Pedro hijo de Pedro

En agosto de 1998 organizamos una conferencia en la ciudad de Valencia (Edo. Carabobo) cuyo tema era “La adoración y el Reino de Dios”. Teo y Lilian Jaimes, quienes estaban plantando en esa ciudad una iglesia que estaba en proceso de adopción dentro de La Viña, fueron los pastores anfitriones. Gracias a las conexiones que tenían con el resto de los pastores de la ciudad, lograron que nos cedieran el espacio de la iglesia de las Asambleas de Dios en la Av. Bolívar, donde podían sentarse unas 300 personas en un amplio y fresco galpón.

El equipo Viña visitante estaba conformado por Floyd y Jean Butler, Kent Roberts de la Arcadia Vineyard (California), Terry Butler de Pomona Vineyard, Paul Castaños de La Viña Centro Cristiano Downey (California), Chris Dearnly y Hans Wüst de La Viña Escazú (Costa Rica). Aparte de ellos, La Viña de Los Teques contribuía con algunos talleres también. Así que había allí una buena variedad de sabores del movimiento, incluyendo iglesias hispanas de los Estados Unidos e iglesias latinoamericanas. Era una conferencia sencilla, según los valores y el estilo clásico de La Viña, donde se pretendían demostrar algunas de las prácticas del movimiento como la adoración, la oración por los enfermos y la predicación expositiva sobre el tema del reino de Dios. Obviamente, dentro de las expectativas estaba la manifestación gloriosa del Espíritu Santo durante aquellos días, a través de señales, prodigios, sanidades, conversiones y liberación de la opresión espiritual.

VINEYARD_VALENCIA98

De izquierda a derecha. Línea de arriba: Kent Roberts, Matt Butler, Fernando Mora, David Kimler, Rett Butler. Línea del medio: Floyd Butler, Jean Butler, Lilian Jaimes, Chris Dearnley, Teo Jaimes, Floyd Butler, un hermano costarricense, Hans Wüst y Nora Méndez de Mora. Agachado: Paul Castaños.

La verdad es que fue una conferencia bastante intensa, con una adoración maravillosa, mensajes profundos pero en lenguaje sencillo que calaba en las personas, seguidos de tiempos de ministración poderosos. Sin embargo, el recuerdo que perdura en mi memoria tiene que ver con el ejercicio público del don profético.

Nuestra conferencia había comenzado el miércoles por la noche y se extendería hasta el sábado por la mañana. Esa primera noche, la adoración, a cargo de Terry Butler y Hans Wüst, fue maravillosa y las personas se entregaron con fervor durante ese tiempo. Luego hubo un lapso de silencio y seguidamente Chris Dearnly pidió el micrófono, indicando que tenía un mensaje para una persona en la congregación. Seguidamente expresó que tenía una palabra para alguien que denominó “Pedro, hijo de Pedro[1]. Sin inmutarse, Chris esperó unos pocos minutos y aparentemente, ninguno en el público se sintió aludido. Pero, el volvió a repetir el llamado a “Pedro, hijo de Pedro”, esta vez pasó un primer joven. Después de un tercer llamado, vino otro joven, un poco más timorato y desacostumbrado a tales manifestaciones espirituales. Chris preguntó al primero, “¿tu padre se llamaba Pedro?” a lo cual asintió. Repitió la pregunta al segundo joven, quien respondió afirmativamente también. Quizás usando el don de ciencia, Chris se arriesgó y tomó una inesperada decisión allí mismo. Con gran cortesía, le manifestó al joven que había pasado en primera instancia, que no pensaba que la palabra era para él y le pidió que se sentara.

De inmediato se dirigió al segundo, tomando simplemente su Biblia para leerle una cita de Isaías 41:10, diciéndole, “Pedro hijo de Pedro, No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. Luego volvió al clásico protocolo Viña en el cual se dialoga con el receptor de la palabra y le preguntó a “Pedro, hijo de Pedro”, si aquellas palabras tenían sentido para él, a lo cual respondió entre sollozos que si. El equipo de ministración vino enseguida y comenzó a orar por él, y el servicio continuó su curso.

Tal vez lo descrito suene como algo muy simple o poco trascendente. Una más de las profecías que esas conferencias carismáticas producen. Palabras al viento en muchos casos, sin mayores consecuencias. Sin embargo, de todos los allí presentes en aquel lugar, yo era el único que conocía en detalle la historia de “Pedro, hijo de Pedro”, y de cómo había llegado aquella noche a esa conferencia. Así que cuando descubrí que la palabra era para él y al escuchar su contenido, no pude contener mi llanto, cosa que notaron los otros pastores allí presentes. Pedro no estaba allí por mera casualidad. Dios ya venía trabajando en su vida desde hacía tiempo, pero tenía que tomar ciertas decisiones y necesitaba ánimo, y sobre todo mucho valor.

A “Pedro, hijo de Pedro”, lo había conocido hacía apenas un mes, a través de una amiga brasileña, Esly Carvalho. Pedro era natural del estado Táchira (Venezuela), y estudiante del último año en el Instituto Bíblico Ebenezer en la ciudad de San Cristóbal, perteneciente a la denominación OVICE, un grupo bastante conservador. Pedro había contactado originalmente por email a Esly, quien residía en Quito, ya que ella era la coordinadora de Exodus Latinoamérica, una organización que se abocaba a proporcionar recursos y entrenamiento para la sanidad e integridad sexual, planteándole someramente sus problemas.

Como algo orquestado por Dios, Esly estaría en Caracas a principios del mes de julio de 1998 para una conferencia de EIRENE, otro ministerio del que formaba parte, en conjunto con el Seminario Evangélico de Caracas y la Iglesia Evangélica Pentecostal Las Acacias. En esa conferencia ella abordaría también algunos temas de su trabajo con Exodus, así que invitó a Pedro. Esly me contactó a mi para que le consiguiera hospedaje a Pedro y como no tenía mucho tiempo, simplemente decidimos que se quedara en nuestra casa en Los Teques. Además, nosotros asistiríamos también a las charlas.

bigLow1

Vista del agitado terminal de pasajeros de Valencia. Solo una cita orquestada por Dios permitiría que encontrásemos a Pedro en ese lugar.

Los días previos a la conferencia de Esly, Pedro estaría de vacaciones con su esposa en la playa, y yo iba a estar en Valencia en un campamento juvenil de La Viña, así que decidimos que lo más sencillo sería que nos encontráramos en el Big Low Center, el bullicioso terminal de pasajeros de Valencia. No eran tiempos de muchos teléfonos celulares, así que no tenía ni siquiera una descripción o una referencia para ubicarle en el inmenso desorden de esos terminales de autobuses. Teo Jaimes, pastor de La Viña en Valencia, me acompañó y dimos varias vueltas sin mucho éxito. Hasta que vi a un joven con su maleta, vestido muy formalmente, a la usanza evangélica, por lo que le pregunté si era Pedro. Me imagino su sorpresa al vernos en pantalones cortos, con zapatos deportivos, Teo con una pequeña cola de caballo y yo con una abundante barba, nada que se ajustaba a sus estereotipos de los pastores de su denominación. Sin embargo, nos saludó con cariño y nos fuimos. Ese era el inicio de un choque cultural y espiritual que iba a conmover a Pedro hasta sus entrañas.

En los días que siguieron, tuve oportunidad de conversar con él largamente. Se trataba de un joven provinciano muy sencillo, quien nunca había pisado la capital, y que básicamente había permanecido los últimos cuatro años de su vida en la burbuja de un instituto bíblico. Tenía poco tiempo de casado con una compañera de estudios, con quien vivía en la residencia para matrimonios del seminario junto con una pequeña niña. A pesar de sus esfuerzos en la fe, de haberse decidido a servir al Señor, de tratar de vivir una vida santa, Pedro luchaba ferozmente con su trasfondo homosexual y sus actuales tentaciones de índole sexual. El ambiente homofóbico de su denominación y del instituto, lo había llevado a buscar ayuda lejos de allí, incluso sin un contacto cara a cara, vía Internet a través de Exodus Latinoamérica. Su conversación conmigo era la primera en la cual confrontaba en persona, su pasado y presente con otro cristiano.

La conferencia en la iglesia pentecostal de Las Acacias también resultó ser un choque cultural para Pedro, entrenado bajo los rígidos preceptos fundamentalistas y la negación de los carismas del Espíritu Santo. A pesar de todo eso, después que Esly dio su charla sobre la “homosexualidad y el cristiano”, ella hizo un llamado y Pedro pasó rápidamente adelante, lo que me confirmó que su búsqueda era sincera. Para terminar de romper los moldes misóginos a los que estaba acostumbrado, las personas que vinieron a orar por él con imposición de manos, eran todas mujeres. Allí permaneció durante largo rato, profundamente conmovido, recibiendo oración de sanidad por sus heridas y emociones, en un ambiente donde el Espíritu Santo se manifestaba con poder a través del amor y compasión de quienes le acompañaban en aquel lugar.

Después de esto, sentí que debíamos invitarle, tanto a él como a su esposa, a la conferencia que estábamos organizando en Valencia. La Viña de Los Teques correría con los gastos de hospedaje y alimentación. Pedro tendría una tarea pendiente en el mes que faltaba, orar a Dios para que le diera el valor y las palabras para confesar su situación a su esposa, quien permanecía ignorante de su problemática. Sin embargo, cuando nos volvimos a ver en el lobby del hotel de Valencia, a escasos minutos de comenzar el servicio de apertura de la conferencia, supe que Pedro no había conversado nada con su esposa. De hecho, ella ni siquiera sabía la razón de su viaje a Caracas un mes antes, y por qué les habíamos invitado a Valencia. Me molesté con él, pero me di cuenta que Pedro estaba profundamente dominado por el miedo. Obviamente, su futuro como ministro y su matrimonio estaban en juego. Mantener la homosexualidad en el closet, tapada, oculta, era para él la opción más práctica y segura. Sin embargo, la negación no lo iba a ayudar mucho en su situación. En su lucha solitaria, sin ayuda de su pareja y de otros que le acompañaren en su peregrinar, tarde o temprano terminaría cediendo a sus propias tentaciones.

Ahora bien, una vez conocido el contexto, imaginémoslo escuchando aquella noche estas palabras, “Pedro hijo de Pedro, No temas, porque yo estoy contigo”. Era la afirmación que necesitaba escuchar, que surgía de la boca de una persona que nunca había visto en su vida, en un ambiente que le era extraño, al cual había llegado después de una serie de eventos dirigidos por Dios. La parte buena fue que “Pedro, hijo de Pedro” diligentemente, al terminar aquella reunión se fue al hotel y conversó largamente con su esposa, confiándole esa parte de su vida que ella desconocía por completo. Ahora podían ayudarse mutuamente y continuar este camino juntos. Pero la nueva jornada de su vida, apenas empezaba aquella noche, gracias a aquella palabra profética de exhortación y consolación.

¿Qué es lo singular en esta manifestación del don de profecía? Para la época que ocurre el evento narrado, La Viña había transpirado algunas cosas respecto al ejercicio de la profecía en el ámbito público. Había una mayor madurez, profundo respeto por la dignidad de las personas receptoras del mensaje y una minimización del deseo de figuración y atracción personalista. La experiencia de la época profética había dejado muchas heridas, pero no había apagado el fuego del Espíritu ni el deseo de ver la manifestación de toda la gama de dones y carismas.

Jackson[2] ha reflexionado sobre varios aspectos relacionados con el ejercicio de la profecía, que se fueron decantando durante el tortuoso camino por el que nuestro movimiento pasó a finales de los ochenta y comienzos de los noventa. En particular, señala cuatro elementos que aquellos que poseen estos dones deberían considerar con responsabilidad y honestidad: la exactitud, el lenguaje, el ambiente y la evaluación. En primer lugar, la exactitud se refiere a que los mensajes sean comunicados tal y como se reciben, sin interpretaciones adicionales, ni añadiendo ideas o frases del repertorio del profeta o profetisa. Además, estos deben transmitirse en el momento oportuno, cuando el mismo tiene sentido y valor. En el caso del relato de Pedro, el mensaje era básicamente un texto bíblico y Chris no incorporó nada propio, ni ninguna posible interpretación del pasaje, y lo hizo en el kairos o tiempo de Dios.

El lenguaje resulta crítico, especialmente en ambientes como los latinoamericanos donde subyace una cierta religiosidad y una influencia de lo mágico y esotérico. El uso de expresiones como “así dice el Señor”, a la usanza de profetas bíblicos, o de presentar los mensajes como si estuviesen por encima de cualquier duda, en especial en aquellos donde se incorpora alguna predicción, conlleva bastantes peligros para quienes los reciben. En estos casos también afecta la postura teológica o escatológica de los profetas, los cuales pueden introducir distorsiones innecesarias o aventurarse por caminos extravagantes. Aunque el lenguaje usado por Chris en la historia relatada es muy sencillo y directo, libre de manipulaciones, sin adornos religiosos, esto no evita que Pedro tenga que reaccionar en lo interno, pues es él, y sólo él, quien conoce su realidad y las implicaciones de las palabras recibidas.

El ambiente donde la profecía se ejerce es otro aspecto a considerar en su ejercicio. Lamentablemente, en gran medida, la profecía aparece forzadamente en medio de grandes manifestaciones públicas, conferencias, o campañas, lo cual puede condicionar a que los profetas se expresen con el ánimo de figurar y de ser reconocidos como tales en la comunidad cristiana. Esto también le resta especificidad a los mensajes y los mismos se tornan muy genéricos y superficiales. Idealmente, los dones deberían surgir y expresarse orgánicamente dentro de un proceso donde debería privar lo relacional. Es por ello que todo mensaje debe estar presentado de una forma que su evaluación sea posible, aspecto en el que entra en juego el rol de la comunidad cristiana. En cierta medida esto ayuda al receptor del mensaje a incorporar en su vida la exhortación y/o consolación recibidas, y a la vez lo protege de cualquier contenido dudoso y que no provea edificación. Al mismo tiempo, el profeta o profetisa aprende en el camino, recibiendo ánimo y corrección de manera orgánica.

En el caso narrado, Pedro contó con nuestra ayuda y acompañamiento durante los meses subsiguientes y encontró apoyo a lo largo de las difíciles decisiones personales que debía tomar. Como comunidad, fuimos retados a considerar de otra manera la sexualidad y tratar de crecer y mejorar en nuestra forma de acompañar a quienes tienen que lidiar con problemas en esa área. Incluso, los eventos narrados sirvieron de estímulo para el posterior desarrollo de un ministerio de largo alcance. Así que, las consecuencias de la palabra profética fueron no solo a nivel individual, sino comunitario, extendiéndose al resto de la iglesia como cuerpo de Cristo.

[1] los nombres han sido modificados.

[2] Jackson, B. (1999). The Quest for the radical middle

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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