Los grupos pequeños en los comienzos de La Viña USA

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En julio del año 2001 la plantadora de iglesias caseras Mirna Dagüi de la Viña de Los Teques, mi esposa Nora y yo, fuimos invitados a dar una charla durante los servicios dominicales de una iglesia de la AVCUSA en California. Obviamente la invitación venía a través de la asociación estratégica o partnership de la AVCUSA que tenía una carga misionera por Venezuela. En muchas oportunidades habíamos hablado que en una asociación estratégica todos nos beneficiábamos y todos a la vez contribuíamos, pues si no, terminaríamos regresando a los esquemas misioneros colonialistas que tanto daño nos habían causado a los latinoamericanos en las décadas precedentes. Así que por ello no me sorprendió tanto la invitación, pero si el tema que nos pidieron que compartiéramos: nuestra experiencia con grupos celulares. Tratándose de una iglesia que pasaba de las 500 personas y de estar dentro del movimiento desde los tiempos en los que aún pertenecían a Calvary Chapel, en la década de los ochenta, me parecía extraño que quisieran que habláramos de grupos celulares o de iglesias en casa. Sin embargo, pudimos comprobar que, en efecto, aquella iglesia había abandonado progresivamente el trabajo con grupos pequeños y ahora se encontraba en una encrucijada en la que pretendía recuperar esta práctica. Por ello, nos escucharon atentamente aquella mañana. No se identificaron plenamente con todo lo que les dijimos, pero si volvieron a plantearse la posibilidad de usar sus inmensas casas y patios para reunirse como comunidad, a la par que rieron con nuestras anécdotas y ocurrencias venidas de otras latitudes.

Hasta aquel momento no me imaginaba que hubiese iglesias de La Viña que no tuvieran alguna forma de trabajo con grupos pequeños. Entre las que había visitado, como la de Columbus o la de Anaheim, me daba la impresión que llevaban adelante ministerios vigorosos. Otras, como la de Champaign (Illinois), cuya página de recursos en la web había consultado a menudo, seguían modelos más radicales que se estaban popularizando en aquellos tiempos, un poco diferentes al de Cho del que ya hice referencia, y siguiendo más el de Ralph Neighbour que era mucho más enfático en la centralidad de la célula como elemento organizativo de la iglesia[1]. Por su parte, Joel Comiskey había reseñado a la Viña de Cincinnati (Ohio) dentro de las iglesias que de alguna manera estaban movilizando todo su trabajo hacia un enfoque celular, aunque seguían manteniendo muchos programas de crecimiento más clásicos[2]. En mi imaginación había asumido que, toda iglesia Viña tendría como parte de sus prácticas esenciales los grupos pequeños. Debido a las historias que había leído hasta entonces, asumía que si la iglesia madre de Anaheim había surgido de un grupo pequeño, todas las demás congregaciones tendrían como un valor primordial el desarrollo de esas pequeñas comunidades que nosotros llamábamos células o iglesias caseras.

Pero, ¿Acaso no habíamos idealizado demasiado el surgimiento del movimiento? ¿Cómo había sido realmente ese grupo pequeño originario? ¿Se parecía a lo que ahora conocíamos como célula, o era algo completamente diferente, una estructura transitoria que Dios había usado para iniciar una renovación? ¿Se trataba de un modelo reproducible? ¿Qué principios podían aprenderse de esas primeras experiencias comunitarias? Esas preguntas siguen siendo aún válidas, especialmente para nosotros los latinoamericanos que llegamos al movimiento muchos años más tarde, después de haber experimentado ya con nuestra dosis de métodos y estructuras sobre iglesias celulares, algunas veces satisfactorios y otras bastante traumáticas. El problema es que, para responder esas preguntas, disponemos de muy poco material escrito y audiovisual sobre el tema.

Andy Park: “El surgimiento de la adoración contemporánea no es exclusivo de La Viña de Anaheim…  solo una parte de lo que Dios estaba haciendo en todo el mundo…fuimos uno de esos grupos que recibieron la visitación de Dios y un derramamiento especial de su amor. Simplemente compartimos lo que teníamos y nunca nos imaginamos que personas de todas partes del mundo serían eventualmente impactadas por nuestra música y nuestro modelo de adoración”.

En este sentido, recientemente han comenzado a aparecer escritos que relatan algunos aspectos de los años iniciales del movimiento que se encontraban un poco borrosos, solo conocidos por quienes los vivieron y que, por ende, se habían transmitido oralmente de forma anecdótica. Uno de estos trabajos es el libro de Andy Park, Lester Ruth y Cindy Rethmeier, Worshiping with the Anaheim Vineyard[3]. En diversas partes de ese estudio de caso, se narra cómo fue que los hogares jugaron un papel importante para el inicio del movimiento. Por un lado, en lo que respecta al desarrollo de la identidad de John y Carol Wimber y otros iniciadores del movimiento como pioneros de algo novedoso, luego como espacios que facilitaron el nacimiento de la congregación madre, y por último, como factores determinantes del estilo relajado y familiar con el que el movimiento es conocido hasta la fecha en todas las culturas donde sus congregaciones se han propagado.

Park, Ruth y Rethmeier (2017), dedican su trabajo a describir el origen de la nueva adoración contemporánea, que surge en las salas de estar de hogares californianos de clase media durante la década de los 70, en una época post-Watergate y post-Vietnam, bajo la influencia de la música rock y pop de aquellos años y con la amplia participación de jóvenes, muchos de ellos convertidos dentro del Jesus Movement y asociados originalmente a la red de iglesias de Calvary Chapel. Estos apasionados muchachos ni se imaginaban cuál era la importancia de lo que estaban haciendo intuitivamente en aquellas reuniones. Particular importancia tiene un grupo pequeño que comienza a reunirse informalmente en Octubre de 1976 en la casa de la hermana de Carl Tuttle. El joven Carl queda asignado como el encargado de dirigir la adoración sin mayores pretensiones, no tenía idea de que aquellos pasos llevarían sus canciones a darle la vuelta al mundo, y a que, 19 años después, se convirtiera en el pastor principal de La Viña de Anaheim, suplantando a John Wimber en esas funciones[4]. Carol Wimber, la esposa de John, también era una de los miembros, pero Wimber no asistía aún debido a que su trabajo le exigía viajar constantemente a través de los Estados Unidos. Bob Fulton, quien durante años fungió como Director Internacional del movimiento, se contaba entre los iniciadores del grupo casero. Para Fulton, este grupo viene a ser el patrón de lo que sería más adelante el ministerio de grupos pequeños en La Viña, una comunidad donde la adoración sincera y de corazón abre los caminos para profundizar la relación con Dios, quien “nos recibe, acepta, perdona y nos da libertad”[5], y para fortalecer el vínculo fraterno entre unos y otros.

Wimber: “Se trataba realmente de un grupo pequeño, compuesto quizás de seis o siete personas, que se reunían en una casa al otro lado de Canyon (Yorba Linda, California)… Ese grupo se reunía para cantar, algunas veces hasta dos y tres horas seguidas”.

Después de un tiempo, un Wimber agotado de tanto trabajo con organizaciones religiosas, pero sin que necesariamente ello redundara en su salud espiritual, se acerca al grupo en busca de refrescamiento. Sin embargo, lo hace con la mentalidad analítica de un consultor gerencial, experto en iglesias que pretendían crecer numéricamente, pero manteniendo en segundo plano sus verdaderas necesidades espirituales. Cosa que puede observarse cuando se refiere a aquellos primeros pasos que daba el grupo a tientas:

“Cuando llegué allí, el grupo ya tenía unas cincuenta o sesenta personas, y la adoración era muy intensa. La primera vez que fui, recuerdo haberme sentado preguntándome, ¿Qué están haciendo? Porque lo único que hacían era cantar una canción tras otra. Además, las personas se arrodillaban, se acostaban en el suelo, se ponían de pie o se quedaban sentados en sus sillas sin ningún tipo de estructura u orden. Realmente me molestaba que nadie controlara u organizara el grupo. Cuando regresé a casa le dije a mi esposa, “nada va a salir de todo eso. No tienen líderes. Nadie les dice lo que tienen que hacer”. Ella me miró y me dijo, “¿y el Señor?… él es quien les dice qué es lo que tienen que hacer”[6].

A pesar de las críticas de Wimber, el grupo se mantuvo serio en su búsqueda de una expresión del cristianismo más orgánica y elemental, sin demasiados adornos, de algo que pudiese experimentarse en entornos sencillos y cotidianos. Así que, allí en la atmósfera amigable e informal de un hogar, Wimber se confronta con ese nuevo modelo que está emergiendo ante sus propios ojos, basado en la sencillez de la adoración espontánea a Dios y en la confraternidad horizontal entre hermanos. Con su peculiar estilo de contar las cosas, agrega detalles de su experiencia transformadora dentro de aquél grupo hogareño:

Cuando eché un vistazo alrededor de aquella sala tenuemente iluminada, nadie me devolvió la mirada. Los ojos estaban cerrados, las posturas corporales estaban relajadas. Unos pocos estaban sentados, otros de rodillas, había dos mujeres con las manos levantadas. La guitarra sonaba suavemente, tocando los mismos tres acordes una y otra vez, mientras que el resto de los miembros de aquella reunión en una casa de Yorba Linda (California) cantaban al Señor. Parecía que lo harían eternamente. Pensé, ¿Cuál era la razón de aquello? ¿Acaso no estaban allí para estudiar la Biblia? Sentí calor en mis mejillas; las palmas de mis manos se sudaron; me encontraba incómodo con el lenguaje íntimo de aquellas canciones. “Señor, ¿tengo que cantarte así también? ¡Espero que no!” Sin embargo, en unas pocas semanas, mi corazón comenzó a suavizarse. Fui cautivado con el poder de las letras de esas canciones. Las lágrimas rodaban por mis mejillas mientras la música sonaba. Mi mente no comprendía lo que experimentaba mi corazón. Cantar aquellas dulces y sencillas canciones al Señor, produjo en mi un avivamiento personal. Mi vida cristiana se transformó. De hecho, lo que experimenté en este grupo pequeño se convirtió en el fundamento del movimiento de La Viña[7].

Por las descripciones disponibles se ve que el grupo hogareño original era una especie de mega-célula madre, difícil de replicar en sus mismas dimensiones en otros hogares y por otros líderes, aunque si resultó ser un activo laboratorio de nuevas experiencias que luego definirían la eclesiología del movimiento. En este sentido, Park, Ruth y Rethmeier (2017) intentan demostrar, a través del proceso de la plantación de la iglesia de Anaheim, cómo el modelo experimentado en aquella casa se trató de reproducir en las reuniones más grandes que surgieron como consecuencia del avivamiento allí iniciado sobrenaturalmente. Aspectos como intimidad, informalidad, hospitalidad, uso de espacios acogedores y familiares, relacionalidad, participación, compañerismo, que eran parte integral de esas reuniones hogareñas se trataron de mantener a medida que la iglesia seguía creciendo y cambiando de sedes, en la búsqueda de locales más grandes para albergar la congregación, como lo fueron los gimnasios de escuelas y liceos.

Todos los aspectos comunitarios, inicialmente experimentados en las casas, se convirtieron en valores del naciente movimiento. Por lo que se trató de que no hubiese una gran diferencia entre lo que se hacía en los grupos familiares (denominados kinship groups) y lo que ocurría en los servicios públicos, que durante años se siguieron realizando en diversos locales escolares de la zona hasta que, finalmente se adquirió un galpón de depósito en Anaheim para albergar la iglesia. De manera que, los cultos se organizaron como una reunión casera o familiar más grande, donde se trataba de no establecer diferencias significativas entre los miembros, separando a músicos, cantantes y predicadores del resto de las personas, como si estos fueran una casta sacerdotal especial. De la misma forma, a la congregación en pleno se le invitaba a participar activamente en la ministración los unos a los otros, cosa que difería de las formas usadas en esos tiempos por evangelistas y predicadores, quienes centraban toda su atención en sus dones personales de ciencia y sanidad. Además de esto, el aspecto informal y sencillo, intentaba reflejar o reproducir la calidez y hospitalidad del seno familiar.

Es por estas razones que Kenny Bouchard, de la Sociedad de Académicos de La Viña (Society of Vineyard Scholars), sostiene que, el grupo familiar o casero (Kinship Group) constituyó una de las principales estructuras que facilitaron la vida eclesial dentro del movimiento en sus días iniciales[8], citando a continuación a Wimber en uno de sus conocidos escritos, Everyone gets to play (A cada uno le toca jugar), cuando describe la razón del origen de dichos grupos pequeños y su importancia:

En los primeros años de nuestra existencia nos referíamos a nosotros mismos como los “caminantes heridos”. Muchos de nosotros habíamos sido “pilares” en otras iglesias, enseñando en escuelas dominicales, participando en comités, dirigiendo estudios bíblicos, colaborando en reuniones especiales y haciendo un montón de actividades con el deseo de servir a Dios. Pero en el proceso habíamos sido heridos, maltratados, abusados y quemados dentro de la vida de la iglesia. Ministrar a otros era difícil, si no, imposible. En nuestro estado de desgaste nos tornamos a Dios y aprendimos a adorar, a ministrarle a Él. A medida que comenzamos a sanar y a revitalizarnos… empezamos a tener compañerismo los unos con los otros en nuestros grupos familiares. Como resultado natural de la adoración y el compañerismo, vimos la necesidad de comenzar a ministrar a los demás.[9]

Era evidente que para Wimber, quien se había convertido al cristianismo en un grupo pequeño, éstos eran esenciales para que una iglesia fuese saludable y creciente, por ello siempre enfatizaba la importancia de las reuniones hogareñas para el evangelismo y el alcance de familiares, amigos y vecinos. Según su propia experiencia, a comienzos de los 70, un reconocido evangelista y maestro de la Biblia californiano, Lawrence “Gunner” Payne, había invitado a John y Carol a una serie de reuniones con un grupo de unas siete personas en una casa, las cuales se extendieron durante varios meses. Ese fue el sitio seguro y amigable donde un músico pagano como John, con múltiples preguntas y dudas, podía convertirse, ser discipulado y luego enviado al ministerio. Fue allí donde Payne le modeló a Wimber el valor de los grupos pequeños, cosa que él a su vez, absorbió y transmitió al naciente movimiento de La Viña:

Durante los años 70, los grupos pequeños fueron una parte vital de mi vida y mi ministerio. Comencé cientos de grupos, muchos de los cuales se reprodujeron. Como consultor, colaboré con muchas iglesias para iniciar sus ministerios de grupos pequeños. También ayudé a plantar iglesias desde “abajo hacia arriba”, comenzando primero con el desarrollo de una infraestructura de grupos pequeños.[10]

De allí que, en el proceso de plantación de iglesias de La Viña, uno de los pasos cruciales sigue siendo reclutar líderes con los que se puedan abrir grupos pequeños o células, que permitan establecer una dinámica de evangelismo, discipulado, adoración, cuidado mutuo, amistad, y crecimiento, lo que provee la cultura y la infraestructura necesaria para darle identidad a la nueva congregación. Sin embargo, la idea de sistematizar el nacimiento de nuevas congregaciones nunca pasó por la mente de los pioneros del movimiento como John y Carol Wimber, Bob y Penny Fulton, Carl Tuttle y otros. En cada nueva oportunidad, los líderes, pastores y plantadores, dejándose guiar por el Espíritu Santo, tendrían que evaluar el contexto donde se encontraban y desarrollar un modelo que se adaptase a sus circunstancias locales. No hay que pensar demasiado para darse cuenta que es sumamente difícil derivar, a partir de estas experiencias iniciales, fórmulas definidas para emular este proceso en otro tiempo, espacio y cultura.

A pesar de que adoración, cuidado mutuo, evangelismo y estudio de la Biblia parecían ser los ejes centrales de los primeros grupos pequeños que surgieron en La Viña a finales de los 70, resulta evidente de estos documentos que esas primeras reuniones caseras, más que promover una eclesiología, buscaban más bien una ruptura con la cultura tradicional evangélica, formalista, reguladora y propiciadora de la culpa, tratando de encontrar una ambiente de expresión lleno de gracia, compañerismo y sobre todo de la presencia de Dios. Es por ello que la adoración a través de la música y el canto se convirtió en el principal vehículo de expresión, como bien lo relata Carol Wimber:

Adorábamos a Dios por un tiempo muy largo, tanto como quisiéramos, donde quisiéramos; adorábamos al principio y al final. Una reunión de dos o tres personas era suficiente para adorar…[11]

No había agendas definidas, ni un orden de reunión, ni un tamaño definido, a no ser que fuera el tiempo dedicado a cantar de memoria canciones muy sencillas, con letras llenas de intimidad y cercanía con Dios. El mover del Espíritu Santo era esperado con ansias, demostrado mediante señales y prodigios, usualmente observables en las manifestaciones corporales de los presentes, así como, en muchos casos, a través de la sanidad física y la liberación espiritual. Tampoco había un plan para multiplicar el grupo e ir formando una red, sino que simplemente más y más personas se seguían añadiendo, hasta traspasar los límites de lo que se podía congregar en una casa. En cuyo punto, se trasladaba la reunión a un espacio más amplio, pero tratando de continuar con algunas de las cosas que se habían descubierto en la experiencia casera. Cuando la congregación se hacía muy grande, se comenzaban nuevos grupos en otras zonas cuyo objetivo era proveer ambientes pequeños para experimentar la vida en comunidad y aprender a ministrar en el poder del Espíritu Santo. Dado el caso que en alguno de estos grupos la dinámica diera como resultado un crecimiento y mover similar al descrito, era indicativo de que el lugar era propicio para comenzar una nueva iglesia.

En los comienzos, cuando las reuniones en las casas superaron la capacidad de las salas de estar, patios y garages, éstas se trasladaron a espacios más grandes, pero tratando de imitar el formato hogareño. Los músicos no usaban tarima, las personas sentadas en semicírculo y muy cerca las unas de las otras.

Todo esta fase inicial era bastante orgánica y espontánea, lo que permitía un discipulado relacional bastante intenso. Sin embargo, resulta bastante claro también que los grupos pequeños no constituían la estructura organizativa básica de la iglesia. Aunque eran espacios donde fluía la vida del Espíritu, no hacían parte de una estrategia deliberada, ni se formaban según los criterios específicos que van a estar presentes en la mayoría de los modelos contemporáneos de grupos celulares. La combinación de adoración intensa y manifestación del Espíritu es difícil de sistematizar y duplicar, aparte de que requiere de un liderazgo sensible a este mover. Por esta razón no es de extrañar que con el paso del tiempo, debido a la rutinización del carisma, estos tipos de grupos pequeños, o son abandonados, o dan paso a esquemas más estructurados o programáticos, lo que hace que la congregación vuelque toda su atención y energía hacia los eventos principales tales como cultos y conferencias.

Incluso, es posible afirmar que, muchas iglesias que se unieron al movimiento en sus años iniciales, nunca habían desarrollado el trabajo con grupos pequeños, sino que llevaban adelante estructuras más clásicas heredadas de Calvary Chapel o de otras denominaciones, donde el culto principal y la escuela dominical eran el núcleo central de la congregación complementados con diversos programas[12]. Mark Fields, quien ha estado investigando acerca de movimientos de multiplicación de iglesias comparándolos con los inicios de La Viña, afirma que: “durante el período pre-Viña, estando aún dentro de Calvary Chapel, el enfoque eran los grupos de estudio bíblico, los cuales requerían de maestros competentes, desarrollados a través de mucho entrenamiento y experiencia. Wimber comenzó los kinship groups los cuales tenían un énfasis relacional y espiritual, su facilitación requería de menos elaboración y entrenamiento, y por lo tanto era una estructura que podía reproducirse con suma facilidad” (ver el reporte aquí).

Así que, volviendo a la anécdota al comienzo de esta sección, no debe sorprendernos entonces que el trabajo con grupos pequeños hubiese perdido su fuerza en aquella congregación californiana que estábamos visitando. De hecho, esa parecía ser la realidad de muchas congregaciones del movimiento en esos tiempos, y aún hasta fechas muy recientes como lo afirma Bouchard (2015):

… los grupos familiares (Kinship Groups o grupos celulares) han perdido su lugar central en el proceso de discipulado. En muchas iglesias de La Viña, así como de otras denominaciones, los grupos celulares son meramente útiles para promover ciertos programas o nuevas series de predicaciones, en lugar del discipulado relacional que permite que lo cotidiano de la vida de cada uno de los miembros del grupo vaya dándole el enfoque al grupo. Este discipulado orgánico es reemplazado a menudo con grupos pequeños que son básicamente estructuras religiosas altamente programadas, con una agenda prescrita que atenta contra el desarrollo de relaciones de discipulado auténticas… En efecto, me he dado cuenta personalmente que, este tipo de grupos hace que las personas se reúnan en una sala, escondiendo la realidad de sus vidas detrás de materiales de estudio y guías de discusión muy bien diseñadas[13].

Para leer el siguiente artículo de esta serie, pulse aquí.


[1] Esta es una iglesia fundada por Happy y Diane Leman. La iglesia es una de las pioneras en el uso de la estructura celular dentro de La Viña durante los años 90. El pastor de grupos celulares es Jim Egli quien es un reconocido autor sobre el tema y quien realizó su doctorado con una tesis sobre iglesias celulares alrededor del mundo (http://jimegli.com/). La iglesia Viña de Champaign usa el curso Alpha como parte del trabajo celular. Según ellos todo el trabajo pastoral de la iglesia se lleva a cabo a través de grupos pequeños. (ver datos sobre esta iglesia en la página de Joel Comiskey, http://bit.ly/2nI7o3T, última visita 04/04/2017)

[2] Ver por ejemplo, http://bit.ly/2o1smwZ . La iglesia Viña de Cincinnati sigue un modelo descrito como “meta, en el cual se da lugar amplio a las células, aunque de diferentes tipos, no solo grupos caseros, sino hasta grupos de apoyo o de intereses compartidos. Además el servicio principal es masivo y orientado al alcance de personas no creyentes o apartadas de Dios. El mismo se clasifica dentro de lo que se denomina “seeker-sensitive” (sensible a los buscadores) al estilo de las iglesias de Bil Hybels y de Rock Warren. La iglesia de Cincinnati es ampliamente conocida porque introdujo lo que denominó “evangelismo de servicio” a finales de los 90, cuando era pastoreada por Steve Sjogren quien fue discípulo de John Wimber en Anaheim.

[3] Park, A., Ruth, L. y Rethmeier, C. (2017). Worshiping with the Anaheim Vineyard: The emergence of contemporary worship. Grand Rapids (Michigan-USA): Eerdmans Publishing Company.

[4] http://www.carltuttle.com/ última visita 04/04/2017

[5] Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 66.

[6] Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 63.

[7] Énfasis añadido por el autor de este blog. Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 31.

[8] Bouchard, K. (2015). Re-Discovering Kinship: The Cell Group as the Ideal Functional Structure for Discipleship. VI Conferencia de Vineyard Scholars. Society of Vineyard Scholars. 17 de abril. Última visita 28/2/2017. http://bit.ly/2maQhKj

[9] Citado por Bouchard (2015), tomado del libro Wimber, J. (2008), Everyone Gets to Play, Ampleton Publishing, p. 37.

[10] Wimber, J. (n.d.). The value of small groups. Vineyard USA. Última visita 03/04/2017. https://vineyardusa.org/library/the-value-of-small-groups/

[11] Park, Ruth y Rethmeier (2017). Ibid. Pág. 73.

[12] En el artículo citado anteriormente, “The value of small groups” (Wimber, n.d.), se hace clara referencia a las iglesias que “no tienen un ministerio de grupos pequeños”. Obviamente, Wimber se refería aquí a iglesias Viña que no habían incursionado en la idea de las reuniones en las casas.

[13] Bouchard (2015). Ibid

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One Response to Los grupos pequeños en los comienzos de La Viña USA

  1. Mark Young says:

    Que buen articulo, Fernando! Al estar preparandome para plantar una iglesia basada en grupos caseros, esto fue un burn repaso de como la Viña deberia ser. Abrazo.

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