¿Hace falta el avivamiento?

Usted tiene que preguntarse a sí mismo si quiere vivir en el río o simplemente conocer el mapa que muestra dónde estaba el río… (Jack Hayford, 1999)[1]

 Cuando Nora y yo fuimos a Toronto en 1995, estábamos en el medio de una intensa búsqueda espiritual. En ese sentido, no había casi ninguna diferencia entre nosotros y la inmensa cantidad de personas que viajaban de todas partes del mundo hasta esa ciudad canadiense, buscando una renovación espiritual. Si uno comienza a leer los testimonios de las personas, esa sensación de resequedad, de falta de pasión y de cansancio va a ser el lugar común, y la razón de peso para emprender el largo peregrinaje en busca de un toque de Dios y una chispa de su fuego. Por lo menos en nuestro caso, veníamos de un trasfondo evangélico tremendamente rígido y legalista, lleno de activismo, abrumados por las demandas del ministerio, y necesitábamos urgentemente un refrescamiento espiritual.

Una pregunta que resulta bastante lógica es por qué surge este mover del Espíritu, globalizado a una velocidad vertiginosa, con su epicentro en una ciudad que no figuraba entre las más famosas en cuanto al desarrollo de la espiritualidad de sus iglesias. La clave quizás se encuentra en que aquellos que fueron receptores de la bendición de Dios, en el inicio de este mover del Espíritu, estaban en condiciones espirituales similares a las descritas en el párrafo anterior, sin esconder su propia sensación de fracaso y su búsqueda activa, pero infructuosa, que ya llevaba algunos años. Por ejemplo, el estado espiritual de Randy Clark en 1993 es descrito por Richard Riss más o menos así:

Aunque había cierto ritual o liturgia (en la iglesia), realmente no existía ninguna expectativa de que Dios irrumpiera en el medio de todo aquello. Era un tiempo de desmotivación y desilusión… (me) sentía vacío, sin poder, y con tan poca unción… emocionalmente, espiritualmente y físicamente, sabía que estaba fundiéndome…[2]

Esta “hambre espiritual” y el deseo vehemente de que ella fuese saciada por Dios, viene a identificar a los peregrinos que se van a congregar en Toronto, y de alguna manera va servir como punto de unión, una bisagra que emparenta a quienes provienen de diferentes denominaciones eclesiales y de múltiples lugares y culturas. Esto hizo que muchas personas participaran, abiertamente y con expectativa, de las novedosas experiencias espirituales de Toronto, adoptando las formas de ministerio que allí surgieron las cuales renovaron sus propias tradiciones litúrgicas y misionales, en algunos casos, de manera radical[3]. Básicamente seguían el mismo impulso que movió a Randy Clark en 1993 al acercarse al ministerio de Rodney Howard-Browne, y el de los esposos Arnott que viajaron desde el norte del continente a zonas australes, llegando hasta Buenos Aires para encontrarse con Claudio Freidzon en cuya iglesia estaba ocurriendo un avivamiento por aquellos días[4].

El anhelo por un avivamiento es un tema recurrente en la espiritualidad evangélica, en cualquiera de sus expresiones eclesiales, y por lo tanto va a tener también una gran variedad de definiciones. Quizás por ello, referirse al avivamiento desde un punto de vista que pueda unificar estos puntos de vista sería lo mejor. Sin embargo, el problema es que el uso que le damos a la palabra “avivamiento” no se encuentra como tal en la Biblia, aunque podemos acercarnos a una definición usando textos como el del Salmo 85:6 en el que se le pide a Dios que vuelva a “darnos nueva vida” para que podamos alegrarnos en él. En el Nuevo Testamento encontramos algunas metáforas que nos hablan de la resurrección de la muerte espiritual, por medio del Espíritu Santo (Romanos 8:11), y gracias a la luz de Cristo (Efesios 5:14). Igual pasa con la idea de renovación que es mencionada en el Nuevo Testamento en diferentes contextos, refiriéndose a la nueva mente en Cristo (Romanos 12:2), que es básicamente una transformación en nuestro carácter, y a la renovación del Espíritu (Tito 3:5), que nos hace salir de una vida de insensatez, esclavitud, superficialidad, rebeldía y maldad. En la práctica, la renovación, el avivamiento y el despertar nos hablan de la infusión de vida espiritual a través de la experiencia del Espíritu Santo a aquellos que en algún momento se secaron y ahora necesitan frescura, o perdieron la vitalidad y ahora precisan de un soplo de vida, o que se adormilaron y necesitan abrir sus ojos nuevamente.

Es por ello que, personas como John Stott, a quien mencioné en la entrada anterior, tendían a ser cautos al referirse al tema del avivamiento que ocurría en los años 1994 y 1995 pues sabían que la iglesia vive en esa tensión entre la sequedad espiritual y la búsqueda de la llenura del Espíritu. Por ello, desde su posición como erudito y pastor, no podía dudar, ni “criticar aquello que… ha sido de bendición para (las personas), en términos de una mayor consciencia de la realidad de Dios, o un gozo más profundo, o un amor sobrecogedor por Dios y por los demás, o un celo fresco por el evangelismo”[5]. Obviamente, se refería Stott a lo que creía debía ser el fruto de la Bendición de Toronto, independientemente de la magnitud, extravagancia, simbología y frecuencia de las señales y manifestaciones espirituales, que se hacían visibles en las numerosas reuniones, conferencias y campañas que se organizaron durante todos esos años.

Ante la posibilidad de fabricar un avivamiento, o de encontrar una fórmula para producirlo, R.T. Kendall, quien fue pastor de la Westminster Chapel en Londres, en función de lo que se puede deducir de los eventos del día de Pentecostés, lo define como “un derramamiento soberano del Espíritu Santo sobre la iglesia, que la revive, lo cual consecuentemente, lleva a la conversión de los no-creyentes y al despertar de la comunidad que rodea a la iglesia”[6]. Stibbe (1995)[7], haciendo un paralelo similar, se refiere al avivamiento como la “restauración del pueblo de Dios… al patrón y poder del día de Pentecostés”, es decir, un profundo sentido de la presencia de Dios en la adoración, una santidad renovada, el anhelo de una vida comunitaria auténtica, y un impulso fresco para llevar adelante la misión Cristiana. Dentro del mismo orden de ideas, Richard Lovelace argumenta que los avivamientos son básicamente movimientos “en gran escala del Espíritu Santo, los cuales renuevan la vitalidad espiritual de la iglesia e impulsan su expansión misionera y evangelística”[8].

Para Lovelace estos movimientos llevan a reformar la iglesia, mediante la purificación de sus doctrinas y estructuras eclesiales, pero este esfuerzo tan importante surge de la revitalización espiritual personal que se origina durante el avivamiento. La iglesia inflada de orgullo, e infatuada con la riqueza, es justamente el anti-tipo de aquella que se prepara para un gran despertar. El auto-cuestionarse, los conflictos, el desgaste que producen las luchas de poder, la necesidad de santidad, el fracaso de las estrategias evangelísticas y misioneras deben conducir a un arrepentimiento del orgullo espiritual, para llevarnos, como lo expresan las bienaventuranzas, a la “pobreza de Espíritu”, a ese reconocer que sin Dios nada podemos hacer. Esto conlleva irremediablemente a un replanteamiento eclesiástico donde las doctrinas y estructuras de las denominaciones, congregaciones e iglesias locales deben ser transformadas, porque si no, no soportarían un avivamiento.

odresCobra vigencia, en el marco de un avivamiento, la parábola de los odres viejos y los odres nuevos (Marcos 2:22). Nadie echa vino nuevo en odres viejos porque se romperían los odres, y el vino se desparramaría y perdería. El problema aquí es cómo renovar o revivir esos odres desgastados, maltratados y agotados. Como el odre viejo generalmente está reseco y fácilmente se parte, lo primero que habría que hacer es sumergirlo en agua para suavizarlo. Seguidamente se tendría que impregnar con aceite con el fin de renovar la piel. Una vez hecho esto, el odre vuelve a estar listo para ser usado de nuevo. El tratamiento de renovación y avivamiento es con agua y aceite, con la Palabra y con el Espíritu Santo, y es un proceso de confrontación, de dolor, pero a la vez de muchísimo gozo.

Observamos en los párrafos previos dos vertientes por donde los avivamientos, que son originados por el Espíritu Santo, pueden conducir a la iglesia, que sabemos está liderada por seres humanos sujetos a sus pasiones. Por un lado, una tendencia narcisista siempre presente en nosotros quiere que estemos enfocados en lo que podemos ver, sentir, experimentar para saciar nuestra hambre, pero a la vez pidiendo más y más, hasta hipertrofiarnos con nuestra dieta de visiones, sensaciones y experiencias[9]. Por el otro lado, está la tarea misionera, nuestro llamado a ser sal y luz en una sociedad en vías de corromperse. Pero, esto nos obliga a salir del avivamiento para ir al encuentro del necesitado/a en los márgenes, en los rincones oscuros, en los caminos laterales, donde muchas veces no hay ni siquiera una comunidad de creyentes. Es lo que vemos hacer a un Felipe que estando en Samaria veía con emoción las señales, maravillas, la alegría de las personas y la aceptación que los samaritanos tienen del evangelio[10]:

Al oír a Felipe y ver las señales milagrosas que realizaba, mucha gente se reunía y prestaban atención a su mensaje. De muchos endemoniados los espíritus malignos salían dando alaridos, y un gran número de paralíticos y cojos quedaban sanos. Y aquella ciudad se llenó de alegría. (Hechos 8:6-8)

ethiopianeunuchNo cabe duda que, de acuerdo a las definiciones que discutimos anteriormente, allí en Samaria lo que se ha producido es un gran avivamiento que trae señales, prodigios, alegrías, conversiones y cambios sociales consigo. Sin embargo, sorprendentemente, en ese mismo capítulo ocurre una transición sumamente interesante y significativa. Como si fuera un recurso cinematográfico, el narrador mueve su cámara desde Samaria al desierto, o en otras palabras, del gozo del avivamiento a la incertidumbre y los peligros que aquellos parajes evocan. El mensaje es claro, la iglesia en pleno avivamiento necesita salir de esa etapa donde han estado ocurriendo grandes cosas, y moverse a un nuevo territorio donde aguardan nuevos desafíos[11]. Aunque querramos resistirnos, es el Espíritu Santo, el que empuja y abre con fuerza los ojos de la iglesia ante estas situaciones.

Wimber ya había advertido la posibilidad de que el avivamiento se perdiese dentro de las cuatro paredes de la iglesia, sin ninguna consecuencia hacia la sociedad circundante, cosa que hizo mediante la visión de un lago lleno de agua fresca que daba nacimiento a un río que fluía hacia las partes bajas de una montaña[12]. El río era la iglesia que se nutría de la bendición que representaba aquél lago. Pero más abajo, el río debía alimentar una gran cantidad de ramales de irrigación que Wimber identificó como canales para ministrar a “los pobres, los enfermos, los débiles, los quebrantados y los perdidos”. Para luego terminar con una exhortación bastante clara: “Esta bendición puede quedarse en la iglesia, mediante la celebración de grandes reuniones que eventualmente se acabarán. O bien, podemos abrir las compuertas y dejar que el agua comience a fluir. Si se quiere, es posible dirigir el agua, o la bendición, hacia los campos”.

Muchas de estas reflexiones no fueron ajenas a quienes estaban inmersos en las labores asociadas al avivamiento. Cuando todo este mover había avanzado un buen trecho, algunos de sus líderes comenzaron a mostrar signos de malestar debido al sesgo tan marcado de los peregrinos que iban hasta Toronto[13], los cuales eran, en su inmensa mayoría, personas blancas, de clase media, de mediana edad, preferentemente del primer mundo de habla inglesa, que buscaban más la experiencia que la misión, que querían llenarse del gozo y la alegría del avivamiento, pero que difícilmente estaban dispuestos al sacrificio que implica entregarse al servicio de los demás.

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La misión en los barrios venezolanos sigue siendo amplia, a pesar del auge y crecimiento de las iglesias pentecostales. Nora, junto con otras hermanas y hermanos de La Viña de Los Teques iniciaron una labor en el barrio Aquiles Nazoa de la capital del estado Miranda en Venezuela en 1993 que se extendió por más de diez años.

Para el momento de nuestra visita a Toronto, Nora y yo nos encontrábamos bastante involucrados en el ministerio, pero también eran tiempos de definición, pues nuevas áreas de servicio se nos estaban abriendo y precisábamos de un empoderamiento que nos permitiera afrontarlas. Nora ya estaba desarrollando una labor misional encarnacional en un sector pobre de Los Teques donde los desafíos eran abrumadores. Por mi parte, había estado todo ese año preparándome en oración y estudio, a la espera de la luz verde de parte de Dios para embarcarme en la ministración de personas con problemas sexuales y relacionales, una área del ministerio en la cual no teníamos experiencia ni tampoco modelos ni mentores[14]. Para ambas tareas requeríamos de la unción del Espíritu Santo y de la ayuda de una red más amplia de amigos y amigas en el ministerio, y eso es lo que buscábamos con nuestras visitas a Toronto y Columbus y nuestro deseo de vincularnos a La Viña.

Creo que nuestro perfil corresponde al de muchos lideres latinoamericanos que intentamos aproximarnos a La Viña durante la década de los noventa. Es decir, éramos personas que habíamos estado muy comprometidos con el desarrollo de la iglesia cristiana, pero, dentro de una eclesiología que priorizaba el activismo y el legalismo, con lo cual las señales de desgaste y agotamiento, así como las heridas del abuso espiritual estaban a flor de piel. En otras palabras, éramos religiosos que buscábamos desesperadamente un avivamiento, una resurrección, un soplo de vida que nos permitiera afrontar los desafíos de nuestra región en términos personales, familiares, ministeriales, sociales, espirituales y políticos. Los ecos de un avivamiento, de una iglesia fundada sobre la gracia, que valoraba la cotidianidad de la vida pero a la vez creía en la irrupción del reino de Dios en cada situación, que buscaba desmontar el personalismo, el elitismo ministerial y las grandes jerarquías, eran aspectos que nos hacían mirar hacia La Viña, y en aquellos tiempos, dada la rápida expansión del movimiento, hacia la Bendición de Toronto como fuentes de inspiración.

Por esas razones, aunque no es algo que se mencione muy a menudo, el rompimiento entre la AVC y la TAV tuvo un efecto sobre el incipiente movimiento de iglesias en América Latina. Por un lado, la AVC, con 14 años de existencia, comenzaba a mostrar señales de institucionalización y por el otro, el avivamiento que se esparcía desde Toronto pasaba a ser anecdótico dentro del movimiento y por lo tanto, tendía a apagarse, sin que los latinoamericanos dentro de La Viña llegásemos a experimentarlo completamente. Si se quiere, dos fases fundamentales de la historia de La Viña, su despertar a lo sobrenatural y crecimiento inicial, surgido de aquellos explosivos días en la década de los ochenta, y el avivamiento de Toronto, no corresponden totalmente a nuestra historia.

La Bendición de Toronto y La Viña en América Latina

Desconozco si otros hermanos de Latinoamérica tuvieron oportunidad de interactuar con La Viña en esta fase de su historia, pues todavía no había un alcance misionero intencional hacia nuestra región por parte de la AVC, solo algunos contactos entre personas y una que otra invitación. Cuando se realizó la primera conferencia Iberoamericana de La Viña en 1998 tuve oportunidad de conocer al pastor nicaragüense Rayfield Hodgson quien provenía de Bluefields en la costa atlántica. Cuando fue impactado por el avivamiento de Toronto, Hodgson pastoreaba una iglesia independiente llamada Maranatha Church y era también un activista político, fundador del Partido Indigenista Multiétnico de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS). Después de visitar Toronto, la iglesia fue adoptada dentro de La Viña a través de la asociación de iglesias canadienses a la que pertenecía la TAV y fue rebautizada con el nombre Maranatha Vineyard. Hoy en día la iglesia es parte de La Viña Nicaragua junto con otras congregaciones de la costa Atlántica, algunas de las cuales están emparentadas con esta congregación.Maranatha Vineyard 2

 

[1] Mensaje profético de Jack Hayford , pastor de la Iglesia del Camino, a los pastores y líderes reunidos en Anaheim en julio de 1999 durante la conferencia anual de La Viña, exhortando a mantener vivo el deseo de una manifestación sobrenatural de Dios en nuestras iglesias. https://www.youtube.com/watch?v=PER-RaATv0s

[2] Riss, R. (1996). Ibid

[3] Anónimo (2012). “He sits on the throne and laughs”, http://bit.ly/1uGMP44, Última visita 29 de enero de 2015.

[4] Hacia 1992, Claudio Freidzon, un pastor de las Asambleas de Dios y profesor de teología argentino, quien durante la década de los ochenta había sido influenciado por un notorio evangelista llamado Carlos Anacondia, comenzó una nueva ola de poder espiritual que se manifestaba en los servicios de la Iglesia “Rey de Reyes” de Buenos Aires a través de la adoración, manifestaciones espirituales inusuales, y sanidades milagrosas. El mismo Freidzon señala que recibió influencias del pastor norteamericano Benny Hinn, a través de sus libros y de visitas a su congregación en Orlando (Florida-USA), particularmente en el desafío a buscar una relación más profunda con el Espíritu Santo. Dentro de la misma línea surgen otros líderes argentinos como Omar Cabrera y Héctor Giménez, y cientos de iglesias locales del Cono Sur son afectadas por la renovación espiritual.

[5] McCloughry, R. (1995). Ibid.

[6] Kendall, R.T. (2001). Revival: The weight of God’s glory. Revival Magazine. Septiembre. http://revivalmag.com/article/revival-weight-gods-glory, Última visita 29 de enero de 2015.

[7] Stibbe, M. (1995). Times of refreshing. Londres: Harper Collins. Citado por Gray, T. (2000). The anatomy of revival. The Evangelical Quarterly. 72:3, 249-279

[8] Lovelace, R. (1979). Dynamics of spiritual life: An Evangelical theology of renewal. Exeter: Pater Noster Press. Citado por Gray, T. (2000). Ibid

[9] Según Wimber, era necesario que los líderes enfatizaran más los principios bíblicos y la necesidad de cambios profundos, y menos los aspectos externos como el lenguaje, manifestaciones espirituales y activismo religioso.

[10] González Justo, Hechos de los Apóstoles, Kairós, Buenos Aires-Argentina, 2000, pág 174.

[11] Mora, F. (2004). Misión Imparable: Claves misionales para la iglesia emergente. Versión 1. Texto inédito.

[12] Wimber, J. (1994). Refreshig, renewal and revival. Vineyard reflections. 2:4, July/August.

[13] Margaret Poloma se refiere en este grupo a Marc Dupont, Randy Clark y Guy Chevreau. Poloma, M. (2003). Ibid. Pág. 216.

[14] Más adelante haré referencia a los ministerios Brilla Joven y Zapatos Nuevos que surgieron de estas inquietudes y que fueron muy bendecidos por nuestra vinculación con La Viña.

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