Los regalos y sus envoltorios

newsprintwrappingCasi desde el principio de mi caminar cristiano, las manifestaciones espirituales y los carismas o dones del Espíritu Santo llamaron profundamente mi atención. En un principio observaba, en aquella inmensa iglesia de las Asambleas de Dios donde nos congregábamos en Sacramento (California), cómo, espontáneamente, alguna persona era movida a hablar en voz alta en un lenguaje desconocido y, seguidamente, alguien interpretaba aquello, para que todos pudiésemos entenderlo. El contenido era generalmente considerado como profético, pues poseía alguna de sus características esenciales, como exhortación, consolación y edificación (1 Corintios 14:3).

Sin embargo, las manifestaciones proféticas más directas, sin necesidad de expresarse en lenguas extrañas con su correspondiente traducción, se estimaban de manera especial, gracias a lo que Pablo había dicho de ellas en 1 Corintios 14:38, en cuanto a que los creyentes deberían procurar profetizar. Quizás una persona, por un impulso del Espíritu, era compelida a expresar claramente y a viva voz, una palabra para su iglesia o comunidad, o para una persona en particular. En estas circunstancias era menester que mediara la prudencia, pues quienes ejercitaban estos dones debían mostrarse cautelosos y aceptar los dones complementarios de discernimiento y de juicio de la profecía. Sin embargo, en numerosos casos, la extravagancia y la excentricidad dominaban, dándole al hecho una aura mágica que hasta podía llegar incluso a opacar el contenido del mensaje. En realidad, había de todo en estas manifestaciones, algunas cosas eran sanas, otras no tanto. Lo que si resultaba evidente es que, el hecho de recibir una de esas palabras proféticas, bien sea como congregación, o a título personal, no era cosa como para ser ignorada. Especialmente, si la veracidad del profeta o profetisa era bien reconocida dentro de la comunidad cristiana.

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El autor con su tercer hijo, Simón, en 1993 durante la Conferencia Nacional de Adoración

Tal vez mi primera experiencia cercana con la profecía ocurriría en 1993 durante uno de los Encuentros Nacionales de Adoración en San Cristóbal, Edo. Táchira. En esa oportunidad, yo fui a ese evento decidido a recibir ministración y a estar abierto a lo que Dios quisiera hacer conmigo. En una de las reuniones matutinas, el predicador de aquél día inició el tiempo de ministración para quienes quisiéramos pasar adelante[1]. Obviamente, era un estilo muy diferente al de La Viña que conoceríamos un poco más adelante en nuestro peregrinar. En este caso, el predicador era el único orando por los que pasaban, uno a uno, frente a él. Casi invariablemente las personas simplemente caían al suelo, de dónde los ayudantes las levantaban para que salieran rápidamente y le dieran lugar a los que venían detrás. Cuando llegó mi turno, el predicador le señaló al ayudante que necesitaba decirme algo. Yo le indiqué que no necesitaba traducción del inglés al castellano. Así que, de inmediato, comenzó a comunicarme un mensaje de índole profético, claramente entendible por mí. No recuerdo con exactitud las palabras, pero hacían referencia a mi ministerio y a ciertos lapsos de tiempo en los que se cumplirían algunas cosas en mi vida. Al parecer, según el profeta, en un tiempo de seis meses a un año vería cambios en mi manera de predicar y enseñar, incluso incorporando el ejercicio del don de profecía. Después de escuchar aquello, caí al suelo al igual que el resto de los que pasaban por allí. Ahora vendría el proceso de digerir la experiencia y darle sentido, preguntándome si realmente aquello venía de Dios, y cuánto esfuerzo debía hacer para procurar que lo profetizado se hiciera realidad en mi vida.

Comparto esta experiencia por el hecho de que, por ser la primera, traté por todos los medios, aunque con limitaciones, de evaluar y entender diligentemente las palabras que había recibido. En aquella primera profecía, se me indicaba que debía ser más osado o atrevido en mi predicación, que no tuviera miedo, que el Espíritu Santo me respaldaría. Además añadía la dimensión temporal, diciéndome que los cambios los comenzaría a ver en tan solo seis meses. ¿Qué significaba ser más osado? ¿Qué cambios debía hacer? ¿Cómo se verían esos cambios? ¿Cómo los podía percibir y medir? ¡Esto era demasiado subjetivo para mí!

Como dije anteriormente, usualmente resulta bien difícil pasar por alto esas palabras, pues ellas, de alguna manera, te obligan a responder activamente. Así que, a partir de aquél momento, me dediqué a reevaluar los temas de mis mensajes y la forma de presentarlos, lo que me llevó en nuevas direcciones y a incorporar tópicos de los cuales, poco o nada, se hablaba en la iglesia en aquel entonces, pero que eran absolutamente relevantes. En otras palabras, con el transcurrir del tiempo, me di cuenta que el efecto fue tremendamente positivo, aunque, para ser honesto, no haya ocurrido como me lo predijeron, mucho menos en los lapsos de tiempo que se mencionaron.

Lamentablemente, el lado débil de la profecía es justamente la facilidad con la que suele abusarse con exageraciones y falsificaciones. Cuando conocimos al movimiento La Viña en 1994, apenas comenzaba a recuperarse de un turbulento período de tiempo en el que la profecía había sido terriblemente abusada. El mismo John Wimber reconoció esta problemática y tomó la responsabilidad de liderar los duros correctivos pastorales necesarios, lo que produjo mayor madurez del movimiento frente al ejercicio del don de profecía, aunque, a decir verdad, fue un proceso doloroso y traumático.

Durante esta época tan problemática, que se extendió, aproximadamente, entre 1988 y 1991, un grupo, conocido como los Profetas de Kansas City, ejerció una inusitada, e indebida, influencia sobre el propio John Wimber, y por ende, sobre el resto del movimiento. De acuerdo con Bill Jackson, no fue sino hasta la conferencia de pastores de 1995 en Anaheim que Wimber confesó, ante los líderes del movimiento allí reunidos que, “lamentaba haber conducido a La Viña dentro de esa era profética, pues, ciertamente, nos había desviado”[2]. Uno de los famosos “wimberismos” que surgió como resultado de su reflexión sobre los hechos acaecidos, hace una referencia sarcástica a la forma como se administraba el don profético. Wimber decía, “me gusta el don (regalo), pero no su envoltorio”[3], pues aquellos ministros que se habían posicionado en la palestra, bajo la mirada permisiva de Wimber y otros líderes del movimiento, se rodeaban de una aura mística que los hacía parecer como profetas veterotestamentarios, poseedores de un mensaje que era incuestionable, y por lo tanto no permitían su juicio ni su discernimiento, y tampoco estaban dispuestos a rendir cuentas de sus vidas personales.

Básicamente, los profetas monopolizaban el ministerio, lo cual entraba en conflicto con uno de los valores centrales de La Viña, como lo es la participación de todos los creyentes en la misión y obra de la iglesia (“a todos les toca jugar”)[4]. Algo que Wimber había defendido a ultranza en su congregación, divulgándolo con vigor sostenido, a través de sus conferencias nacionales e internacionales de sanidad, desde el famoso curso MC510 en sus tiempos como profesor en el Seminario Teológico Fuller. Como señala Henry Lederle:

La profecía que se enfatizaba en la predicción de eventos, ejercida por un grupo de profetas que buscaban sobresalir, introducía un elemento dentro del movimiento que amenazaba la visión original de Wimber acerca de la democratización del ministerio. Tal y como el ministerio de sanidad había llegado a concentrarse en las manos de algunos líderes prominentes en las décadas del 40 y 50, el ministerio profético era el que ahora comenzaba a ser ejercido por un pequeño número de profetas.[5]


[1] El predicador era Sam Hinn, hermano menor de Benny Hinn, quien se desempeñaba como pastor en una iglesia en Florida y luego fundó la congregación Gathering Place Worship Center Sanford (Florida-USA) en 1996.

[2] Jackson, B. (1999). Quest for the radical middle. Pág. 234.

[3] “I like the gift but not the wrapping”

[4] Everybody gets to play

[5] Lederle, H. (2012). “The Third Wave” Part 2. The Pneuma Review. Spring. Pág. 24-47

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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