Un gordo que quiere llegar al cielo

Durante la década de los ochenta, mientras mi esposa y yo intentábamos avanzar en la vida tratando de formar una familia, trabajar profesionalmente en áreas novedosas y útiles para el país, a la par de crecer espiritualmente y servir en la iglesia con amor y dedicación, el movimiento de iglesias La Viña vivía sus primeros años de expansión y crecimiento de la mano de John y Carol Wimber y otros líderes de aquél período de tiempo. Cuando Nora y yo conocimos a John Wimber en 1995 en Columbus (Ohio-USA), habrían pasado como diez años desde que había descubierto un poco quién era él en un pequeño librito sobre señales y prodigios que había usado como referencia para preparar mis clases de escuela dominical sobre el Espíritu Santo. El movimiento tal vez tendría como unos doce años de su oficialización[1]. Sin embargo, algunas de las primeras iglesias se habían fundado al final de los años setenta, incluyendo La Viña de Yorba Linda, que comenzó a organizarse en 1977 dentro de la denominación Calvary Chapel (Capilla del Calvario) de donde terminaron saliendo en 1982 para buscar una postura más abierta a los dones y manifestaciones espirituales. Parecía que en 1995 ya había pasado mucha agua por debajo del puente[2].

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Wimber pensativo en su oficina de Anaheim

En esa ocasión, desde mi lugar en el auditorio, de unas mil personas, veía y escuchaba a un Wimber que no se me parecía mucho al que me había imaginado leyendo solamente algunos capítulos de un libro, así como narraciones posteriores en otras referencias[3]. Ya había escuchado hablar de su auto-descripción de que solo se trataba de un “gordo que intentaba ir al cielo” (“I am just a fat man trying to go to heaven”) y podía comprobar que, a pesar de algunos tratamientos médicos, seguía siendo un hombre bastante voluminoso. Vestía una camisa hawaiana de colores claros, pantalones de kaki chinos y zapatos deportivos, al igual que muchos de los hombres que asistían a aquella conferencia. Algún tiempo después entendí que ese era casi el vestuario oficial de La Viña, una representación simbólica de su rechazo, como movimiento, a lo rebuscado, a lo artificial y sobre todo a lo teatral en el ministerio y la predicación.

Para ese entonces, Wimber ya no podía predicar de pie, por lo que estaba sentado en una banca alta. Su púlpito era una especie de mesón elevado para colocar unos apuntes que nunca revisó. Cargaba consigo una Biblia, que tampoco consultó, y también, una curiosa latica con un spray. Después que comenzó su charla nos dimos cuenta que el contenido de la lata resultó ser saliva artificial, pues hacía poco le habían removido las glándulas salivares debido a un cáncer. Ese mismo año había sufrido un accidente cerebrovascular. Dos años antes, en 1993, se le diagnosticó el cáncer en la boca, y en 1986, había sufrido un infarto, según señalan algunas referencias[4].

La verdad es que la figura me resultó bastante contrastante con los predicadores evangélicos que había conocido en los diez años previos, desde los más conservadores, hasta los del movimiento de fe y prosperidad, quienes, en general, se presentaban muy bien vestidos con sus elegantes trajes, camisas muy bien planchadas y siempre de corbata. Casi nunca les escuché hablar de sus luchas personales, fracasos individuales o familiares, o de sus sufrimientos y enfermedades. Parecían perfectos, intachables, y sobre todo exitosos. Así que miraba a aquel Wimber vulnerable, fatigado, enfermo, que hablaba con honestidad sobre sus problemas y hasta con cierto desgano producto del desgaste. Cavilaba y trataba de encontrarle una explicación a aquella escena, salir de mis idealizaciones y darle sentido a la historia que se me hacía real aquella tarde.

¡Cuántas veces había soñado con conocer a este hombre! Sin embargo, la estampa que veía era diferente a lo que me había imaginado. El fundador de la comunidad de iglesias a la que quería pertenecer, un movimiento que proclamaba la oración de sanidad como una de sus banderas, menguaba y no había invocación, rezo, profecía o palabra capaz de revertir el proceso. Tal vez era muy temprano para darme cuenta que La Viña se movía en esos contrastes entre la vulnerabilidad de los seres humanos y la misericordia de Dios. Entre la búsqueda pragmática de la relevancia cultural, y la manifestación del poder del Espíritu Santo. Entre el “ya” de la manifestación del reino de Dios y el “todavía no” de su realización plena. Sin embargo, allí estaba justamente el fundador del movimiento, mostrándome con honestidad sus heridas, y señalándome la senda por la que quería meterme en esa encrucijada de mi vida espiritual.

Tampoco atinaba a entender claramente la intensidad con la que había vivido aquel hombre desde su conversión en 1963. Mucho menos, imaginarme las controversias, ataques, críticas y conflictos en los que se había envuelto, en su afán de reconciliar el conocimiento bíblico con la experimentación del poder espiritual, y el desarrollo de la iglesia con la manifestación de señales y prodigios. Enmarcando su misión personal, y de la iglesia, dentro de un concepto muy sencillo, que había descrito simplemente como: “haciendo las cosas (doing the stuff) que Jesús haría”. Es decir, continuar con la proclamación del reinado que se había hecho presente en Jesús, a través de nuestra misión de predicar buenas nuevas a los pobres, declarar libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos, levantar a los caídos, sanar a los enfermos, restaurar a los de corazón herido (Lucas 4:11-12).

El gordito que intentaba llegar al cielo tenía, en 1995, tan solo 61 años, es decir, la edad que tengo al escribir estas líneas. Sin embargo, no le quedaba mucha vida, lo había entregado todo. El colapso que John White anticipaba en 1989 se acercaba aceleradamente. Tan solo dos años después, el 17 de noviembre de 1997, se produce su prematura muerte, debido a un derrame cerebral producto de una caída. Eso solo significaba que La Viña experimentaría cambios drásticos en los años sucesivos.

[1] El movimiento de iglesias Vineyard se organizó como una entidad independiente en 1982, bajo la batuta de Ken Gulliksen y John Wimber, después de una reunión con Chuck Smith quien dirigía la organización Capilla del Calavario (Calvary Chapel). Donald Miller (2005). Routinizing Charisma: The Vineyard Christian Fellowship in the post-Wimber era. En Church, identity and change: Theology and denominational structures in unsettled times, Roozen y Nieman (editores). Grand Rapids (Michigan): William Eermands Publishing Company.

[2] Éste es un reportaje realizado por la cadena televisiva ABC en 1995. Allí se puede ver a Wimber un poco delgado, pero hasta cierto punto bastante acabado físicamente para sus 61 años. http://www.youtube.com/watch?v=9I9YCue3Fkk

[3] En 1991 llegó a mis manos un texto de John White llamado When the Spirit comes with Power en el cual se narraban algunos aspectos del pastorado de Wimber en la iglesia Viña de Anaheim (California)

[4] Miller, D. (2005). Op. Cit.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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