¿Eficiencia, crecimiento o MacDonalización de la iglesia?

El artículo previo en esta serie lo encuentra aquí.

Durante los años 90, la AVCUSA realizó incontables viajes e incursiones en América Latina en un intento de definir y establecer su estrategia misionera. Para ello seguía las opciones que ya había experimentado en los años previos en Europa y Oceanía, las cuales se reducían a encontrar iglesias amigas al movimiento, adoptar algunas de ellas o bien plantar nuevas congregaciones desde cero. Cada una de estas opciones conllevaban en si mismas sus pros y sus contras, los cuales no eran nada fáciles de determinar y evaluar. En esos tiempos me tocó conversar con numerosos líderes latinoamericanos que estaban interesados en el movimiento, o que conocían la figura e ideas de Wimber, o bien que gustaban de la música que surgía de nuestras iglesias. En todo caso, siempre me pareció que había un dejo de frustración en ellos, pues les resultaba muy difícil congeniar con el estilo que la AVCUSA usaba para llevar a cabo su tarea de interesar a otros en el movimiento. Tal vez esperaban un proceso más expedito y no el largo noviazgo que nos proponían. Básicamente, había una resistencia dentro de La Viña como organización, para definir muy claramente procesos, procedimientos, formalismos que permitieran en cierta forma franquiciar el estilo, las formas y su incipiente teología. Con el paso del tiempo muchos hermanos y hermanas decidieron no esperar a asimilar la cultura del movimiento y prefirieron moverse dentro del amplio mercado religioso para encontrar otros grupos o movimientos cuyas ideas, innovaciones y estilos hubiesen sido empaquetadas convenientemente para su clonación.

Es que ya para esos entonces, los cristianos latinoamericanos habíamos sido penetrados por una forma de hacer iglesia altamente estructurada, cuyo énfasis primordial era hacer crecer numéricamente las congregaciones, por encima de otros aspectos esenciales de la misión cristiana, como la justicia y la identificación con los pobres y vulnerables. El movimiento del iglecrecimiento nos había sembrado la semilla del marketing y de los métodos basados en mediciones concretas y específicas de ciertos parámetros y variables, con el fin de lograr resultados. La eficiencia comenzó a dominar la mentalidad de los pastores, los cuales se adaptaron rápidamente, según el espíritu de los tiempos, a los pragmáticos esquemas gerenciales en boga. La Viña, regresando a la metáfora de Simson de la cual hablé en un artículo anterior, era ese “lío agradable”, un poco difícil de precisar, como lo expresé en el párrafo anterior.

Así que, en el campo evangélico latinoamericano, a la par de la difusión de La Viña como movimiento, nos topamos con la iglesia celular, sin lugar a dudas, la forma eclesiológica, más susceptible de sistematización y estructuración que haya surgido en el siglo XX. De allí que su proliferación se da dando rienda suelta a la tentación a reproducir los métodos y procedimientos, incluso llegándose a desarrollarlos o empaquetarlos de una manera que pareciesen ser fácilmente transferibles de un contexto a otro con ajustes menores. No es de extrañar entonces que nuestros hermanos de La Viña chilena, los brasileños en las riveras del Xingú, o los pastores colombianos en la costa caribeña, así como todos aquellos que, en los primeros años del siglo XXI, experimentaron con la implementación sistemática del G-12, tratando de congeniarlo, sin éxito, con los valores de la Viña. Es por ello que en el 2005, observando lo que acontecía con las iglesias celulares, escribí a modo de reflexión estas palabras:

Muchas congregaciones adoptaron las células con un sentido estrictamente utilitario, como una manera eficiente para el crecimiento numérico. Esta manera de pensar ha sido trágica, porque significa perder de vista la razón fundamental para esta estrategia en el mundo contemporáneo. El grupo celular es una forma apropiada de evangelismo no tanto porque sea técnicamente eficiente, sino porque satisface una necesidad y un anhelo profundo de la sufriente sociedad actual…[1]

Pero, “adoptar las células” no es más que un eufemismo para decir “copiar” o “clonar” fórmulas. Pues, en cierta forma, lo que se hacía era usar el método de Cho o el G-12 de Castellanos y tratar de ponerlos en práctica al pie de la letra, siguiendo el libreto establecido por los proponentes, sin importar el contexto o las necesidades locales. El propio Joel Comiskey, quien había escrito tan favorablemente de los G-12 en su tesis doctoral, así como en los libros que se derivaron de ella, ya para el 2002 expresaba su profunda preocupación por el hecho de que:

… Se tiene que implementar el modelo G-12 completamente, justo como cualquier franquicia de McDonald’s tiene que seguir estándares muy precisos… a partir de 1998, noté una cierta exclusividad que progresivamente se ha hecho más blindada y cerrada. Esta manera exclusivista de pensar queda reflejada en la cita del pastor.. de una iglesia pentecostal independiente de Chile, “una de las primeras cosas que aprendimos en la visión fue que, se adopta pero no se adapta. Nunca debemos olvidar esta premisa. Adaptar la visión revela orgullo, vanidad y auto-suficiencia”…[2]

Extrañas palabras, pero que coinciden plenamente con lo que muchos de nosotros observamos en la primera década del siglo XXI, cuando incontables iglesias se afiliaron a la visión G-12, siguiendo estrictamente los postulados que ellos establecieron para su adopción. Comiskey añade, en otro de sus textos sobre el tema que, quienes quieran seguir el sistema creado por los Castellanos en Bogotá, como parte del acuerdo y para garantizar la uniformidad de la marca registrada: deberán establecer una relación de pacto con la MCI; certificarse para poder usar los materiales escritos; implementar al pie de la letra todos los pasos en la senda de entrenamiento (pre-encuentro, encuentro, post-encuentro y escuela de líderes); seguir todas las recomendaciones para la conformación de los grupos (tamaño, homogeneidad, etc.); usar el número doce como un símbolo divino; y además, participar en las actividades programadas por la red de iglesias de la MCI como conferencias y/o entrenamientos [3]. El resultado lógico y esperado, al cumplir con todos los requisitos de control de calidad del modelo, era la garantía de que se produciría el ansiado crecimiento acelerado de la iglesia, suerte de cultivo transgénico que conduce a una producción explosiva en el menor tiempo posible.

Aunque hay muchos aspectos de la iglesia contemporánea que se han dejado moldear por la sociedad de consumo, es bastante claro que los sistemas celulares ameritan un análisis crítico. Para ello, propongo analizar esta forma organizativa usando el concepto de “McDonalización”, desarrollado por George Ritzer en su texto clásico, La McDonalización de la sociedad: Un análisis de la racionalización en la vida cotidiana[4], donde plantea que las cadenas de comida rápida, como McDonald’s, son el paradigma por excelencia de los procesos de racionalización de la sociedad contemporánea. Básicamente, lo que define a las organizaciones macdonalizadas, no es el sabor de la comida (que una hamburguesa sepa igual en Ciudad de México que en Buenos Aires, no es relevante), sino el conjunto de principios o reglas que conforman el sistema por medio del cual ellas operan, el cual resulta homogéneo en cualquier parte del planeta donde estas organizaciones se encuentren. En otras palabras, sus técnicas, métodos, procedimientos se han codificado de una forma tal que se puedan aplicar de manera uniforme en cualquier lugar, siguiendo cuatro dimensiones fundamentales que las caracterizan: eficiencia, calculabilidad, predictabilidad y control. Con la formalización macdonalizada de los procesos es posible reproducir la experiencia adquirida a lo largo del tiempo en acciones que se repiten, el conocimiento se puede representar en acciones concretas, como pasos, fases o flujos, quedando todo ello implícito dentro de la estructura organizativa, y por lo tanto, pudiéndose reproducir una y otra vez. La premisa básica es que, si se realiza el proceso de una forma correcta, se obtendrán siempre los resultados deseados.

En ese esquema de cosas, la eficiencia implica la “búsqueda de los medios más idóneos posibles para alcanzar un fin”[5]. Uno de los fines de la iglesia celular es llevar a una persona de su estado de no-creyente, hasta asimilarla con un compromiso pleno, contribuyendo así al crecimiento y multiplicación de las células y de la iglesia, para finalmente convertirla en un líder o una lideresa, capacitados/as para repetir el ciclo una vez más. La frase de Castellanos, “todos pueden ser líderes”, es la declaración narrativa alrededor de la cual se articula su propuesta de sistematización, basada en la escalera de ganar, consolidar, discipular, y enviar, lo que justifica, obviamente, la búsqueda de métodos eficientes para lograrlo. Es aquí donde los materiales de estudio y entrenamiento estandarizados o empaquetados juegan un rol trascendental, así como la estructura, dinámicas y liturgia pre-establecidas de los Pre-encuentros, Encuentros y Post-encuentros, donde no se deja nada suelto, con el fin de lograr el objetivo de producir líderes, que funcionen dentro del “sistema” G-12, en el menor lapso posible. Sin embargo, haciendo una mirada crítica, en contraste con el mundo de los restaurantes de comida rápida, donde se busca procesar el mayor número posible de clientes por minuto,

La fe cristiana no tiene que ver con el procesamiento de gente como si ellas fueran gotas de agua idénticas. La vida es confusa y compleja, como miles de personas en la post-modernidad lo están descubriendo. Hay mucha suciedad que es imposible o casi imposible, y a veces indeseable, amarrar dentro de un paquete bien acomodado o prolijo.[6]

¿Qué sucede cuando los ciclos eficientes exigidos por la metodología G-12 no se pueden seguir a cabalidad? ¿Qué ocurre cuando los creyentes no avanzan linealmente en la secuencia de pasos? ¿Qué se hace cuando las “maldiciones generacionales” no se pueden quebrantar, o los “demonios” no se pueden echar de una sola pasada en los retiros espirituales? ¿Cómo se pastorea con “eficiencia” un creyente con serias dificultades, con traumas, con problemas mentales y físicos? ¿Cómo se acompañan los creyentes LGBT cuando un exorcismo no es suficiente para cambiarles su orientación? Estas son preguntas que son muy difíciles de responder dentro de una estructura eficiente, donde no hay tiempo para detenerse a pensar en situaciones complejas que hacen que la cadena de producción se detenga o se atrase. Esas son más bien distracciones, retrasos en la línea de producción, los cuales con el tiempo son abandonados a su propia suerte.

En esta análisis, la calculabilidad se refiere a poner el “acento en elementos que se puedan calcular, contar, cuantificar” [7] dentro del sistema, lo que da como resultado que lo cuantitativo termina aceptándose ciegamente como medida de calidad. En el caso de las iglesias celulares, lo que se espera es que cada célula o grupo pequeño se múltiple dentro de un lapso razonable, que el número de líderes vaya en aumento, y que el tamaño de la iglesia crezca exponencialmente en un corto tiempo. Es claro que, el “crecimiento es el objetivo principal de la práctica celular, por lo que las iglesias son siempre descritas en términos numéricos”[8], cosa que es fácilmente comprobable con una simple inspección de la literatura sobre el tema. En ese sentido, es interesante observar, desde el punto de vista de la dimensión de la calculabilidad, lo que Joel Comiskey dice sobre la iglesia Elim en El Salvador, una congregación que habiendo desarrollado su propio sistema celular, para el año 2013 decía tener unas 11000 células:

La iglesia Elim es extremadamente organizada… creen que Dios quiere que midan con exactitud lo que está pasando en medio de ellos… los 90 pastores que forman parte del equipo de Elim… pueden decirte el martes por la mañana cuáles son los datos estadísticos de la semana anterior como: asistencia, conversiones, bautismos, personas visitadas, y miembros capacitados. Y todos estos números son exactos… El seguimiento estadístico de todas las reuniones les da a los pastores y supervisores un informe de avance de cada célula, y motiva a los líderes a seguir alcanzando a otros[9].

¿Cuál es el objetivo tras tantas mediciones? ¿Por qué es importante cuantificar tan sesudamente lo que ocurre en un grupo celular? ¿por qué tanta precisión? La capacidad para recoger datos y plasmarlos en hojas de trabajo o en sofisticados programas de computación[10] tiene como objetivo ejercer control sobre la membresía de la iglesia. Según la teoría de Ritzer, “las innumerables normas, regulaciones, guías (manuales), disposiciones, cadenas de mando y jerarquías (son) diseñadas para dictar, tanto como sea posible, lo que la gente debe hacer dentro del sistema y cómo debe hacerlo” (Pág. 148). Por esta razón, desde el mismo inicio del grupo celular se debe ejercer alguna forma de control. El sistema de discipulado (en una manera similar al movimiento de pastoreo que ya reseñé) ayuda a determinar con una cierta certeza quienes avanzarán hacia las siguientes fases y se convertirán en líderes de células. Además de ello, estas personas se van incorporando progresivamente en la jerarquía de la iglesia celular a través de los grupos de 12. Para algunos autores, los esquemas rígidos de la iglesia celular, como el G-12 colombiano, son implementaciones bastante sofisticadas cuyo objetivo, aparte del crecimiento rápido, es poder supervisar y controlar de la manera más cercana posible a las personas, minimizando así las pérdidas y los traslados a otras iglesias, tan comunes en nuestras iglesias.

Entre las ideas introducidas por Ritzer, una de las que ha tenido mayor desarrollo es la de la aplicación de la tecnología para los procesos de control. En el caso de los grupos pequeños, es posible ver la proliferación de herramientas de software para un control eficiente, e incluso el desarrollo de aplicaciones para teléfonos inteligentes, con lo cual la recolección de datos es mucho más sencilla y transparente al usuario.

La insistencia en la recolección de estadísticas, el uso de los mismos procedimientos repetitivamente, la creación de estrictos estándares de trabajo, la formulación de descripciones de cargo precisas, la obligación de que todas las personas estudien los mismos materiales y piensen relativamente de la misma forma, aparte de la cuantificación de todo cuanto acontece en la iglesia, conduce finalmente a la cuarta dimensión propuesta por Ritzer que es la de la predictabilidad. Básicamente que no haya sorpresas en las formas y en lo que se ofrece a las personas, algo que se observa sin lugar a dudas en sitios como Starbucks o McDonalds, sea que estén en Madrid o Bogotá, Seattle o Los Ángeles. Puede que el café o la hamburguesa sepan un poco diferentes, pero el sistema es el mismo. Uno puede predecir lo que va a pasar antes de llegar al lugar y no quedar defraudado. Es por ello que para lograr ese efecto la organización tiene que enfatizar “en cosas tales como la disciplina, el orden, la sistematización, la formalización, la rutina, la coherencia y los actos metódicos”[11]. Sin embargo, no hace falta un análisis muy profundo para uno darse cuenta que es imposible clonar células, que cada miembro tiene su historia y su vida, que cada sector donde ellas se encuentran tiene sus necesidades peculiares, por lo que uno debería esperar, desde el punto de vista de la misión de la comunidad cristiana, es el efecto contrario, es decir, la incapacidad para predecir lo que va a pasar con cada una de ellas. Algo seguramente muy aterrador para los líderes en lo alto de la jerarquía, como lo hace ver John Drane en su reconocido estudio sobre la macdonalización de la iglesia:

La evolución de los grupos pequeños hasta convertirse en una verdadera comunidad, bien sea a través de estrategias deliberadas usadas por la iglesia celular, o de manera más informal, podría devenir en otro mecanismo de control, a menos que a tales grupos se les permita el espacio para desarrollarse y transformarse en iglesias en pleno funcionamiento. De cualquier otra manera, ellas serían solo “seudocomunidades”, controladas rígidamente a través de una agenda impuesta desde fuera de ellas (a menudo por temor a que se conviertan en centros donde el sistema es cuestionado), en lugar de permitírseles y motivárseles a que se desarrollen dentro de redes de apoyo mutuo, ánimo y sanidad.[12]

Dicho lo anterior, puedo comprender y hasta sentir empatía por un pastor, hoy en día “apóstol”, que me invitó a dar una charla en su congregación, para ayudar a responder la pregunta sobre cuáles serían los nuevos modelos de iglesia que podrían aflorar en situaciones sociales críticas como las que estamos viviendo en Venezuela. Se trataba de una pregunta sincera, ante sus dudas a su propia e incompleta implementación de G-12, pero ante la complejidad del escenario nacional que me servía de contexto, no podía proponerle una fórmula simple. Así que partiendo de la célula como un ser vivo, veía la necesidad de un modelo más orgánico que permitiera su desarrollo dentro del ambiente donde se encontrara. Pero ello implicaba la descentralización, la posibilidad de que los estudios bíblicos se adaptaran a las necesidades locales de las comunidades en los vecindarios y barriadas, que el grupo tomara iniciativas propias y que innovara, incluso en el servicio social y las ayudas humanitarias, todo lo cual iba en contra de la uniformidad y la predictibilidad de la que estamos hablando. ¿Cómo se me ocurría a mi plantear algo tan radicalmente diferente? Si como dice Ralph Neighbour, uno de los principales estudiosos y proponentes de las iglesias celulares, lo que se está buscando, hoy en día, es “edificar una estructura multinivel en cuyo pináculo se encuentre un apóstol”, quien con poderes plenos dirija a través de la cadena de mando a un ejército de obedientes discípulos que implementen los programas y sueños diseñados por esta autoridad super-poderosa. Fue motivante ver los ojos radiantes de algunos que asistían a la charla, sus mentes volaban con ideas. Pero otros estaban más bien asustados, se preguntaban cómo podían operar sin una estructura rígida, sin las órdenes del apóstol, sin la supervisión constante a la que estaban acostumbrados. Obviamente, esa fue la última vez que me invitaron a ese lugar, aunque también se me cerraron las puertas en muchos otros sitios para seguir hablando acerca de este álgido tema.

A manera de reflexión

Como reflexión final a esta sección, debo decir que sería injusto sostener que solo el movimiento G-12 y las iglesias celulares son susceptibles a la macdonalización. En realidad, toda la iglesia cristiana ha sido objeto de la globalización, el mercadeo, la influencia de los medios, el mercadeo, y los métodos gerenciales modernos[13]. El movimiento de La Viña también ha sido blanco de la tentación de recurrir a la racionalización y sistematización en diversas oportunidades y por distintas razones. Solo habría que pensar en los estilos musicales usados en la adoración, algo con lo que hemos tenido que lidiar en América Latina, lo que ameritaría un estudio aparte, y su pretendida uniformización en estilos y lenguaje lírico, musical y hasta visual. O bien, el deseo de muchos de que las iglesias se parezcan en su estilo, liturgia y predicación a aquellas congregaciones californianas de finales de los ochenta. Bastante corporativa y modernista es la estructura de liderazgo ensayada por AVCUSA con sus regiones y coordinadores de área, se parece mucho al formato “Jetro” que se usa para la supervisión de grupos celulares en el sistema coreano de Cho. Igualmente, resultó bastante sofocante para algunos de nosotros en Latinoamérica el registro de la  “La Viña” en cada país, como cualquier otra marca comercial. Así mismo están las críticas al programa Alpha, tan difundido en las iglesias del movimiento en Europa y los Estados Unidos. Por último, los intentos de normalización y control de la plantación y adopción de iglesias a lo largo del tiempo. Sin embargo, también es cierto que, debido a sus propias características, La Viña nunca ha logrado imponer una agenda estricta de cómo deben hacerse las cosas, aunque lo haya intentado. La rebeldía innata de quienes llegamos a este movimiento hace muy difícil su uniformidad. Incluso, el propio Wimber se debatía entre dos aguas, su formación racionalista dentro del movimiento de iglecrecimiento, versus su sensibilidad a la voz del Espíritu Santo.

Don Williams, en un capítulo de un texto académico sobre las denominaciones norteamericanas, señala que Wimber como asesor de organizaciones religiosas podía:

Ver una iglesia en términos de su planta física, ubicación geográfica, visibilidad, estacionamiento y hacer juicios bastante precisos acerca de su futuro, sin entrar en detalles sobre su vida espiritual. A los pastores noveles les pedía que elaborarán planes quinquenales. Para enseñar acerca de la sanidad creó un método de cinco pasos para orar por los enfermos… Sin embargo, Wimber en lo interno no era un modernista. El racionalismo no lo había adoctrinado. Aunque la iglesia moderna trató de domesticarlo, no logró socializarlo. Más bien, lo quemó. Por eso siempre se preguntaba ¿Cuándo nos toca hacer “las cosas”? Con lo cual simplemente quería decir, “las cosas” que hizo Jesús…[14]

De manera jocosa, cuando se le preguntaba cómo se preparaba para orar por los enfermos, respondía, tratando de desconstruir la práctica, “me tomo una coca-cola ligera”. Si el mismo fundador de La Viña se resistió a sistematizar el movimiento y a crear una plantilla por medio de la cual se podrían reproducir las iglesias, hace que el propio movimiento sea bastante resistente a adoptar otras formulaciones, especialmente aquellas que afectan la esencia de lo que es ser iglesia. También da lugar a una heterogeneidad de ideas y maneras de pensar, actuar, sentir que a veces puede ser complicada y altamente volátil. Como fue el caso de la controversial decisión de aceptar el pastorado de la mujer, en el año 2006 cuando Bert Wagoneer se desempeñaba como director nacional de la AVCUSA, donde se les dio a las comunidades locales la libertad para decidir si ordenaban, o no, a pastoras principales y auxiliares[15].

Algo que quizás pueda explicar esta característica del movimiento está en la evolución de las organizaciones a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Frederick Laloux nos presenta un cambio fundamental cuando lo racional o sistematizado deja de ser visto como esencial, aunque si importante, y se pasa a considerar el cooperativismo, las relaciones, la descentralización y la democracia como el eje central organizativo[16]. Dentro de La Viña, el mismo uso del nombre de las iglesias revela la intención de expresar el deseo de vivir en comunidad, y las asociaciones no son vistas en el sentido tradicional de las denominaciones, sino como una “comunidad de comunidades”. En lugar de enfatizar la jerarquía, se pasa a un modelo de empoderamiento que permite que los líderes y miembros de la iglesia comiencen a vivir su vida, ya no en base a programas preconcebidos, sino de acuerdo a las situaciones que van enfrentando en su cotidianidad. El líder de célula se convierte en un siervo líder que escucha a los otros miembros de su grupo, los empodera, motiva y desarrolla, a la par que el mismo va creciendo como persona y resolviendo sus dilemas. A diferencia de los esquemas macdonalizados, llenos de generalizaciones y sistematizaciones, que se traducen en reglas, normas y procedimientos, en La Viña se enfatizan los principios y valores. Valores que se expresan en las prácticas de la iglesia, produciendo frutos en las vidas de las personas e induciendo un crecimiento sin artificios. Todo lo cual produce una cultura bastante fuerte, cohesiva y vibrante, donde un slogan como ser “naturalmente sobrenatural” o “ven como eres” no son simplemente dos palabras que suenan bonito, sino que son el resultado de una experiencia vivida.

Para ir a la próxima entrada, pulse aquí. 


[1] Mora, F. (2005). Manual para iglesias que crecen: Visión celular como modelo de crecimiento. Buenos Aires (Argentina): Certeza. Pág. 15.

[2] Comiskey, J. (2002). Concerns about the G-12 movement. Disponible en: http://bit.ly/2lx23zf, última visita, 06/03/2017.

[3] Comiskey, J. (2014). De 12 a 3: Cómo aplicar los principios de G12 en su iglesia. Amazon Digital Services LLC.

[4] Ritzer, G. (1996). La McDonalización de la sociedad: Un aanálisis de la racionalización en la vida cotidiana. Barcelona (España): Editorial Ariel.

[5] Ritzer (1996). Ibid. Pág. 54

[6] Drane, J. (2002). The church in the iron cage. George Ritzer (editor), McDonaldization: The reader. Thousands Oaks (California): Pine Forge Press. Pág. 152.

[7] Ritzer (1996). Pág. 84.

[8] Harvey, D. (2003). Cell Church: Its situation in Brittish evangelical culture. Journal of Contemporary Religion. 18:1, 95-109. Pág. 104.

[9] Comiskey, J. (2014). El movimiento de la iglesia celular. Disponible en: http://bit.ly/2mz6xF8, última visita 06/03/2017.

[10] Es interesante observar la cantidad de productos computacionales que se consiguen en el mercado religioso brasileño, dirigidos a las iglesias celulares, en especial las que han implementado la visión de grupos de 12 (hay varias versiones de la idea de Castellanos en Brasil). Productos como SigiCell, AswVisãoCelular, o CelulApp, son algunos ejemplos de la importancia que se le da la medición y el control dentro de esta eclesiología. Aparte que refuerza la tesis de Ritzer del uso de instrumentos tecnológicos para facilitar el control en la sociedad mcdonalizada.

[11] Ritzer (1996), Ibid. pág. 108

[12] Drane, J. (2000). The MacDonaldization of the Church. London: Darton, Longman & Todd. Pág. 47-48

[13] ver estudios sobre la iglesia mcdonalizada en Corea del Sur y en Brasil. Hong, Young-Gi (2003). Encounter with modernity: The “Mcdonaldization” and “Charismatization” of Korean megachurches. International Review of Missions. 92:365. Pág. 239-255. De Moura, E. G. (2013). A McDonaldização da fe: O culto como espectáculo entre os evangélicos brasileiros. Tesis Doctoral. Universidad de Santa Catarina. Florianópolis (Brasil). Igualmente el libro, White, T. y Yeats, J. (2009). Franchising McChurch. Colorado Springs (Colorado, USA): David C. Cook.

[14] Williams, D. (2005) Theological perspective and reflection on the Vineyard Christian Fellowship. En Roozen y Nieman (Editores), Church, identity, and change: Theology and denominational structures in unsettled times. Grand Rapids (Michigan): Eerdmans. Pág. 166.

[15] “En respuesta al mensaje del reino, el liderazgo del movimiento de La Viña motivará, entrenará, y empoderará a mujeres en todos los niveles del liderazgo tanto localmente como translocalmente. El movimiento como un todo le da la bienvenida al liderazgo de las mujeres en todas las áreas del ministerio. Reconociendo que algunos pastores tienen una comprensión diferente de las escrituras, cada iglesia local retendrá el derecho de hacer sus propias decisiones en cuanto a la ordenación y nombramiento de pastoras principales” (Bert Wagoneer, 1º de diciembre, 2006).

[16] Laloux, F. (2014). Reinventing organizations: a guide to creating organizations inspired by the next wave of human conciousness. Brussels (Belgium): Nelson Parker.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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