Evangelistas rockeros

Tuve oportunidad de visitar varias veces la ciudad de Medellín (Colombia) y conocer de cerca los líderes y miembros de la iglesia conocida como La Viña del Centro que se comenzó a plantar en esa ciudad alrededor de 1996 o de 1997[1]. El grupo estaba compuesto en su casi totalidad por jóvenes menores a los 30 años, dirigidos por un equipo de tres pastores de pelo largo y apariencia de rockeros, Daniel, Sergio y John Jairo[2]. De hecho, uno de los logros de esta comunidad, ubicada en una zona comercial de mucho tránsito, donde entraban y salían jóvenes todo el día, era haber logrado vincularse con la creciente subcultura juvenil de Medellín, especialmente con estudiantes universitarios y sobre todo, muchos amantes del rock. Aquella comunidad, aunque tenía algunas coincidencias con iglesias tradicionales, poseía una atmósfera muy diferente a la de las congregaciones que conocía, incluyendo aquellas pertenecientes al movimiento en América Latina. Aparte de las excentricidades propias de un grupo de estudiantes de humanidades, artesanos, artistas plásticos, actores de teatro, bohemios, malabaristas y músicos, había mucha libertad, espontaneidad y apertura, para salir de lo clásicamente rígido y pesado de los círculos evangélicos y tomar riesgos misionales.

Sin lugar a dudas, este estilo amigable, pero no menos intenso, les permitía entenderse bien con la mayoría juvenil circundante, en medio de aquella ciudad tan compleja y peligrosa, hecha famosa por Pablo Escobar y los carteles de la droga, donde la postmodernidad se abrazaba con la pobreza, la tecnología con lo tradicional, la creatividad con las dificultades y carencias. Como relata uno de los protagonistas de la escena rock de Medellín, era muy difícil “cantar rock and roll mientras que las bombas explotaban, los crímenes eran el pan de cada día y la vida sencillamente no valía nada”. Los conciertos se realizaban mientras la guerrilla, el narcotráfico, los paramilitares y el gobierno se enfrentaban en una guerra fratricida que, aún hoy en día, no termina, a pesar de los esfuerzos por llegar a la paz. Así que, como lo expresa en un comentario de Facebook uno de los testigos de aquella época, “llevar el pelo largo, vestirse de negro y empuñar una guitarra era una forma de decir NO a todas las formas de violencia que ofrecía la ciudad”. Según un músico de una conocida banda colombiana, el rock era una manera de enfrentar a “una maquinaria llena de maldad, de cocaína y heroína, armas, politiquería, mafia y corrupción”.

Esa contracultura que se respiraba en la agitada Colombia de los años noventa, contrasta radicalmente con la California de unos veinte años antes cuando emergió el Jesus Movement, sin embargo, guardaba una sorprendente vinculación, la música juvenil retrataba los sentimientos y emociones del contexto contracultural que había surgido entre los entretelones de la violencia y la droga. Es en medio de este estado de cosas que La Viña del Centro va a realizar su misión. Como nieta de las primeras comunidades que se salieron del molde evangélico, para alcanzar a los jóvenes contestatarios de los años 60 y 70, esta iglesia local va a tener que innovar en el lenguaje y las prácticas. A pesar de que se trataba de una experiencia desde Latinoamérica, el camino ya había venido siendo preparado durante los veinte o treinta años que le antecedieron, debido a la influencia que el JM tuvo, no solo en el movimiento de iglesias Viña, sino en la iglesia cristiana contemporánea a nivel mundial. Pero la tarea no resultaba fácil, pues los obstáculos y los prejuicios permanecen, así como la tendencia a domesticar estas expresiones inusuales, un poco silvestres, de la misión cristiana y absorberlas dentro de la seguridad de lo tradicional, de lo conocido o normativo, o bien, por el contrario, explotarlas al máximo como fórmulas o esquemas proselitistas o consumistas.

Hoy en día en nuestras iglesias es frecuente que los jóvenes se expresen musicalmente a través de una creciente variedad de géneros, tales como las diversas modalidades de rock, o bien, mediante esa multiplicidad de manifestaciones de lo que se denomina genéricamente como música urbana (rap, hip-hop, variedades de reggae, etc.), llegando hasta la música electrónica, así como muchas otras expresiones artísticas vinculadas con la música contemporánea. Atrás quedó el fanatismo de las décadas de los 80 y 90 donde se asociaba al rock, como género, con el satanismo, las drogas, la homosexualidad y muchos otros “males”. El advenimiento de los sistemas digitales de audio, también difuminó uno de los temas más comunes y aterrorizantes de los campamentos de jóvenes cristianos, el de los mensajes subliminales o backmasking[3]. Según quienes se encargaban de divulgar estas especulaciones, era posible escuchar frases satánicas al tocar los discos de vinilo al revés, especialmente los de las bandas de rock [4], lo que generó no pocas hogueras para quemar discos de grupos como Pink Floyd o Santana. Pareciera que finalmente, lo que en los 60 y 70 era contracultural, y por lo tanto, inaceptable dentro de la iglesia, en un lapso de unos treinta años había sido cristianizado progresivamente[5].

jesus-people-time-magazine-227x300Solo en años recientes es que se han comenzado a publicar estudios serios sobre cómo la música del JM dio paso a lo que hoy conocemos como el vasto campo (o mercado) de la música cristiana contemporánea (MCC)[6]. Para 1976 cuando Ken Gulliksen y John Wimber comenzaron plantando sus iglesias dentro de Calvary Chapel, apenas se trataba de un modesto grupo de bandas, de cantantes pioneros, que realizaban sus actuaciones en pequeñas cafeterías, escuelas secundarias, universidades y algunas pocas iglesias que abrían sus puertas. Estos jóvenes artistas creían firmemente que la música no poseía una moralidad (o inmoralidad) inherente[7], por lo que era posible apropiarse de los estilos y géneros populares para evangelizar, sin limitaciones o prejuicios teológicos[8]. De esta manera, la música se convirtió en el lenguaje preferido del JM, conectándolo con la cultura juvenil de sus tiempos, y, en parte, distanciándolo de las iglesias que no lograban entender muy claramente lo que estaba ocurriendo con los jóvenes.

Desde esos tiempos iniciales del JM, en los cuales se abrió la puerta para que las nuevas expresiones culturales llegaran a la iglesia, la música ha seguido siendo un campo de misión para la iglesia contemporánea. Lo que hicieron nuestros hermanos de La Viña del Centro  fue continuar en esa senda, al igual que lo han hecho numerosas otras congregaciones, en mayor o menor grado, a lo largo y ancho de nuestra América Latina.


 

[1] Esta iglesia hoy en día es independiente. Ella sigue activa bajo el nombre de Comunidad Vid y mantiene sus vínculos con otras congregaciones de la Viña, pero ya no forma parte del movimiento. Ver https://www.facebook.com/comunidadvid?fref=ts

[2] Daniel, Sergio y John Jairo, junto con Víctor Ibagón, fueron ordenados como pastores de La Viña el 8 de diciembre de 2001 en Bogotá por Bruce Wimberly, Carlos Quintanilla y Bill Laswell, en un servicio en el cual también se recibía a la iglesia de Bogotá como parte del movimiento. Tuve oportunidad de asistir a esa semana de actividades en Bogotá.

[3] Recuerdo con claridad un foro al que fui invitado en la iglesia Maranatha de Caracas (compuesta de puros jovencitos), por allá a finales de los ochenta, donde se presentaron evidencias de backmasking con mensajes alusivos al satanismo y la incitación al consumo de drogas por parte de grupos de rock populares en América Latina. A lo cual mi respuesta fue, qué necesidad había de tocar los discos al revés, si ya de por sí las letras eran ofensivas.

[4] Lo cual creaba dos problemas fundamentales: 1) ¿Es posible componer canciones, incluyendo música y letras, que se puedan escuchar inteligiblemente al derecho y al revés? 2) ¿Puede el cerebro entender un mensaje subliminal grabado al revés, cuando escucha la canción al derecho?. Todo esto me parece demasiado rebuscado, cuando el mensaje directo (de cualquier estilo musical), de por sí, puede carecer de valores, ser irrespetuoso, discriminatorio, ofensivo o dañino. En fin, lo dejo a criterio del lector.

[5] Recuerdo un incidente ocurrido en uno de los primeros campamentos de La Viña, en Valencia en el año 2000, cuando se invitó a los jóvenes de una congregación pentecostal a que participaran en el mismo. La última noche se realizó un show de talentos y una banda de jóvenes de La Viña de Los Teques se presentó con una canción de Gustavo Ceratti del grupo argentino Soda Stereo. Esto desató la ira de varios de los muchachos de la otra iglesia, uno de los cuales cortó la electricidad del local frustrando la presentación.

[6] Eskridge, Larry (2013). God’s forever family. New York: Oxford University Press. Eskridge dedica dos secciones en este libro a la música proveniente del Jesus Movement y sus influencias posteriores.

[7] Credo del rockero; “Creemos que toda los géneros musicales fueron creados por igual, que ningún instrumento o estilo es malo en sí mismo, que la inmensa diversidad de expresiones musicales que fluyen de la humanidad no representan otra cosa sino la infinita creatividad del Padre Celestial” (Mukujina, John. Measuring the music: Another look at the contemporary Christian music debate)

[8] Galilet, Shimon (2011). Jesus Music: The story of the Jesus movement and evaluation of its musical impact. Liberty University. http://digitalcommons.liberty.edu/honors/258/ Última visita 28 de noviembre de 2014.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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