Secretos de familia

confessionsMe encontraba sentado frente a aquel joven pastor que, visiblemente nervioso, miraba en todas las direcciones y cambiaba frenéticamente de postura. Tenía que confrontarlo, pero no sabía por donde empezar. Sentía que era mi obligación hacerlo, puesto que yo mismo lo había recomendado para que se hiciera cargo del creciente grupo juvenil de la iglesia que pastoreábamos. Aparte de ello, habíamos convivido por un largo tiempo y conversado por largas horas, pues le habíamos ofrecido alojamiento para que residiera en nuestra casa, cuando venía a Los Teques de jueves a domingo. Comenzaba el año de 1997, eran apenas los comienzos de La Viña en Venezuela, y la verdad es que el trabajo nos abrumaba. Cuando Gerardo[1] llegó a nuestra comunidad, a pesar de su juventud, ya era un conocido predicador en el circuito de las iglesias pentecostales caraqueñas. De hecho, uno de los temas de nuestras muchas discusiones nocturnas era, cómo reducir al mínimo la agenda de invitaciones que manejaba. Prácticamente tenía compromisos casi todas las noches, y los domingos hasta dos y tres veces. Así que lo primero era liberar lo agendado de jueves a domingo, y dejar el resto de los días para estudiar, asistir a las reuniones de líderes, organizarse, y prepararse para ministrar a un exigente grupo que estaba surgiendo del incipiente avivamiento juvenil de aquellos días.

Lo cierto es que Gerardo era una persona muy talentosa, dibujaba, componía letras de canciones con facilidad, cantaba bastante bien, incluso era capaz de improvisar al estilo llanero venezolano, lo cual se considera un arte bastante complicado (usaba una técnica que se podía aplicar al rap). Quizás lo que más había desarrollado, en su trayecto dentro de las iglesias pentecostales, había sido su estilo homilético expositivo, a través del cual tocaba con gran habilidad temas contemporáneos que hablaban directamente el corazón de las personas. Lamentablemente, sin darse mucha cuenta, Gerardo había sustituido con la adicción al trabajo, muchas prácticas de sus andanzas bohemias antes de convertirse. Con su porte de predicador pentecostal, con su oratoria y despliegue de dones, ocultaba sus traumas, su dolor, sus vulnerabilidades y sus tendencias personales. La iglesia lo había ayudado en cierto sentido, pero no había ido muy profundamente, por lo que simplemente, Gerardo había desarrollado una serie de máscaras religiosas que ocultaban un pasado al que no quería volver, y un presente con el que no quería enfrentarse.

En un corto período de tiempo había observado cómo Gerardo iba desmoronándose gradualmente como líder. Así que aquella confrontación no era la primera ese año, solo unos pocos meses antes las señales de alarma se habían disparado. A pesar que el trabajo con los jóvenes parecía avanzar bien, quizás el peso de los problemas no resueltos en el interior de Gerardo, lo mantenía en una angustia y ansiedad crecientes. Poco a poco, volvió a sus escapes habituales, comenzando con el licor, luego una relación con una mujer mayor que él, a quien había conocido en una de sus campañas de predicación, y ahora nos encontrábamos frente a un giro inesperado, su homosexualidad, que sólo unos días antes había sido puesta en evidencia. Aquella conversación nos trasladó al trasfondo previo a su conversión, su familia disfuncional, el abuso sexual, el descubrimiento de su orientación sexual, su incursión en el ambiente gay de Caracas, el consumo de drogas, la promiscuidad, luego su conversión y abandono de este estilo de vida, pero sin llegar a hablar del significado real de su ser interior, solo declarar unas palabras mágicas, cambiar el atuendo, empuñar una Biblia y apelar a la fe, como antídotos a las atracciones y los deseos indeseados que reventaban por dentro.

Ahora, nos encontrábamos frente a la disyuntiva de cómo la iglesia podía ayudar a Gerardo, darnos cuenta de que aparte de una disciplina severa, de la crítica, del ostracismo, o el abandono a su suerte, teníamos pocos elementos teóricos y prácticos que nos permitieran entender pastoralmente la homosexualidad de un hermano, mucho menos acompañarle en ese largo e incierto camino que se abría adelante. Por otro lado, estaba la disposición de Gerardo, su voluntad de lidiar con sus problemas reales, de soportar el dolor que provoca confrontar el pasado, de no buscar soluciones superficiales, servirse de atajos, inventarse máscaras, esconder la realidad. Lamentablemente, fue poco lo que pudimos hacer. Durante muchos meses acompañamos a Gerardo hasta donde se pudo. Al poco tiempo volvió al activismo desmedido en otra iglesia. No parecía necesitar ayuda, exteriormente sus problemas se habían resuelto. No le volví a ver por varios años, hasta que recibí una llamada suya, se encontraba en problemas nuevamente, por una acusación infundada, pero vinculada a su sexualidad. El ciclo parecía comenzar de nuevo.

Con tristeza pienso en el doloroso desenlace del caso de Gerardo y veo, aún hoy en día, lo complicado que es para la iglesia enfrentarse con los problemas sexuales de sus líderes, mucho más si se trata de la homosexualidad, y cómo esa avalancha de sentimientos de culpa que todo esto genera, puede llevar incluso a situaciones autodestructivas en esas personas. Es por ello que estoy convencido que John Wimber, y el incipiente movimiento de iglesias La Viña, tampoco tenían una visión clara sobre ese asunto, por allá a mediados de los ochenta, cuando se encontraban en pleno avivamiento del Espíritu Santo, se viajaba por todo el mundo para anunciar las bondades del reino de Dios, y se manifestaban las señales y prodigios que siguen a ese anuncio. En medio de aquel mover llega el descubrimiento de la doble vida de Lonnie Frisbee a través de Chuck Smith Jr.[2], quien le confía a John y Carol Wimber que Frisbee es homosexual, pues había recibido una llamada de un pastor que había estado aconsejando a un jovencito que decía haber tenido una relación amorosa con él, por más de seis meses[3]. Aunque nunca menciona el nombre de Frisbee, Carol Wimber describe el difícil momento con estas palabras[4]:

Finalmente, la verdad atravesó nuestra ingenuidad y tratamos de hacer lo que pudimos para salvar a las personas involucradas. Nosotros habíamos sido quienes le habíamos permitido ministrar, quienes habíamos expuesto a nuestros jóvenes… confrontamos al evangelista con su pecado, le pedimos que se sometiera a una consejería, y que no ministrase en ningún otro lugar hasta que estuviésemos convencidos de que se hubiese arrepentido sinceramente y que estuviese libre. Como nunca tratamos el asunto públicamente, nadie sabía por qué no le permitíamos ministrar y se nos consideró que estábamos siendo duros y controladores.

Este proceso probó ser muy duro para Lonnie Frisbee pues se había acostumbrado a estar en la palestra, siempre frente a un auditorio, se había vuelto adicto a las multitudes, necesitaba la adrenalina que todo ello provoca. Así que la sensación de amargura y frustración contra la figura paternal de Wimber creció y en un corto lapso de tiempo, dejó al movimiento para comenzar a trabajar por su cuenta como evangelista itinerante en viajes misioneros a nivel internacional. Sin embargo, aunque todavía podía reunir grandes grupos, sus mensajes cambiaron de tono.

Al igual que en el caso de Gerardo, los problemas que la orientación sexual de Frisbee generaba para el ejercicio de su ministerio eran cosa de larga data. Desde que en 1968 compartió su testimonio de conversión en la iglesia de Calvary Chapel, declaró que Dios lo había sacado del estilo de vida gay y que había renunciado a la homosexualidad[5]. Pero, obviamente, para alguien que había sido abusado sexualmente a los ocho años de edad, que había tenido una difícil relación con su padre y su padrastro, que se había envuelto desde la adolescencia en el ambiente gay de los años sesenta, primero de Laguna Beach, y luego de San Francisco, la transformación no podía ocurrir como por arte de magia, ni siquiera afirmando con sus labios que la homosexualidad era pecaminosa. Así que las luchas y las tentaciones continuaron durante años. Incluso, en algún punto de su vida ministerial, llegó a quedarse hasta altas horas de la noche en bares de ambiente, a pesar de que debía predicar a la mañana siguiente[6].

vihA comienzos de la década de los noventa, Lonnie Frisbee descubrió que había contraído SIDA. Su muerte ocurrió rápidamente, apenas en marzo de 1993, debido a complicaciones causadas por la inmunodeficiencia. Según algunos de sus conocidos[7], para el momento de su deceso, Lonnie había pasado por un proceso de perdón y sanidad interior, así que su muerte se dio en paz, convencido de cuánto amaba a Dios[8]. Su funeral y sepelio se llevaron a cabo en la famosa iglesia Catedral de Cristal, fundada por Robert Shuller. Sin embargo, la historia de su orientación sexual y su enfermedad se convirtieron en la oportunidad para que muchos predicadores y escritores lo desacreditaran como persona, incluso caricaturizándolo como engañador e hipnotista, y como consecuencia, desprestigiando también aquellos movimientos en los que había participado.

Me atrevo a pensar que si su pecado hubiese sido otro, como el adulterio, o bien, el manejo indebido de las finanzas, la historia sería diferente, y quién sabe, a lo mejor sería todavía un pastor activo de una megaiglesia, con numerosos “bestsellers” a la venta. Lamentablemente, a Lonnie Frisbee se le tiene en el olvido, y cuando se habla de él, generalmente el comentario viene acompañado de amargura, odio, o desprecio. En una cultura evangélica, en la que la homosexualidad es considerada como el peor de los pecados, a quién se le ocurre recordar a un predicador de pelo largo y barba, exdrogadicto y gay, que llevó a miles de jóvenes a Cristo en un lapso de 25 años.

Como señala Ronald Sider en un reciente artículo[9], en general, la percepción que se tiene de la posición de la iglesia acerca de la homosexualidad, es básicamente la de una permanente hostilidad, homofobia, crueldad, culpabilización de los problemas de la familia, y silencio cómplice frente a las injusticias cometidas contra los gays. Además apunta a la falta de gracia y sensibilidad hacia aquellos cristianos que luchan con su orientación sexual y mucho más con quienes tienen SIDA, lo cual se traduce generalmente en una total omisión y una ausencia de trabajo pastoral y de acompañamiento ministerial. Como veremos más adelante en este blog, pienso que el difícil trance vivido en los casos de Frisbee y Gerardo, lleva necesariamente a la iglesia a reevaluarse si pretende ser culturalmente relevante. Especialmente a sincerarse, en un tema como el sexual, donde todos somos vulnerables, y donde nuestro corazón y nuestra carne están siempre barajando la posibilidad real de ser tentados y caer.

prodigoMi experiencia con La Viña varios años después de la salida de Lonnie Frisbee del movimiento, ha sido la constante búsqueda de Dios en un contexto eclesial que pretende abrazar, amar, escuchar, servir, acompañar a los quebrantados de corazón, a los pobres de espíritu, a los que se encuentran presos o confundidos, a los que luchan con adicciones y otras ataduras, sean éstas sexuales o no, en lugar de ponerlos al descubierto, avergonzarles, y excluirles[10]. No podría asegurar que estos valores y prácticas surgieron únicamente de estos difíciles momentos de confusión relatados en este blog, pero tengo bastante certeza que sirvieron para reconsiderar las prioridades y entender mejor el amplio espectro de necesidades de la iglesia contemporánea. Para nosotros en La Viña de Los Teques, el aprendizaje en el caso de Gerardo nos llevó a desarrollar una sensibilidad que no teníamos, y durante muchos años tratamos de convertirnos en una iglesia abierta a pastorear a personas que luchaban con su orientación sexual y que tenían problemas de índole relacional. Pero esto lo hablaremos con más calma en otras entradas de este blog.

[1] El nombre real ha sido cambiado.

[2] Hijo de Chuck Smith fundador de Calvary Chapel.

[3] Coker, M. (2005). The first Jesus freak. OC Weekly. Última visita 12 de diciembre de 2014. http://www.ocweekly.com/2005-03-03/features/the-first-jesus-freak/full/

[4] Wimber, C. (1998). Coping with controversy and suffering. En John Wimber: His influence and legacy. David Pytches (editor). Surrey (UK): Eagle. Pág. 295.

[5] Según Di Sabatino, Frisbee le confió que mucha gente en Calvary Chapel dejó de acercarse a él cuando el testificó que había sido gay, por lo que en lo sucesivo, decidió sacar esta información de su testimonio personal. http://en.wikipedia.org/wiki/Lonnie_Frisbee

[6] Ver el documental de Di Sabatino, Life and death of a hippie preacher.

[7] Ver el documental de Di Sabatino, Life and death of a hippie preacher

[8] En una consulta informal, Bob Fulton reveló que en el último año de vida de Lonnie, John Wimber pagó el alquiler de su apartamento y contrató a una persona para que le cuidara. http://siyach.wordpress.com/2007/02/18/the-life-of-a-hippie-preacher-and-his-vineyard-friends/

Una mención de esto, así como un agradecimiento es expresado por uno de los oradores en el funeral de Lonnie Frisbee. Ver los primeros minutos de este clip: https://www.youtube.com/watch?v=Ciiy1NO6I5I

[9] Sider, R. (2014). Tragedy, Tradition, and Opportunity in the Homosexuality Debate. Christianity Today. Última visita 20 de diciembre. http://www.christianitytoday.com/ct/2014/november-web-only/ron-sider-tragedy-tradition-and-opportunity-in-homosexualit.html?start=1

[10] El directorio de La Viña en los Estados Unidos ha puesto a la disposición un documento titulado Pastoring LGBT persons que contiene las reflexiones más actualizadas dentro del movimiento sobre este espinoso tema. Última visita 16 de enero de 2015. http://vineyardusa.org/site/files/PositionPaper-VineyardUSA-Pastoring_LGBT_Persons.pdf

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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