscaban más bien una ruptura con la cultura tradicional evangélica, formalista, reguladora y propiciadora de la culpa, tratando de encontrar una ambiente de expresión lleno de gracia, compañerismo y sobre todo de la presencia de Dios. Es por ello que la adoración a través de la música y el canto se convirtió en el principal vehículo de expresión, como bien lo relata Carol Wimber:

Adorábamos a Dios por un tiempo muy largo, tanto como quisiéramos, donde quisiéramos; adorábamos al principio y al final. Una reunión de dos o tres personas era suficiente para adorar…[11]

No había agendas definidas, ni un orden de reunión, ni un tamaño definido, a no ser que fuera el tiempo dedicado a cantar de memoria canciones muy sencillas, con letras llenas de intimidad y cercanía con Dios. El mover del Espíritu Santo era esperado con ansias, demostrado mediante señales y prodigios, usualmente observables en las manifestaciones corporales de los presentes, así como, en muchos casos, a través de la sanidad física y la liberación espiritual. Tampoco había un plan para multiplicar el grupo e ir formando una red, sino que simplemente más y más personas se seguían añadiendo, hasta traspasar los límites de lo que se podía congregar en una casa. En cuyo punto, se trasladaba la reunión a un espacio más amplio, pero tratando de continuar con algunas de las cosas que se habían descubierto en la experiencia casera. Cuando la congregación se hacía muy grande, se comenzaban nuevos grupos en otras zonas cuyo objetivo era proveer ambientes pequeños para experimentar la vida en comunidad y aprender a ministrar en el poder del Espíritu Santo. Dado el caso que en alguno de estos grupos la dinámica diera como resultado un crecimiento y mover similar al descrito, era indicativo de que el lugar era propicio para comenzar una nueva iglesia.

En los comienzos, cuando las reuniones en las casas superaron la capacidad de las salas de estar, patios y garages, éstas se trasladaron a espacios más grandes, pero tratando de imitar el formato hogareño. Los músicos no usaban tarima, las personas sentadas en semicírculo y muy cerca las unas de las otras.

Todo esta fase inicial era bastante orgánica y espontánea, lo que permitía un discipulado relacional bastante intenso. Sin embargo, resulta bastante claro también que los grupos pequeños no constituían la estructura organizativa básica de la iglesia. Aunque eran espacios donde fluía la vida del Espíritu, no hacían parte de una estrategia deliberada, ni se formaban según los criterios específicos que van a estar presentes en la mayoría de los modelos contemporáneos de grupos celulares. La combinación de adoración intensa y manifestación del Espíritu es difícil de sistematizar y duplicar, aparte de que requiere de un liderazgo sensible a este mover. Por esta razón no es de extrañar que con el paso del tiempo, debido a la rutinización del carisma, estos tipos de grupos pequeños, o son abandonados, o dan paso a esquemas más estructurados o programáticos, lo que hace que la congregación vuelque toda su atención y energía hacia los eventos principales tales como cultos y conferencias.

Incluso, es posible afirmar que, muchas iglesias que se unieron al movimiento en sus años iniciales, nunca habían desarrollado el trabajo con grupos pequeños, sino que llevaban adelante estructuras más clásicas heredadas de Calvary Chapel o de otras denominaciones, donde el culto principal y la escuela dominical eran el núcleo central de la congregación complementados con diversos programas[12]. Mark Fields, quien ha estado investigando acerca de movimientos de multiplicación de iglesias comparándolos con los inicios de La Viña, afirma que: “durante el período pre-Viña, estando aún dentro de Calvary Chapel, el enfoque eran los grupos de estudio bíblico, los cuales requerían de maestros competentes, desarrollados a través de mucho entrenamiento y experiencia. Wimber comenzó los kinship groups los cuales tenían un énfasis relacional y espiritual, su facilitación requería de menos elaboración y entrenamiento, y por lo tanto era una estructura que podía reproducirse con suma facilidad” (ver el reporte aquí).

Así que, volviendo a la anécdota al comienzo de esta sección, no debe sorprendernos entonces que el trabajo con grupos pequeños hubiese perdido su fuerza en aquella congregación californiana que estábamos visitando. De hecho, esa parecía ser la realidad de muchas congregaciones del movimiento en esos tiempos, y aún hasta fechas muy recientes como lo afirma Bouchard (2015):

… los grupos familiares (Kinship Groups o grupos celulares) han perdido su lugar central en el proceso de discipulado. En muchas iglesias de La Viña, así como de otras denominaciones, los grupos celulares son meramente útiles para promover ciertos programas o nuevas series de predicaciones, en lugar del discipulado relacional que permite que lo cotidiano de la vida de cada uno de los miembros del grupo vaya dándole el enfoque al grupo. Este discipulado orgánico es reemplazado a menudo con grupos pequeños que son básicamente estructuras religiosas altamente programadas, con una agenda prescrita que atenta contra el desarrollo de relaciones de discipulado auténticas… En efecto, me he dado cuenta personalmente que, este tipo de grupos hace que las personas se reúnan en una sala, escondiendo la realidad de sus vidas detrás de materiales de estudio y guías de discusión muy bien diseñadas[13].

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[1] Esta es una iglesia fundada por Happy y Diane Leman. La iglesia es una de las pioneras en el uso de la estructura celular dentro de La Viña durante los años 90. El pastor de grupos celulares es Jim Egli quien es un reconocido autor sobre el tema y quien realizó su doctorado con una tesis sobre iglesias celulares alrededor del mundo (http://jimegli.com/). La iglesia Viña de Champaign usa el curso Alpha como parte del trabajo celular. Según ellos todo el trabajo pastoral de la iglesia se lleva a cabo a través de grupos pequeños. (ver datos sobre esta iglesia en la página de Joel Comiskey, http://bit.ly/2nI7o3T, última visita 04/04/2017)

[2] Ver por ejemplo, http://bit.ly/2o1smwZ . La iglesia Viña de Cincinnati sigue un modelo descrito como “meta, en el cual se da lugar amplio a las células, aunque de diferentes tipos, no solo grupos caseros, sino hasta grupos de apoyo o de intereses compartidos. Además el servicio principal es masivo y orientado al alcance de personas no creyentes o apartadas de Dios. El mismo se clasifica dentro de lo que se denomina “seeker-sensitive” (sensible a los buscadores) al estilo de las iglesias de Bil Hybels y de Rock Warren. La iglesia de Cincinnati es ampliamente conocida porque introdujo lo que denominó “evangelismo de servicio” a finales de los 90, cuando era pastoreada por Steve Sjogren quien fue discípulo de John Wimber en Anaheim.

[3] Park, A., Ruth, L. y Rethmeier, C. (2017). Worshiping with the Anaheim Vineyard: The emergence of contemporary worship. Grand Rapids (Michigan-USA): Eerdmans Publishing Company.

[4] http://www.carltuttle.com/ última visita 04/04/2017

[5] Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 66.

[6] Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 63.

[7] Énfasis añadido por el autor de este blog. Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 31.

[8] Bouchard, K. (2015). Re-Discovering Kinship: The Cell Group as the Ideal Functional Structure for Discipleship. VI Conferencia de Vineyard Scholars. Society of Vineyard Scholars. 17 de abril. Última visita 28/2/2017. http://bit.ly/2maQhKj

[9] Citado por Bouchard (2015), tomado del libro Wimber, J. (2008), Everyone Gets to Play, Ampleton Publishing, p. 37.

[10] Wimber, J. (n.d.). The value of small groups. Vineyard USA. Última visita 03/04/2017. https://vineyardusa.org/library/the-value-of-small-groups/

[11] Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 73.

[12] En el artículo citado anteriormente, “The value of small groups” (Wimber, n.d.), se hace clara referencia a las iglesias que “no tienen un ministerio de grupos pequeños”. Obviamente, Wimber se refería aquí a iglesias Viña que no habían incursionado en la idea de las reuniones en las casas.

[13] Bouchard (2015). Ibid

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