Plantando una iglesia celular en Los Teques (Venezuela)

Para leer el  artículo anterior en esta serie, pulse aquí.

Sin ánimo de repetirme, debo aclarar que algunas de las experiencias que a continuación relataré, ya las había descrito en el contexto de mi libro: Manual para iglesias que crecen: Visión celular como modelo de crecimiento, publicado en el año 2005[1], pues éste texto resultó a partir de la experiencia de trabajo en la plantación (o replantación) de la Viña de Los Teques como una iglesia celular. Aproximadamente a mediados de 1989, Jesús Herrera (actual pastor de La Viña de Los Teques), Roberto Sttengerr y mi persona, nos unimos a Marina León, Mirna Dagüi y Nora Méndez (mi esposa) con el fin de armar un equipo para la replantación de una congregación que tenía su sede en el sector de El Rincón en los Teques, la cual había sido originalmente iniciada por misioneros portorriqueños de la denominación Dios Pentecostal.

El viejo local de La Viña de Los Teques en la zona de El Rincón en Los Teques.

La congregación venía de algunos traumas internos, pero había resistido y estaba en un momento en el que podíamos comenzar a hacer algunas cosas de manera diferente. Por aquel entonces nos reuníamos en el Cine Guaicaipuro que era uno de los más céntricos y populares de la ciudad. Llamamos a este experimento la Comunidad de Vida Cristiana (CVC) de Los Teques, aunque a decir verdad, al principio solo nos abocamos a atender los servicios dominicales, enfocándonos en la predicación, la enseñanza, así como a desarrollar un equipo de adoración y alabanza, uno de los primeros en incorporar música contemporánea en los cultos, experimentando así con lo que más adelante se convertiría en un movimiento en toda América Latina. Sin embargo, la parte comunitaria de nuestro nombre era más un anhelo, o una etiqueta todavía, pero sabíamos que, tarde o temprano, tendríamos que trabajar en eso, así como en otros aspectos como el ministerio a los pobres, la restauración emocional y espiritual, y el alcance y pastorado de los jóvenes.

¿Cómo se hacía el tránsito de una iglesia tradicional, de corte pentecostal conservador, a un nuevo enfoque más comunitario y misional? Ésta era una pregunta que necesitábamos responder, pero por aquel entonces solo atinábamos a unos cuantos balbuceos y a resolver las cosas urgentes de una pequeña iglesia tradicional. Una vez que Roberto Sttengerr, quien era el único pastor a tiempo completo, fuese llamado por otra iglesia de la zona como pastor principal, y en vista de que todos los demás miembros del equipo pastoral que quedábamos éramos ministros bivocacionales, decidimos que era el momento de redefinirnos como una iglesia celular[2], pues pensábamos que de esa manera podíamos llevar la carga entre todos, en forma colectiva y colaborativa, aportando lo mejor de cada quien en su desarrollo.

En otras palabras, debíamos organizarnos de forma tal que, teóricamente, cada persona perteneciera a una célula, para lograr que, alcance, cuidado mutuo, servicio, oración e intercesión, discipulado y estudio bíblico, que deben conformar la vida diaria de la iglesia, se llevaran a cabo a través de esas pequeñas comunidades esparcidas a lo largo y ancho de la región de Los Altos Mirandinos. Además, decidimos que nuestro culto dominical se convirtiese en una celebración donde la adoración y alabanza nos permitieran acercarnos a Dios colectivamente, dándole a esta reunión amplio espacio, tiempo y recursos[3]. Igualmente comenzamos a buscar con fervor, a través de la ministración de la Palabra, la adoración y la oración, que pudiésemos llegar a un encuentro real con la persona del Espíritu Santo que, se manifestase en sanidades, señales y prodigios, a la par de transformar nuestras vidas y hacernos mejores personas, de allí nuestro interés en acercarnos a La Viña.

Básicamente estábamos decididos a ver por un lado, una iglesia esparcida en las comunidades, sirviendo, evangelizando, edificando; y por el otro, una iglesia congregada celebrando y exaltando el nombre de Cristo. No era una tarea fácil, pues además queríamos que su desarrollo fuese orgánico, no impuesto, así que debíamos prepararnos para un trayecto con un horizonte largo, en un contexto donde las congregaciones todavía llevaban adelante ministerios muy tradicionales y conservadores, y en medio de una Venezuela cambiante en muchos frentes. Incluso dentro de la misma iglesia evangélica que, después de años de ser rechazada socialmente, comenzaba a ganar cierta respetabilidad e importancia, abierta a nuevas tendencias y teologías que competían con el enfoque comunitario que se pretendía buscar en la ahora floreciente congregación.

En el modo centrípeto, la iglesia desarrolla programas, reuniones, servicios y “productos” para atraer a las personas (Frost y Hirsch, Shaping of things to come, 2003). En el modo centrífugo se motiva a que la iglesia vaya y se encarne en diferentes culturas y comunidades que necesitan oír el testimonio del evangelio (Mora, Misión Imparable, Mora, 2007).

Así que, adultos, jóvenes, niños, líderes, pastores y pastoras, hombres y mujeres, estudiantes, profesionales, obreros, empresarios, fueron invitados a esta aventura cuyo rumbo no estaba muy claramente definido, pero que, poco a poco, fue tomando una forma que, en el fondo, pretendía minimizar las estructuras eclesiásticas tradicionales dependientes de clero, sermón y templo. Los Lagos, Santa Eulalia, Tiuna, Miracielos, Cabotaje, Parque Knoop, El Rincón, Los Nuevos Teques, El Vigía, El Paso, El Barbecho, Quebrada de La Virgen, Padre Cabrera, Aquiles Nazoa, Lagunetica, El Tambor (hombres), El Tambor (tribus juveniles), Ramo Verde, San Homero, células universitarias (Universidad Simón Rodríguez y Colegio Universitario de Los Teques) y sectores foráneos como Páramo, La Morita y La Rosaleda en San Antonio de Los Altos, San Pedro de Los Altos, Montaña Alta en Carrizal, Tácata y Cartanal en los Valles del Tuy, y Cagua en el Estado Aragua, pasaron a ser los lugares donde una iglesia un poco más líquida comenzó a moverse en medio de la sociedad de Los Altos Mirandinos en primera instancia, así como hacia zonas aledañas, en un proceso que duró un poco más de quince años (1990-2005).

Cada nuevo sector a ser alcanzado implicaba entrenar a quienes se harían cargo de coordinar la célula e iniciar los procesos de alcance y discipulado necesarios. Esto llevó a la necesidad de crear una dinámica de entrenamiento y apoyo continuo a los líderes voluntarios existentes. Pero, en gran medida se trató de ser lo más orgánicos que fuese posible, sin imponer métodos o estructuras altamente regimentadas y artificiales. Se trataba de un modelo intuitivo que enfatizaba las relaciones con la comunidad que circundaba la célula. Como ya lo he mencionado en otro lugar, no había nada de mercadeo, nada de técnicas de control o de gerencia, nada de fórmulas rápidas con resultados cuantificables en una hoja de Excel[4]. La propuesta era más bien una visión encarnacional, sencilla y orgánica de la misión cristiana que es bastante difícil de sistematizar en fórmulas simples. Es vida que fluye de forma natural, no programada, con todas sus incertidumbres e inseguridades, es una aventura que tienen implicaciones inmensas, que podría resumirse en algunas acciones aparentemente sencillas, como las siguientes:

  • Aprender los ritmos, la vida y los conflictos de la comunidad y permitir que la dinámica de la vida espiritual pudiese responder a esos desafíos efectivamente. En la práctica esto se refería a ir a las casas o los lugares de reunión de las personas, vivir y trabajar en la zona, interactuar con los miembros de la comunidad o grupo, ocupando nuestro tiempo escuchando, comiendo, conversando, hasta jugando, con aquellos a dónde habíamos sido enviados. Esto fue lo que hicieron durante largos años Judith Aldama y Nora Méndez al frente de un trabajo social en el barrio Aquiles Nazoa, a donde llegaron siguiendo a niños que encontraban deambulando en el centro de la ciudad. Ver la realidad de los barrios marginales de las zonas urbanas de Venezuela les animó a convivir con los residentes, en su mayoría mujeres y niños bastante desprotegidos y vulnerables. Suplir ayuda espiritual junto con las necesidades básicas, así como el acompañamiento constante se convirtió en un reto, pues requería encarnarse, convivir y perseverar por un largo tiempo, en un ambiente lleno de peligros y sujeto a la manipulación de grupos políticos y religiosos, pero a la vez tremendamente desamparados del apoyo espiritual y del amor de una comunidad cristiana.

Las “personas de paz” en una comunidad son aquellos que Dios ha estado preparando de antemano para recibir el mensaje del reino de Dios. Son espiritualmente abiertos, receptivos, colaboradores, generalmente tienen influencia o reputación en la comunidad, o ya poseen una red de relaciones. Son los primeros en abrir sus casas para iniciar la misión.

  • Insertarse en la sociedad, conviviendo con los necesitados, acercándonos a ellos, sin esperar que viniesen a nosotros. En ese proceso era imprescindible descubrir las “personas de paz[5] dentro de esas comunidades y grupos sociales. Es decir, encontrar quiénes eran esas personas espiritualmente abiertas, que poseían buena disposición, que tenían influencia en la comunidad y una amplia red de relaciones. Ciertamente, el trabajo con grupos pequeños o células realizado con consciencia misional y no simplemente siguiendo fórmulas de crecimiento lo hace a uno sensible a detectar esas personas de paz en las comunidades. Lo que requiere que los líderes de células sean más acuciosos, sensibles y diligentes, como Mirna Dagüi y otras mujeres y hombres que comenzaron grupos por toda la ciudad y se extendieron hasta otros pueblos y ciudades cercanas. Solo bastaba con que alguna persona mostrara interés y abriera su casa para que un grupo se formase y un nuevo sector comenzara a alcanzarse. Tal era su entusiasmo y dedicación que comencé a llamar a Mirna y las mujeres que la acompañaban, las misioneras de la autopista (ver una entrevista sobre el tema aquí) , pues recorrían la Autopista Regional del Centro, de Los Teques a Cagua, Maracay, Guacara y hasta Campo de Carabobo, unos 150 km de carros, camiones, autobuses y un tráfico intenso a toda hora, para plantar grupos e iglesias caseras.
  • El viejo hospital Padre Cabrera en Los Teques donde La Viña desarrolló un trabajo misional durante un largo período de tiempo.

    Identificarse con las luchas y necesidades, perspectivas y realidades existenciales de la comunidad, estableciendo el contexto relacional necesario para compartir la fe de una manera natural y espontánea. Esto implicaba básicamente abordar la vida de las personas, entender sus perspectivas, sus dolores, sus luchas, sus causas existenciales. Como por ejemplo, adoptar un vetusto hospital para tuberculosos y enfermos de SIDA, fundado en 1919, pero abandonado a su suerte por autoridades y las comunidades a su alrededor, para proveer ayuda, en el amplio sentido de la palabra, no es algo muy común entre los evangélicos, más dados a la efervescencia y las conversiones rápidas. Pero Dorcas Herrera y un equipo de siervas y siervos se mantuvieron allí proveyendo medicinas, ropa, comida, cortes de pelo, consejo, acompañamiento y discipulado, sin mucho ruido, pero si con una gran constancia. De la misma forma, identificarse con personas en gran necesidad de ayuda espiritual, como en el caso de quienes tenían problemas y conflicto relacionales y sexuales, fue algo que Enrique García y otros miembros de la comunidad sintieron para iniciar los grupos pequeños de Zapatos Nuevos en 1998[6].

Después de ese largo proceso donde, más que una metodología, se forjó una cultura eclesial basada en el desarrollo de grupos pequeños o células, inicialmente en la CVC, y luego cuando pasa a ser La Viña de Los Teques en 1998. Hoy en día, es difícil encontrar a alguna persona que vivió este período de tiempo, que no haya pertenecido a algún grupo celular o iglesia casera, y que no tenga vívidos testimonios de sus experiencias acerca de su propio crecimiento y el de sus compañeros/as. Igualmente es importante ver la cantidad de líderes y lideresas que se formaron y que aún siguen sirviendo al cuerpo de Cristo en muchos lugares del mundo.

Una estructura fractal es una representación básica que se repite a diferentes escalas para generar estructuras más complejas. Como el caso de la hoja, donde se repiten las bifurcaciones hasta formarla. Igualmente en la iglesia, se comienza con un grupo pequeño, pero esa estructura básica, conectada con otras similares, termina formando la compleja red que conforma el cuerpo de Cristo en una región específica.

Los retiros anuales de la iglesia recogieron en parte esas vivencias y los conocimientos que se iba acumulando en la comunidad de creyentes. Algunos de estos conocimientos y aprendizajes quedaron plasmadas en nuestra declaración de misión que fue generada por unos 50 líderes y lideresas, reunidos en los bellos parajes de Laguneta de Montaña en enero de 1998:

Somos una comunidad sensible, sencilla y sanadora que buscar alcanzar al necesitado de los Altos Mirandinos donde se encuentre, mediante un servicio integral, para hacerlo partícipe de la familia de Dios, y desarrollarlo a su plena expresión como adorador, discípulo de Cristo y ciudadano del Reino de Dios[7].

Se evidencia, primero que nada, la visión de una iglesia volcada hacia fuera de si misma, capaz de moverse y llegar hasta quien tuviese necesidad de Dios, no importa dónde esa persona se encuentre, lo cual implicaba presencia y encarnación en una región geográfica específica. En segundo lugar, estaba el deseo de servir a los demás en todos los aspectos posibles, no a través de la oferta de un producto religioso, sino trayendo sanidad, restauración y crecimiento personal; en otras palabras, “dando de gracia lo que de gracia había sido recibido”. Todo lo anterior iba a ser realizado a través del discipulado cristiano, experimentado y facilitado dentro de una comunidad abierta, o familia, y dispuesta a acoger a quienes llegaban a Cristo, en la condición en que se encontraran[8].

Esa declaración de misión solo reflejaba lo que la comunidad de creyentes que conformaban la Viña de Los Teques estaba haciendo con acciones concretas, lo cual implicó la participación de muchas personas durante ese lapso de tiempo que aquí reseñamos. Requirió de hombres y mujeres que dieron lo mejor de si mismos por el anuncio del reino de Dios, quienes aportaron su tiempo, con ayunos y mucha oración, sus recursos materiales, sus hogares, sus dones y talentos, sus conocimientos ministeriales y profesionales. Con el tiempo, y con la experiencia, usualmente derivada de los errores, se pudieron esbozar una serie de líneas de acción que reafirmaban ese trabajo descentralizado a través de las células, la participación de muchos actores y actoras en el proceso, y la posibilidad de seguir extendiendo el reino con la plantación de nuevas iglesias. Algunas de esas líneas que fueron surgiendo progresivamente las presento a continuación, debo aclarar que aunque ellas representan el resultado de reflexiones más recientes, contienen el espíritu que nos movía en esa etapa de consolidación de La Viña de los Teques:

  • Penetrar una compleja ciudad dormitorio como el eje Los Teques-Carrizal-San Antonio, al insertarnos progresivamente en las comunidades, vecindarios y algunas instituciones claves.
  • Alcanzar a las personas en una forma más directa, contextualizada y personalizada, tratando de proveer ayuda a las necesidades más sentidas de cada comunidad particular.
  • Aumentar las capacidades de la iglesia, a través del sacerdocio universal de los creyentes, pues pretendíamos que más y más personas se involucraran en el funcionamiento y expansión natural de la Viña de Los Teques.
  • Fomentar el concepto de comunidad cristiana en medio de las vicisitudes de la vida común y corriente, y del ministerio cristiano encarnado, que enfrenta sin tapujos los avatares y luchas cotidianos.
  • Valorar el testimonio personal, rico en vivencias, como recurso ministerial de primer orden.
  • Reducir la dependencia del espacio físico o los locales, y traspasar los límites y obstáculos geográficos y sociales de la zona (las conocidas dificultades de transporte, heterogeneidad de clases sociales, crecimiento urbano desmedido).
  • Propagar el código genético de la congregación, viendo a cada célula como una iglesia en potencia en su sector.

Sin embargo, simultáneamente con esta experiencia, Venezuela comenzaba a vivir los tiempos más difíciles de toda su historia. Aunque las mismas necesidades espirituales seguían estando presentes, parecía que las personas dirigían su atención a nuevas esperanzas en lo político, en lo social, y aún en lo económico que surgieron, a partir de 1998, con la instalación de un gobierno socialista y populista en el país. Las comunidades comenzaron a cambiar radicalmente, el Estado se hizo omnipresente en todas las iniciativas sociales y comunitarias, como resultado de ello, la división por razones políticas dentro de la sociedad no se hizo esperar. Resulta difícil resumir en solo unas pocas palabras la intensidad de la polarización, protesta y conflicto que ha vivido el país durante décadas, a lo cual se añade el descomunal número de armas en la calle, los altísimos índices de violencia delictiva y la corrupción desmedida a todo nivel. Ha habido momentos en los que se ha llegado a hablar en términos hasta de un desenlace final como en 2002, 2007, 2014, 2016 y ahora nuevamente en 2017. A pesar de la altísima conflictividad social, hoy por hoy magnificada y descontrolada, es sorprendente que la tensión social y política no haya pasado a mayores, incluso a los extremos de una guerra civil.

En el ámbito evangélico, el mismo ambiente divisivo comenzó a vivirse dentro de las iglesias, y entre iglesias y denominaciones. Las facciones políticas también estaban representadas dentro de las congregaciones. Paradójicamente, a pesar de los aparentes avances para reducir la pobreza por parte del gobierno, el deterioro institucional, social y familiar se multiplicó a niveles que no se conocían. Como consecuencia de ello, las necesidades de las personas aumentaron, nuevos problemas surgieron y el rango de acción de la iglesia local se multiplicó y diversificó. En muchos casos las congregaciones se involucraron en proyectos sociales fallidos, patrocinados por el gobierno, lo cual trajo demasiadas frustraciones y compromisos políticos (para una pequeña aproximación a este análisis que no ha sido abordado aún por académicos, pulse aquí). Debido a la situación política del país, vino también una migración continua de personas y familias en busca de mejores oportunidades en otros destinos, lo que fue mermando las congregaciones de jóvenes preparados, reduciendo progresivamente los líderes entrenados, quienes buscaron otros derroteros en otros países.

A la par de todos estos fenómenos de índole social y política, dentro de la iglesia venezolana aparecieron también nuevas tendencias y teologías como el énfasis en la prosperidad, las figuras apostólicas y las estructuras eclesiales piramidales tipo G-12. También es el tiempo de surgimiento de las megaiglesias venezolanas, establecidas por líderes carismáticos (algunos de los cuales buscaron asociaciones estratégicas con el gobierno socialista), muchas de ellas alimentadas con la absorción de creyentes de iglesias más pequeñas, con programas atractivos y uso innovador de las tecnologías de información y comunicación, todo lo cual parecía mucho más atractivo que el modelo misional sencillo y orgánico que nosotros impulsábamos. Básicamente éste es el caldo de cultivo en el que La Viña de Los Teques, así como sus iglesias hijas en los altos mirandinos, se tuvieron que desarrollar en la última década.

Mientras tanto, en La Viña de Los Teques, entramos en una etapa de redefinición de nuestra identidad y razón de ser como iglesia, lo que nos llevó a cuestionar algunas de nuestras prioridades y prácticas, muchas de ellas iniciadas antes de nuestra adopción en el movimiento Viña y más tarde reforzadas por esta asociación. De esta manera comenzamos a abordar el trabajo ministerial de otras maneras y vertientes que parecían más atractivas o eficientes, priorizando algunos intereses ministeriales y personales, aparentemente novedosos o atractivos, abandonando, en gran medida, el enfoque más orgánico con el que se había conducido este período de crecimiento y consolidación. Todo lo cual trajo diferencias y disputas que aún no están del todo resueltas y que produjeron divisiones, dispersión de esfuerzos y agotamiento ministerial, obstaculizando y poniendo en peligro el desarrollo de La Viña en Venezuela. En el camino surgieron nuevas plantaciones, pero han tenido que luchar, en primer lugar, con definir su identidad y consolidarse como verdaderas comunidades cristianas, y en segundo plano, con la asimilación de los valores del movimiento Viña y su inserción en el mismo.

Por ejemplo, como experiencia personal, tuve oportunidad de iniciar en el año 2001 la plantación de La Viña de San Antonio de Los Altos, tratando de seguir el modelo de la iglesia celular que ya habíamos experimentado en Los Teques. Sin embargo, para el año 2005, al observar que no se habían multiplicado muchas células, y que el grupo se estaba decantando por una dependencia casi exclusiva del culto dominical, propusimos la idea de movernos a un enfoque más radical pretendiendo establecer una red de iglesias caseras, sin pensar que ello generaría una gran resistencia de una buena parte del liderazgo (en parte por errores en la implementación de la idea, pero también por tratarse de un concepto que se salía de lo tradicional hasta ese momento). El conflicto llevó a una división del grupo y eventualmente la plantación perdió su fuerza inicial terminando por fundirse con La Viña de Carrizal que se había comenzado alrededor del 2006, bajo el liderazgo de Franklyn Paiva. A pesar del duro y doloroso proceso, las ideas iniciales permanecen aunque luchando para recuperar la fuerza, frescura, innovación y dinámica que tuvieron entre 1990 y 2005, a través de un nuevo esfuerzo de plantación en la zona, en lo que hemos denominado La Viña de los Altos Mirandinos que está siendo liderado por Franklyn y Jacquelyn Paiva y Vicente Hernández. Por su parte La Viña de Los Teques , bajo el pastorado de Jesús y Teresa Herrera, se ha consolidado como iglesia local en la ciudad y  cumplirá 30 años de su replantación en el 2019. Con el paso del tiempo, la congregación se ha redefinido con una estructura y estilo diferentes, más acordes con el modelo apostólico, actualmente en boga, pero un tanto distante de los valores, prioridades y prácticas de La Viña.

No cabe duda que el aprendizaje y la experiencia ganada en ese período de tiempo es invalorable en cuanto los aportes que produjo para quienes participamos activamente en ese proceso, incluyendo la fundación de las Viñas de San Antonio y Carrizal, representando una base para seguir intentando la plantación de iglesias en la región y hacia otras zonas del resto del área metropolitana de Caracas. Sin embargo, hoy los tiempos son diferentes, la vida en los Altos Mirandinos y en el resto del país es más precaria, la sociedad más compleja, el país más dividido y asolado, la necesidad de iglesias que ministren a las necesidades de un pueblo sufriente y herido es perentoria. Hace falta volver al modelo misional, sencillo y orgánico, basado en grupos pequeños encarnados en las realidades cotidianas de esta nueva cultura que se ha desarrollado. Pero, a la vez, el modelo requiere de otros elementos misionales que le den profundidad al trabajo con grupos pequeños y comunidades del reino, tal como una teología de la justicia social que permita tocar con más relevancia los temas de la pobreza, exclusión, violación de derechos humanos, violencia intra-familiar y de género, explotación y abandono de la niñez, así como otros aspectos que se han exacerbado en medio de la crispación política de los últimos años. Sobre todo la reconciliación nacional, tarea aplazada desde hace tiempo y la que parecemos eludir hasta los mismos cristianos que predicamos acerca del perdón y el amor al prójimo.

Estos son solo unos esbozos de los nuevos elementos que deben tomarse en cuenta para reconstruir un movimiento de plantación de iglesias Viña en Venezuela, que renazca de sus cenizas y traiga vida a los huesos secos. ¡Para ello contamos con el apoyo y las oraciones de nuestros hermanos latinoamericanos del movimiento Viña!

Para leer el próximo artículo en esta serie, pulse aquí.


[1] Buenos Aires (Argentina):Editorial Certeza.

[2] Se define como una iglesia que ha adoptado los grupos celulares como su núcleo organizativo. (Mora, 2005, pág. 24)

[3] En si, esto no era nada nuevo. Era la vieja fórmula de Peter Wagner, CELULAS+CELEBRACION= IGLESIA CELULAR. Sin embargo, lo que no había aún por aquellos tiempos muchos ejemplos concretos de iglesias plantadas desde cero que reflejaran este esquema. La mayoría de las iglesias que se consideraban celulares, habían hecho una transición del modelo tradicional a algo más o menos intermedio que mezclaba programas, células, celebraciones y otros eventos. En nuestro caso, preferimos un enfoque más radical y comenzar con células y una celebración dominical.

[4] Mora, Fernando (2015). Misión Imparable.

[5] Lucas 10:5-6a

[6] El tema de la restauración en el área relacional y sexual es muy importante dentro de la historia de La Viña y por ello lo abordaré más adelante en forma detallada.

[7] Visión y Misión de la Viña de Los Teques (Comunidad de Vida Cristiana), Enero de 1998.

[8] Al estilo de la vieja frase de La Viña, “ven como eres”, traducción literal de la frase original, “come as you are”.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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One Response to Plantando una iglesia celular en Los Teques (Venezuela)

  1. jdballen says:

    Oramos por ese nuevo movimiento de plantacióm de iglesias para Latioamerica. Oramos por la hermosa Venezuela !!

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