El fuego del Espíritu Santo se puede “abanar”

Esta entrada al blog es parte de algunos testimonios personales que tienen que ver con mi acercamiento a La Viña.


Los domingos en 1985 casi siempre tenían la misma rutina. Con tres hijos varones, cuyas edades iban entre los tres y seis años, y Nora esperando nuestra hija que nacería en unos pocos meses, las labores hogareñas absorbían nuestros fines de semana. Sin embargo, de alguna manera nos habíamos arreglado para ser maestros de escuela dominical en una pequeñísima iglesia en Los Teques, una ciudad satélite de la pujante Caracas de aquellos tiempos. El sábado anterior me había acostado tardísimo preparando las cartulinas, precursoras de los proyectores de transparencias y de los de video digital, que contenían mis “power points” de la clase que dictaría al día siguiente. Por algún tiempo, el pastor que estaba a cargo de la obra nos había asignado, a mí como maestro de escuela dominical de jóvenes, y a Nora de los niños. Pero el joven decidió dejar la congregación porque los hermanos no podían proveerle una residencia para vivir con su futura esposa. Así que, un grupo de hermanos nos vimos en la necesidad de asumir las tareas pastorales como predicar, enseñar y visitar, siempre a la espera del sustituto que la denominación enviaría en algún momento.

A mi me tocó la clase dominical de los adultos, la cual, como en todas las iglesias de aquella época, se daba en la hora previa al culto principal. Esta fue la oportunidad para liberarme del tema que me habían asignado, que era básicamente un estudio del libro de Génesis, que me parecía muy fastidioso en aquellos momentos en los que mi vida necesitaba soluciones y nuevas alternativas. Por alguna razón que no llego a entender del todo, se me metió en la cabeza que el tema de la clase debía ser el Espíritu Santo. Tal vez intuía que necesitaba un amigo, un parakletos, alguien que caminara conmigo aquella jornada, pero no lo podía expresar y mucho menos con esas palabras teológicas. Así que aquél domingo mis cartulinas estaban llenas de versículos sobre la obra del Espíritu Santo, su poder, sus manifestaciones, los dones que otorga y mucho más. Las cargaba en un antiguo rotafolio de madera que mi papá me había regalado. Allí estaban todas las clases que había dado hasta ese domingo, evidencia clara de cualquier transgresión que hubiese cometido, de cualquier imprudencia o disparate teológico.

consolador

Nuestra congregación ocupaba un pequeño edificio, por cierto construido exclusivamente para esos fines por misioneros norteamericanos, el cual, a diferencia del resto de las iglesias de Los Teques, estaba completamente pagado y poseía escrituras propias. Al llegar al local aquel domingo, enseguida noté que había personas desconocidas, al menos para Nora y para mí. Era muy fácil darse cuenta de esas visitas, creo que nuestra comunidad no pasaba de 20 adultos, la mayoría señoras mayores. Como siempre me ocurría por aquellos entonces, y como me ha seguido pasando cada vez que tengo que compartir algo, enseñar o dar una conferencia, inmediatamente dudé si debía usar las cartulinas y pensé que quizás era mejor hablar de otra cosa. Resulta que los visitantes, encabezados por un norteamericano ya entrado en años, eran misioneros que venían de visita de parte de la denominación a la que pertenecía la iglesia. Era la primera visita que recibíamos en más de dos años que teníamos congregándonos con aquel grupo. De modo que, tragando saliva, sin seguir la costumbre usual de permitir al visitante dar la charla, me atreví a dictar mi clase sobre el Espíritu Santo. Un teólogo aficionado como yo hablaba aquel día de los dones o carismas, afirmando que todos los que estábamos en aquel lugar podíamos ejercerlos, que solo necesitábamos que el ES se manifestara en nuestras vidas y nos llenara con su poder.

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El día de Pentecostés el espíritu Santo irrumpió como viento fuerte y lenguas de fuego sobre los discípulos allí reunidos. Los pentecostales y carismáticos creemos que ese mismo fuego puede descender sobre los creyentes en el día de hoy. (Cuadro de Jean Restout en Wikimedia Foundation)

El crecimiento cristiano que mi esposa y yo habíamos tenido hasta aquel momento había sido muy fraccionado, espasmódico y accidentado. Ésta era la tercera iglesia a la que asistíamos desde que regresamos de nuestros estudios universitarios en los Estados Unidos. Amábamos a los hermanos de aquella comunidad pues nos habían recibido con las puertas abiertas, habiéndonos apoyado en momentos turbulentos como pareja. Como nuestros primeros pasos habían sido en iglesias pentecostales en California, la idea de ver al Espíritu Santo derramado en la iglesia era algo con lo que soñábamos ingenuamente, tanto, que ni siquiera sabíamos que existían denominaciones que creían con vehemencia que esas manifestaciones neotestamentarias del ES habían cesado[1]. Aquel domingo fue como el principio de este abrir los ojos a la inmensa variedad de interpretaciones bíblicas que existen, y descubrir, lo cerrados que somos los creyentes evangélicos cuando nos aferramos a una doctrina en particular.

Nuestros visitantes de aquel día fueron muy amables y empáticos, sabían que la iglesia no tenía pastor y que lo que hacíamos era un servicio amoroso sin ansias de poder o reconocimiento. Sin embargo, a partir de aquel momento la denominación comenzó a ejercer una mayor vigilancia sobre nuestras actividades y enseñanzas. A ellos como que les olía que nuestra oración “ven Espíritu Santo” podía ser escuchada, produciendo un viento recio sobre nuestras vidas. Quién sabe, hasta podíamos empezar a hablar en lenguas extrañas, o peor aún, a ver sanidades y milagros en las personas, lo que destruiría la seguridad de muchos años de afirmaciones teológicas que negaban la obra del ES en los cristianos de esa denominación.

La verdad de las cosas es que sin proponérnoslo ya habíamos comenzado a orar por los enfermos, imponiéndoles las manos al final de los cultos dominicales. También escuchamos testimonios de algunas de las señoras que afirmaban su sanidad de alguna dolencia. Por algunas semanas más esa fue la dinámica de la iglesia. Hasta que un domingo por la tarde llegó una comisión de la denominación, quienes nos sentaron en círculo y nos preguntaron uno a uno qué era lo que hacíamos cada domingo por la mañana. Yo traté de ser diplomático y de escurrir el bulto con un lenguaje académico. Pero un compañero fue directo y expresó, “oramos para que las personas sean sanadas con el poder del Espíritu Santo”. Las caras largas de los pastores visitantes era evidencia de que algo estábamos haciendo malo o fuera de los dogmas y doctrinas que ellos profesaban. Luego vino el veredicto: debíamos dejar esas prácticas, retornar a nuestra escuela dominical convencional y al culto con la liturgia y el himnario que ellos venían usando desde hacía cincuenta o más años. Nada de innovaciones y mucho menos si se trataba de esas extravagantes tendencias pentecostales.

Vela en el viento

Una vela puede apagarse si el viento es fuerte.

Al decir de mi suegro andino, nuestro entusiasmo por un derramamiento espiritual se “abanó”[2] y que como muchachos regañados regresamos rápidamente a nuestra rutina religiosa. En cierta forma se apagaron aquellas chispitas del Espíritu sin llegar a producir el tan anhelado fuego, al menos durante un tiempo.

Mis influencias iniciales

Como profesor universitario e investigador tengo la disciplina de revisar todo el material que pueda acerca de algún tópico y de reconocer mis fuentes. E por ello que para la clase dominical sobre el Espíritu Santo había escogido un par de referencias principales [3], aparte de escudriñar con detenimiento el libro de los Hechos, el de 1 de Corintios y diversos pasajes en los evangelios. Aquellos “power points” de mis primeros pasos como expositor bíblico en las clases dominicales, no venían de una inspiración sobrenatural. Aunque fuesen meditados y rumiados durante días, en gran medida, eran el resultado de reflexionar sobre las palabras de unos mentores teológicos que había escogido en mis recorridos por las pocas librerías cristianas que había en Caracas. Muchos de esos libros los tengo todavía como recuerdo de aquellas experiencias. Pero, no fue sino como una década después, cuando iniciamos formalmente nuestra relación con La Viña, que articulé la influencia que ellos tuvieron en mi vida espiritual.

señalesyprodigiosNo se cómo llegó por entonces a mis manos un pequeño libro, de portada más bien sosa, no muy atractiva, denominado Señales y Prodigios Hoy [4], y que era una colección de artículos de la revista Christian Life, editados por C. Peter Wagner, quien a la sazón se desempeñaba como profesor del Seminario Fuller en Pasadena (California, USA). El objetivo de aquel escrito era describir las experiencias de una materia electiva que se dictaba en la Escuela de Misión Mundial de ese seminario. La misma estaba dirigida, fundamentalmente, a aquellos que pensaban servir en el campo misionero. El curso identificado como MC 510 Señales, Prodigios y el crecimiento de la Iglesia se había hecho famoso en el seminario pues atraía a muchos estudiantes de los diferentes programas de maestría y doctorado, y porque tenía una sección experiencial (o clínica, como lo llamaban los instructores) al final de cada sesión. El profesor o facilitador, era un miembro del equipo de Wagner en el Instituto de Evangelismo y Crecimiento de la Iglesia, denominado John Wimber, quien era uno de los fundadores y, en ese momento, pastor de la Vineyard Christian Fellowship en Yorba Linda (California).

Había en ese librito varios temas en los que yo tenía una gran curiosidad intelectual como lo eran, las manifestaciones espirituales y los dones del Espíritu Santo, principalmente, porque éste era el tópico que había escogido para las clases de la escuela dominical; el reino de Dios, pues era un concepto con el que me había topado varias veces en libros y en conversaciones con amigos [5], y del cual se hablaba poco en las iglesias y en la literatura; y por último, el crecimiento de la iglesia, que era un tema del cual se comenzaba a hablar mucho en el ambiente evangélico latinoamericano, además que era una preocupación, desafío o presión que las iglesias pequeñas, como aquella a la que yo pertenecía, tenían. La historia que contaba John Wimber sobre su iglesia en Yorba Linda me animó bastante pues parecía que combinaba creativamente los tres elementos que mencioné anteriormente. Describía también la composición juvenil de los miembros de la congregación, su enfoque en los temas contemporáneos, el despliegue de poder, su misionalidad, el énfasis en lo comunitario, cosas que soñaba ver en mi iglesia. Obviamente todo me llevaba a pensar más y más, que si el Espíritu Santo no nos visitaba, era imposible lograr todo eso solo con programas y metodologías, así que esto solo reforzaba mis esfuerzos de seguir enseñando en la escuela dominical a la espera de esa ansiada visitación del Espíritu.

a vela apagada

¿Cómo volver a encender esa vela?

Los meses pasaron, las pequeñas llamas del Espíritu se fueron ahogando entre el activismo, la incredulidad, la religiosidad y la resistencia al cambio de la denominación a la que pertenecíamos. Abocarnos a nuestras tareas profesionales y domésticas parecía lo más razonable. El contexto que nos rodeaba no parecía el adecuado para una idea de iglesia, diferente al modelo clásico evangélico y pentecostal latinoamericano, había demasiadas fuerzas en contra. Era una tarea muy difícil, quizás destinada al fracaso, tomar el modelo de las iglesias de La Viña en California y tratar de emularlos en una pequeña ciudad satélite de Caracas. En otras palabras, lo que Wimber había logrado correspondía a un contexto particular y a un momento de la historia, y eso no lo podía intuir o comprender solo con la lectura de un pequeño libro traducido del inglés.


[1] Conocidas como “cesacionistas” en el lenguaje de La Viña, aunque creo que semejante palabra no existe en castellano.

[2] El verbo es una expresión usada en Los Andes para indicar cuando un viento apaga una llama o le hace perder su intensidad.

[3] La principal referencia era el libro de Michael Green, Creo en el Espíritu Santo (1974), Miami: Caribe. La otra era el estudio de Billy Graham, El Espíritu Santo, en su edición original en inglés y que hoy en día se consigue por Editorial Mundo Hispano (2001).

[4] C. Peter Wagner (1985), Señales y Prodigios Hoy, Miami: Editorial Vida

[5] también era un tópico que se nombraba mucho en la Teología de la Liberación con la que muchos de nosotros en esos tiempos flirteábamos.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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