La Viña descubre el G-12

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En el año 2000 celebramos la II Conferencia Iberoamericana de La Viña en San José de Costa Rica. Fueron varios días de encuentro con delegados del naciente movimiento venidos de muchos países del continente. Durante las mañanas eran las plenarias, por las noches teníamos el conferencista principal, en este caso fue Martin Buehlmann, quien en ese entonces era pastor fundador de la iglesia Viña de Berna en Suiza. Por las tardes estaban los talleres que tocaban diversos temas, algunos de ellos muy clásicos en la Viña como sanidad o adoración, y otros más novedosos como el de la pobreza, dictado por un brasileño, Claudio Olivier, con amplia experiencia en el tópico. Como parte de nuestro aporte, desde la experiencia venezolana, tuvimos oportunidad de facilitar un taller sobre “grupos celulares”, usando específicamente ese término para publicitarlo dentro de la conferencia.

Muchos de los que asistieron al taller ya poseían algún tipo de experiencia en el tópico, quizás buscaban ordenar algunas ideas o reafirmar lo que ya estaban haciendo. Otros, apenas daban sus primeros pasos, o bien, andaban en las etapas tempranas de la plantación de una iglesia, donde los grupos pequeños son fundamentales. Sin embargo, al cabo de la primera sesión, algunos pastores chilenos se me acercaron y me preguntaron por qué, siendo parte de La Viña, usaba el término “célula” para referirme a lo que ellos preferían llamar grupos familiares o grupos pequeños. Obviamente habían llegado a la conclusión que, lo que originalmente John Wimber había denominado como grupos de afinidad relacional o kinship groups en inglés, elementos básicos en la eclesiología de la Viña, eran en concepto y práctica, diferentes a lo que en aquellos años se conocía como “célula” en América Latina. Naturalmente que tal observación me sorprendió, pues después de cuatro años de pertenecer al movimiento, en nuestra iglesia solo se hablaba de células y no veíamos conflicto alguno con los valores de La Viña.

Hurgando un poco más en el asunto, noté que la conversación se tornó más personal que teológica o eclesiológica, y los hermanos dejaron entrever heridas emocionales y conflictos que aún estaban en proceso de sanidad. Durante un cierto lapso de tiempo, a finales de los años noventa, La Viña chilena había experimentado con una metodología celular conocida como G-12 o “grupos de doce”. Lamentablemente, lo que suponía habría de traer crecimiento a todas las iglesias, había producido divisiones internas, severos conflictos interpersonales y agotamiento entre el liderazgo. Para prevenir más problemas, las congregaciones simplemente abandonaron las células y se centraron en sus cultos en los locales de reunión y la realización de conferencias eventuales, mientras se recuperaban de la crisis. Sin lugar a dudas que, con la estructura G-12 se había introducido algún elemento tóxico  que no se ligaba bien con los valores de La Viña. Aquellos pastores que hablaban conmigo simplemente daban a entender el sufrimiento que acaban de vivir.

En aquellos tiempos yo no conocía casi nada de G-12, mucho menos pretendía entender su filosofía. Había sido testigo, de la transformación en mis propias narices de una iglesia caraqueña, por la implementación de los G-12, pues usábamos semanalmente uno de sus locales para un grupo de restauración y sanidad. No nos dimos cuenta qué era lo que estaba en proceso allí, hasta que nos pidieron que nos mudáramos a otro lado, porque necesitaban el espacio debido a la súbita dinámica de crecimiento que estaban experimentando. A pesar de que el tema de los grupos pequeños o células venía siendo el centro de mi interés ministerial durante unos quince años, tenía la idea de que casi todas las iglesias ponían en marcha su estructura celular siguiendo el esquema coreano de Cho, incluyendo las de la Viña. El encuentro con mis hermanos chilenos en Costa Rica me hizo pensar que me faltaba mucho conocimiento sobre el tema y que quizás, debía entender mejor de qué se trataban estas nuevas tendencias.

La confirmación me llegó rápidamente el año siguiente en una conferencia de La Viña a la que asistí en Curitiba, Brasil. Allí nuevamente me pidieron que dictara un taller sobre grupos celulares y una vez más, casi como que si se repitiera la escena de Costa Rica, se me acercó un pastor de Brasilia quien me relató acerca de las innumerables heridas espirituales y emocionales que habían quedado de su experiencia con G-12. En este caso no había sido dentro de La Viña sino en una de las innumerables congregaciones brasileñas que adoptaron el modelo G-12 o modificaciones de éste. En los años sucesivos vimos cómo muchas iglesias crecieron vertiginosamente, incluso en nuestra zona de influencia, caracterizada hasta ese entonces por iglesias de pequeño tamaño, según sus pastores, debido al uso de la metodología G-12. Vi hermanos pastores que, de dirigir iglesias minúsculas, mediante el activismo frenético de este sistema organizativo, se convirtieron en sofisticados líderes de congregaciones muy numerosas. Sin embargo, vimos a una gran cantidad de iglesias, independientes o de diversas denominaciones, divididas y semi-paralizadas por los conflictos, así como también fuimos testigos de cómo este movimiento iba dejando a su paso una estela de líderes agotados, quemados, maltratados y en muchos casos destruidos, muchos de los cuales llegaron a la Viña en busca de refugio, cosa que había ido evidenciando a lo largo de un espacio de unos cinco años.

¿De qué manera se había transformado tan rápidamente en Latinoamérica el concepto de los grupos celulares en los años precedentes? ¿Cuáles eran y cómo operaban esas formas organizativas emergentes, cuáles eran sus principales fundamentos, cuáles sus bondades? ¿Qué las hacía atractivas? ¿Qué las hacía divisivas, conflictivas, en muchos casos tóxicas? Éstas eran preguntas que afloraban a mi mente y a las que, de alguna manera, quería buscar la forma de responderlas. Me parecía que el naciente movimiento de La Viña, carente todavía de una contextualización real, en correspondencia con las características del continente y la cultura latinoamericana, era vulnerable a los movimientos en boga en nuestra región, así como de muchas otras influencias y amenazas existentes en el ámbito religioso evangélico. Honestamente, no había visto hasta ese momento algo que penetrara tan rápidamente, y que era aceptado tan fácilmente, casi sin cuestionamientos, incluso hasta por denominaciones enteras (en el caso de las iglesias de Santidad Pentecostal de Venezuela), como lo era aquella, aparentemente nueva, estructura de la iglesia celular, basada en lo que se había denominado como el “gobierno de los doce” o, más popularmente, el G-12.

Aunque tuve oportunidad de conocer brevemente en una conferencia en Caracas a Cesar Castellanos, el pastor que introdujo G-12 junto con su esposa Claudia, no fue a través de los materiales de su iglesia, la Misión Carismática Internacional (MCI) de Bogotá (Colombia), que tuve conocimiento acerca de esa metodología. Mi acercamiento fue a través de una serie de libros escritos por Joel Comiskey, entre ellos, Recoged la Cosecha: Cómo organizar un sistema celular para el crecimiento de su iglesia, y uno más específico, Grupos de Doce: Cómo movilizar a los líderes y multiplicar los grupos en su iglesia, que tuve oportunidad de leer en 1999, en sus versiones en inglés[1]. Estos libros, así como unos cuantos más de Comiskey, fueron producto de su tesis doctoral presentada en el Seminario Teológico Fuller[2], la cual aún está disponible en Internet. Dichos textos fueron escritos con una actitud bastante positiva y favorable acerca de las iglesias celulares investigadas, con la mirada centrada en cómo “las células contribuyen al crecimiento de la iglesia”. Es fácilmente observable que Comiskey llevó a cabo un trabajo documental extenso y minucioso, sin embargo  se quedó corto en cuanto a un análisis más crítico de los ejemplos escogidos para demostrar el auge de las células en Latinoamérica, y su influencia en el inusitado crecimiento evangélico que se evidenciaba en las décadas del 80 y 90[3]. Aunque en la tesis se presentan cinco estudios de casos de congregaciones que se habían organizado como iglesias celulares y que habían demostrado un acelerado crecimiento, el modelo que más se divulgó en América Latina en los años sucesivos fue el G-12 de la Misión Carismática Internacional[4]. Resulta bastante evidente de estos estudios  algunos otros trabajos serios, que la motivación esencial de G-12 no es otra sino propiciar el crecimiento acelerado de las congregaciones que adopten esa estructura organizativa, cosa que sigue las líneas filosóficas del iglecrecimiento planteadas en nuestro continente desde finales de la década de los 70 y comienzos de los 80, y de la cual Cesar Castellanos, al igual que muchos de nosotros, incluyendo el movimiento de La Viña, se alimentó en sus inicios pastorales.

“Entre las megaiglesias colombianas que mantienen versiones derivadas del G12 se encuentran: Manantial de Vida Eterna (Bogotá), Centro Cristiano Internacional (Cúcuta), Misión Paz a las Naciones (Cali), Centro Bíblico Internacional (Barranquilla), Misión Carismática al Mundo (Cali), Sin Muros Ministerio Internacional (Bogotá)”. [Beltrán, W (2012). Pluralización religiosa y cambio social en Colombia. Tesis Doctoral, Université Sorbonne Nouvelle, Paris 3, Francia, pág. 312]

El énfasis en el aspecto numérico de G-12 no requiere de mucha observación pues está ligado al mismo nacimiento del concepto, narrado en varios lugares por el propio Cesar Castellanos,  y registrado en diversas fuentes documentales. Según el relato, Castellanos y su esposa Claudia asistieron a una conferencia del Dr. Cho en Corea durante 1986. Como resultado de ello, iniciaron un ministerio celular en la iglesia MCI que acababan de fundar en 1983. Cinco años más adelante, es decir en 1991, habían logrado establecer unas 70 células. Sin embargo, dicho resultado, que para cualquier iglesia podía considerarse como un gran logro, resultaba frustrante para alguien que había recibido una revelación divina acerca de un crecimiento sin precedentes en América Latina a través de su ministerio apostolar en la MCI. Así que la pareja de pastores comenzaron progresivamente a modificar el modelo clásico de Cho para poder acelerar el crecimiento. Los resultados no se hicieron esperar con 1200 células en 1994, 10500 en 1996, 20000 en 1999[5], estimándose que habrían alcanzado las 45000 células una década más adelante[6].

Aún cuando el modelo pueda haberse sistematizado y empaquetado para hacerlo transportable a otros contextos, tal magnitud numérica habla por si sola de las cualidades gerenciales y de emprendedurismo que deben poseer los pastores que intenten adoptarlo. En ese sentido, Cesar y Claudia Castellanos representan un tipo especial de líderes que no son ni la norma, ni el promedio, de los pastores de las iglesias evangélicas latinoamericanas. De manera que, sería conveniente que exploráramos, aunque sea brevemente, algunos de los detalles organizativos que le dan estructura eclesiológica al modelo G-12.

A pesar que Joel Comiskey ha tratado de explicar de la manera más sencilla posible el G-12 en varios de sus libros, especialmente en dos de ellos[7], mencionados previamente, la metodología sigue siendo bastante difícil de comprender y aún más de implementar. A diferencia de un sistema celular simple, o de una organización de iglesias caseras en red, G-12 integra una intrincada serie de reuniones y conexiones que combinan la célula tradicional, grupos de liderazgo, eventos de sanidad y liberación, eventos de entrenamiento y reuniones masivas de adoración y predicación. A pesar de que los Castellanos no comenzaron la plantación de la gigantesca iglesia con un grupo de doce discípulos, hoy en día cualquiera que lo intente, al menos teóricamente, iniciaría por allí, pues son estos grupos los que van a ser centrales en la eclesiología de G-12, aunque se trate de hacer ver que son las células de crecimiento y evangelismo la base de la estructura. De manera que, lo más importante a diferenciar es que hay dos tipos de reuniones de grupos pequeños que se encuentran entretejidas entre si. Por un lado la célula tradicional y, por el otro, el llamado grupo de doce miembros (líderes de célula) o G-12.

La célula tradicional sigue los patrones usuales de cuidado y apoyo mutuo, estudio bíblico, evangelización, y oración. Es un grupo abierto donde hay personas en diferentes etapas de su crecimiento espiritual. Como en todos las estructuras celulares, hay un líder o lideresa encargado de coordinar o dirigir el grupo a lo largo de su vida efectiva, la cual termina cuando se produce la división celular o multiplicación de la misma. En el modelo de Cho, las células se organizan bajo un patrón geográfico, y los líderes son supervisados por coordinadores de área, dentro de una estructura mecanicista jerárquica tradicional[8], la cual es presidida en su pináculo por el/la pastor/a principal, a la usanza de las grandes corporaciones que se desarrollaron durante el siglo XX. En el modelo G-12, cada líder o lideresa de célula debe estar adscrito a otro grupo discipular, exclusivo para quienes dirijan células, conformado por doce personas, como remembranza de Jesús y su grupo de doce apóstoles[9]. Sin embargo, el vínculo que se establece para pertenecer a cada grupo de doce traspasa la geografía, pasando ahora a ser completamente relacional y voluntario. De esta manera, la estructura se construye sobre compromisos de amistad, lealtad, fraternidad, familiaridad, que son más cercanos al alma latinoamericana. El propio César Castellanos lo pone de esta manera:

Una célula no puede ser estática; ella siempre está creciendo. Si no creciera, no podría llamarse célula. El grupo de doce, no crece; es estático. De manera que no debe ser visto como una célula, pero si como un grupo permanente, de donde va a salir la visión para todas las otras células. En las demás células, las personas son impulsadas para que traigan una persona nueva en cada reunión. Cuando se llega a una determinada cantidad de personas, ella se multiplica, transformándose en dos células nuevas. Pero, en el grupo de doce no hay cambios, no hay personas nuevas, y no hay predicación evangelística, se trata de algo estático y permanente. Mis doce son míos para siempre, para toda la vida. Los doce de Jesús son por siempre de él. Es él mismo quien dice que estableció doce tronos para tenerlos consigo para siempre. Los doce, son nuestros amigos permanentes y les enseñamos la visión para que ellos se reproduzcan. Por otro lado, las células están en constante movimiento o crecimiento[10].

Se trata pues de un sistema de grupos pequeños a dos niveles, uno de los cuales sirve de apoyo al otro (ver la figura 1). Posiblemente, dependiendo de cómo se ponga en funcionamiento el modelo, lo que ocurre en el nivel de las células no se diferencia de cualquier otra iglesia celular, o que use un ministerio de grupos pequeños, pero resulta sumamente importante para el crecimiento numérico continuo. Para efectos gerenciales lo importante es lo que sucede en los grupos de doce líderes, pues allí es donde se garantiza la uniformidad y calidad del trabajo global en las células. Aunque se dice que la estructura es mucho menos burocrática que la de Cho, es fácil observar que sigue siendo jerárquica o piramidal, con el pastor principal en el tope de la estructura (basta con rotar 90 grados el diagrama de los grupos de doce en la figura 1 para observar la estructura piramidal).

Así que, no debe extrañarnos el por qué Castellanos la llamó originalmente Gobierno de los Doce, designación que se simplificó por la de G-12, siglas por las que hoy en día es ampliamente conocido este modelo. La diferencia más importante radica en que es una estructura que va avanzando progresivamente, de una manera que no puede predecirse de antemano, pues su crecimiento está basado en una serie de otros procesos concurrentes que hacen difícil anticipar quiénes integrarán los grupos celulares, quiénes persistirán hasta convertirse en líderes de células y por ende, quiénes serán fieles miembros de los grupos de doce, ni quiénes de éstos lograrán reproducirse en otros doce, mucho menos quienes lograrán producir un racimo de 144 personas (12 líderes x 12 discípulos) en la tercera generación y de allí continuar exponencialmente hacia adelante (ver figura 2).

 

 

Fig. 1. Estructura a dos niveles del modelo G-12. Nótese que las células no están organizadas geográficamente, sino en función del grupo de doce al que pertenecen sus líderes. Igualmente obsérvese que los grupos de 12 van surgiendo como hijos del iniciador, en el extremo izquierdo y están conformados por los líderes de célula reclutados.

 

 

Fig. 2. Representación de cómo se propagan los grupos de 12, partiendo del grupo originario formado por el pastor el cual logra multiplicarse por doce, llegando a los 144 líderes de célula en la segunda generación. Las siguientes generaciones, considerando reproducciones completas, podrían dar un total teórico de 1885 grupos de doce.

 

Si bien es cierto que hasta este punto nos hemos referido solo a las células y los grupos de doce, es necesario completar el cuadro pues la iglesia también enfatiza sus reuniones dominicales y otras actividades donde todos los miembros deben asistir[11]. Estos servicios, al igual que cualquier otro evento masivo organizado por la iglesia, son puntos de contacto para visitantes que son invitados por familiares y amigos a los grupos celulares, dentro de la fase inicial denominada por MCI como ganar (ver figura 3). El ideal aquí es que todos sean referidos a células, o insertados, donde puedan ser discipulados y afirmados en su fe, esto se denomina “inserción” y corresponde a la fase de consolidar. Paralelamente a esto las personas se preparan en actividades “Pre-Encuentro” para poder luego asistir a una inmersión, dentro de un retiro de un fin de semana, que cubre aspectos como sanidad interior, liberación, llenura del Espíritu Santo y sobre todo la visión G-12, que se denomina “Encuentro”. El Encuentro viene a ser un pilar fundamental dentro de la teología que sustenta el modelo G-12, ya que hay una marcada creencia en las “maldiciones generacionales o familiares”, producidas por los pecados de los ancestros, lo que da como resultado enfermedades, baja autoestima, tendencias pecaminosas, ataduras, adicciones que limitan al creyente, por lo tanto,

Antes de asistir a un Encuentro, una persona nueva en la fe no es considerada para el liderazgo dentro de la estructura G-12. Esto aplica también para quienes hayan sido bautizados en otras iglesias evangélicas, o hayan sido miembros de ellas, incluso  así sean pastores, pues si no han participado en un Encuentro G-12 todavía están bajo el efecto de las maldiciones generacionales. Para Castellanos es absolutamente vital que, “las cadenas y el poder de las maldiciones sean quebrantados”.[12]

Según esta progresión, una vez llegado a este punto la persona puede convertirse en un líder de célula, lo que implica que debe colocarse como discípulo/a de algún líder o lideresa (estar “bajo cobertura”), incorporándose a su grupo de 12 y comprometiéndose a seguir su entrenamiento en la escuela de liderazgo, todo lo cual se ubica en la fase discipular. En el siguiente nivel, una vez concluida la escuela de liderazgo, la persona dirige un grupo celular de evangelismo y crecimiento, es miembro de un grupo de doce, ha comenzado a reunir su propio grupo de doce y ha dado inicio a su entrenamiento en la escuela de ministerio (tome nota de la cantidad de tiempo invertido semanalmente en actividades eclesiásticas). Solo, una vez que completa sus doce discípulos, es que se le considera un líder o lideresa G-12, cuyo siguiente paso es lograr que cada uno de esos miembros siga la misma senda y ese racimo que ha iniciado llegue a las 144 personas (todos liderando células). Mientras logra este objetivo debe completar la escuela de maestros, para convertirse en un maestro/a de 144, lo que le permite organizar y dirigir Encuentros, así como asumir otras responsabilidades dentro de la estructura eclesiástica (ver figura 3).

Figura 3. Proceso que sigue una persona dentro del modelo G-12

Sin lugar a dudas que se trata de un modelo organizacional que combina las fases de reclutamiento, entrenamiento y delegación, dentro de un proceso que se apoya en la estructura supervisora de los G-12, con el fin de lograr el producto final que es la multiplicación del número de células y como consecuencia natural, del número de miembros de la iglesia. La complejidad del modelo no ha ahuyentado a quienes son atraídos por el impresionante y acelerado crecimiento de la MCI, al contrario, son muchos los que han pretendido copiarlo e implementarlo al pie de la letra. Claramente, las exigencias administrativas y gerenciales del modelo son descomunales, especialmente si el mismo pretende lograr los frutos que se ofertan desde la MCI.

En principio, en una iglesia que implemente la visión del gobierno de los doce, es impresionante la cantidad de actividades y de contactos que se le abren a un nuevo creyente, dentro de su proceso de conversión y maduración. Las mismas aseguran su asimilación dentro de la cultura de la iglesia, minimizándose así la temida “deserción” de creyentes, tan común en todas las denominaciones latinoamericanas. Aunado a eso, la meta de que cada persona se convierta en líder de una célula resulta bastante atractiva y por lo tanto, muchos se alinean con un plan estrictamente elaborado para tal fin, que no deja casi espacio para el libre albedrío y la socialización mundana.

Siguiendo con disciplina y estoicismo todas las exigencias que se le piden, como la asistencia a células, reuniones, encuentros, cursos, cultos, eventos, pero sobre todo sujetándose a un líder y permaneciendo indefinidamente en su grupo de doce discípulos, aquel recién convertido, o quien venga de otras iglesias, dentro de lapsos de tiempo bien definidos, logra escalar sistemáticamente dentro de la estructura, adquiriendo una importancia y valor personal que no poseía antes. Si además, el discurso se centra en mostrar dicho proceso como una escalera de éxito, la presión interna, gracias a la cultura competitiva que surge en la organización, hace que las personas se comprometan más en alcanzar las metas planteadas, aún pagando el alto costo de sacrificar tiempo y esfuerzo personales, anulando otras facetas de la vida.

El modelo basa su efectividad y eficiencia en lograr la movilización y participación de todos los miembros de la iglesia para la edificación de la estructura. Por lo tanto, en principio se reduce el porcentaje de asistentes consumidores pasivos, a cambio de un ejercito de soldados de la fe, entrenados y dispuestos a la conquista de nuevos territorios. La figura del pastor pasa de la de conductor de un “rebaño” a la de un verdadero “ranchero” latifundista, una metáfora usada también por Wimber para referirse al crecimiento de la iglesia, y en especial de La Viña. Solo que en este caso, los procesos naturales u orgánicos son suplantados por un proceso que puede ser cuantificado, medida y monitoreado en cada paso, para poder llegar a la producción de los resultados planificados.

Mediante la explotación de los elementos simbólicos y místicos, no resulta difícil equiparar la actividad gerencial del pastor, quien realmente ejerce como CEO de una corporación, con la de un apóstol, profeta, patriarca o matriarca, que posee una revelación especial para el avivamiento y transformación de su nación y del mundo. En ese sentido, Santos Andrade en su tesis de maestría de la Universidad de Bahía en Brasil sobre el G-12 entre los bautistas brasileños, hace la siguiente acotación[13]:

La tendencia hacia la internacionalización y globalización… se hace evidente en los nombres dados a las iglesias. La propia iglesia fundada por Castellanos lleva el nombre de Misión Carismática Internacional. La fundada por Valnice Milhomens[14] (en Brasil) pasó de ser la Igreja Nacional do Senhor Jesus Cristo, a ser conocida como Igreja Mundial do Senhor Jesus Cristo. El pastor Renê Terra Nova cambió el nombre de la Primeira Igreja Batista da Restauração en Manaos, para el de Ministério Internacional da Restauração, y el de la Primeira Igreja Batista do Brasil… mantuvo su nombre oficial en la entrada del templo, pero le añadieron el subtítulo de: Casa de Oração Mundial. (pág. 87)

Para el líder principal de una iglesia G-12, el crecimiento de las células y la continua formación de líderes en los grupos de doce, llevará eventualmente al alcance de una ciudad, un país entero y otras naciones. Se hace claro que los conceptos de descentralización y de democracia en la toma de decisiones son restringidos o anulados por un sistema bastante jerárquico, autoritario, y regimentado, cuya estructura apuntará fundamentalmente al logro de la visión del líder, como razón de ser de su existencia, enfatizando de manera descomunal la figura pastoral como el centro de todo. De allí hacia abajo la autoridad se distribuye en la jerarquía a través de los hilos relacionales constituidos en los grupos de doce, comenzando con los “doce del pastor”, ejerciéndose el poder con un sistema de seguimiento de la membresía bastante rígido y eficiente, basado en la sumisión de cada miembro a la autoridad de un/a director/a de célula, y de éstos a sus correspondientes líderes o lideresas de doce, quienes controlan los pasos de cada persona bajo la excusa del cuidado pastoral directo (de allí su nombre original “gobierno de los 12”).

Estas cuatro megaiglesias que han implementado el G-12, o variaciones de éste, se encuentran entre las diez iglesias más grandes en Latinoamérica y entre las de mayor tamaño en el mundo. Los datos son recopilados y mantenidos por Warren Bird y pueden ser accesados aquí. El tamaño es establecido en función de la asistencia a los servicios semanales. El cálculo del número de células es mucho más difícil.

Previo a las próximas entradas del blog, donde ahondaremos en el choque entre ésta y otras metodologías con los valores del movimiento Viña, cabría regresar por un momento a las sabias palabras de John Wimber que citáramos en la entrada anterior: “aunque el programa haya funcionado para los creadores del mismo, no siempre lo hará en otras situaciones, al menos sin modificaciones sustanciales”. El deseo de ver crecer la iglesia, la intención de no perder a los que se van convirtiendo y de guiarlos en la vida cristiana, así como el anhelo de planear, evaluar y hacerle seguimiento a los creyentes, también puede volverse tóxico y llevar por caminos distorsionados. Esos son aspectos que en los que la historia de La Viña demuestra cómo el movimiento ha sido particularmente prudente y cuidadoso.

Para leer el siguiente artículo en esta serie, pulse aquí.



[1] Comiskey, J. (1999a). Groups of 12: A new way to mobilize leaders and multiply groups in your church. Houston (Texas, USA): Touch Publications. Comiskey, J. (1999b). Reap the Harvest: How a small-group system can grow your church. Houston (Texas, USA): Touch Publications

[2] Comiskey, J. (1997). Cell-Based Ministry as a Positive Factor for Church Growth in Latin America. Fuller Theological Seminary, School of World Mission. Ph.D. in Intercultural Studies.

[3] Igual opinión tienen otro académicos, como es el caso de William Kay en su libro Apostolic Networks in Britain, pág. 199.

[4] Aunque también el autor enfatiza mucho el modelo de la Misión Cristiana Elim en El Salvador, lo cual cubre en otro libro titulado: ELIM: La apasionante historia de una iglesia transformando una ciudad para Jesús.

[5] Comiskey, J. (1999a). Groups of 12: A new way to mobilize leaders and multiply groups in your church. Houston (Texas, USA): Touch Publications, pág. 23

[6] Cifra dada por Cesar Castellanos en una entrevista en 2010. https://www.citynews.sg/2010/03/cesar-castellanos-are-you-bearing-good-fruit/

[7] Comiskey (1999a); Comiskey, J. (2000). De 12 a 3: Cómo aplicar los principios de G12 en su iglesia.

[8] Para evitar un rango de comando muy amplio, las subdivisiones siempre se limitan a cinco distritos (parroquias), zonas (barrios o urbanizaciones), sectores, y por último células, por eso se llama 5X5. En realidad, tal estructuración es irrelevante ya que sigue siendo jerárquica, sin importar sus dimensiones, un miembro de una célula tendrá que pasar por supervisores de sectores, pastores zonales, pastores de distrito y quien sabe cuántos niveles más, antes de tener acceso al pastor principal de la congregación.

[9] Esto es parte de los aspectos místicos y simbólicos incorporados por los Castellanos desde el origen del modelo. Es decir, que se trata de una reedición de la forma como Jesús tuvo cuidado de sus doce discípulos.

[10] Castellanos César, en una entrevista aparecida en http://visao12.blogspot.com/2010/08/entrevista-com-cesar-castellanos.html, última visita 14/02/2017, Traducción del portugués por Fernando Mora,

[11] Esto implica que también existe una estructura central que incluye la producción de los cultos y eventos, los detalles logísticos, el aspecto administrativo. Muchos de los miembros también están involucrados en tales tareas y funciones, lo que complica aún más la dedicación de tiempo, especialmente en las congregaciones más pequeñas que han adoptado la visión G-12.

[12] Wingeier-Rayo, P. (2014). The transculturalization and transnationalization of the Government of 12: From Soul to Bogota to Charlotte, North Caroline. En Adogame, A.; McLean, J.; Anderson, J. (Editores) Engaging the world: Christian communities in contemporary global societies. Oxford (Reino Unido): Regnum Books International. Pág. 163.

[13] Santos Andrade, Eliana (2010). A Visão celular no governo dos 12: Estratégias de crescimento, participação e conquista de espaços entre os batistas soteropolitanos de 1998 a 2008. Tesis de Maestría en Ciencias Sociales. Universidade Federal da Bahia. Salvador, Bahia (Brasil).

[14] Valnice Milhomens es reconocida como la primera pastora brasileña que puso en marcha la visión G-12 en Brasil, calcando el modelo de la MCI de Bogotá en

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