Regresando a lo básico

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A comienzos del 2006 fui invitado a visitar la República Dominicana con el fin de explorar la posibilidad de comenzar a plantar iglesias de La Viña en ese país. Acompañé a un conocido pastor norteamericano de nuestro movimiento[1], Robbie Dawkins, quien ya tenía años visitando la isla y que estaba vinculado con numerosas personas en varias ciudades importantes. En realidad, era Robbie el que había sido invitado para una serie de predicaciones en una iglesia muy grande de la capital, yo simplemente iba de acompañante, solo para observar. De manera que, desde mi bajo perfil, tuve oportunidad de conversar extensamente con el pastor de aquella vibrante congregación que, estaba a la espera de una visitación del Espíritu Santo durante esas noches de campaña y oración de poder. Se trataba de una iglesia muy organizada, con varios ministerios, con músicos notables y muy bien preparados, así como con una cuidadosa “producción” (así la denominó el pastor) de los cultos principales, donde un “productor ejecutivo” afinaba con su equipo todos los detalles para que el evento cumpliera los objetivos que se planteaba el equipo pastoral[2]. Sin embargo, quizás todavía habían algunas fronteras que la iglesia no había podido traspasar cabalmente, por ello en mis conversaciones con el pastor afloró el tema de los grupos pequeños o células, como uno de esos temas no resueltos. Aún cuando yo quisiera eludir el tópico, el pastor insistía en hablar de eso y escuchar mis opiniones sobre ese tópico, por demás álgido en esos tiempos en toda la América Latina.

Se me hacía difícil creer que yo pudiera ayudar al hermano, darle una palabra, un consejo sobre ese tema, especialmente cuando comparaba el tamaño de nuestras iglesias. En esos tiempos estábamos en una transición, de plantar La Viña de San Antonio de los Altos (VSALA), un grupo que no llegó a pasar de unas ochenta personas, a tratar de ensayar algo completamente diferente desde el punto de vista eclesiológico. Como ya expresé en otra entrada del blog, habíamos comenzado en la VSALA, primero con una célula, de la cual habían surgido otras, las cuales le dieron cuerpo y carácter a la naciente congregación en aquella pequeña ciudad suburbio de Caracas. Al comenzar a celebrar cultos dominicales y alquilar un local para ese fin, la dinámica celular y su multiplicación mermó drásticamente. De la noche a la mañana, mi esposa Nora y yo nos convertimos en los principales críticos de lo que habíamos hecho, especialmente porque no encontrábamos cómo volver a la dinámica de discipulado y multiplicación de grupos pequeños con que habíamos comenzado. Obviamente, no era solo lo que veíamos en la práctica sino nuestra evaluación de lo que pasaba desde nuestra percepción eclesiológica que, ya en esos tiempos estaba informada por varias corrientes de pensamiento.

Personalmente, desde 1998 en la I Conferencia de La Viña en Iberoamérica en San José (Costa Rica), había quedado impactado por las enseñanzas de Bob Fulton, a la sazón director de misiones de la AVCUSA, las cuales se basaron en el libro de Roland Allen sobre el La expansión espontánea de la iglesia[3]. Llevaba varios años pensando y experimentando cómo aquello que Fulton había descrito podría ser realizable en la iglesia contemporánea, principalmente en nuestro contexto latinoamericano. En ese sentido, lo más cercano que había encontrado como respuesta era facilitar la expansión “espontánea” de grupos celulares e iglesias caseras, y plantar iglesias en red, partiendo de estos núcleos y comunidades pioneras, ubicados en zonas no alcanzadas, o de relativa poca presencia cristiana, como era el caso de San Antonio de Los Altos.

A lo largo del camino, me dejé influenciar también por algunos consejos prácticos como los de Ralph Neighbour en su libro Where do we go from here?, particularmente su capitulo XXVII que versaba sobre la plantación de iglesias celulares, donde insistía en tratar de mantener un énfasis casi absoluto en el trabajo celular hasta que la red de grupos pequeños hubiese sido consolidada a través de varias generaciones de grupos pequeños. Es decir, hasta que una cultura de plantación y multiplicación hubiese sido establecida entre los miembros. Para Neighbour, iniciar cultos y reuniones en sitios alquilados aniquilaría rápidamente la dinámica celular, debido a la inversión de tiempo y recursos en la preparación de esos eventos. Aparte que se volvía a enfatizar la postura consumista de los creyentes y se acostumbraba a quienes estaban comenzando a simplemente recibir y no accionar misionalmente. De allí nuestras autocríticas que surgieron en aquellos tiempos.

Debo también señalar que nuestro proceso de plantación de la VSALA había comenzado en el año 2000, muy poco tiempo después de haber sido impactado personalmente por las palabras de Todd Hunter, quien fuera el sucesor de John Wimber como director del movimiento, durante la Conferencia de Pastores de Anaheim en 1999, hecho sobre el cual me gustaría dedicarle más adelante una entrada del blog, pues ello también marcó un punto de inflexión en la historia del movimiento aunque poco se sabe de ello[4]. Hunter introdujo allí nuevas ideas y conceptos, haciendo un llamado a recuperar el sentido de la misión de Dios en nuestras iglesias, lo cual implicaba el desafío de involucrarse activamente en la cultura y la sociedad. Así que, a pesar de que estas ideas estaban aún muy frescas, ellas nos invitaban a ver el trabajo de plantar una iglesia como algo verdaderamente orgánico, líquido y estructuralmente simple para poder estar en capacidad de lidiar con los cambios sociales que estaban en proceso, ligados también al advenimiento de la postmodernidad y los masivos cambios sociales que se avecinaban.

Ese novedoso camino me llevó a meditar y experimentar con las ideas, algunas veces radicales, otras más bien utópicas, de algunos pensadores como Wolfgang Simson y sus conceptos sobre las iglesias caseras[5]; Alan Hirsh[6], Michael Frost[7], Alan Roxbourg[8] y otros que hablaban de la iglesia misional; así como personas como Neil Cole que invitaban al desarrollo de una iglesia más orgánica[9]. Todo ello implicaba una serie de cambios paradigmáticos que no parecían encajar muy bien con los modelos de iglesias pentecostales que conocíamos en Venezuela y que era nuestro origen. Ni con la forma clásica de hacer iglesia en La Viña, con su énfasis en la adoración congregacional, el evangelismo de poder, y la manifestación con señales y prodigios del Espíritu Santo, cuyos valores habíamos adoptado. Tampoco congeniaba con los pesados controles de la iglesia celular tipo Cho, que hasta entonces habíamos estudiado, visto y experimentado desde mucho tiempo atrás, mucho menos con lo que nos proponían y se propagaba aceleradamente desde la cercana Colombia basado en grupos de doce discípulos (G-12). En aquellos tiempos de cambio tanto a nivel personal, como en la sociedad venezolana, optamos por arriesgarnos y abrazar estas nuevas ideas para tratar de innovar con ellas en la plantación de nuevas iglesias.

Así que, como podrán imaginar, aquella conversación con el hermano dominicano estaba muy llena de incertidumbres, dudas y hasta preguntas de mi parte. No sé si lo que hablamos le ayudó mucho, pero a mí si me sirvió como para reafirmar algunas cosas sobre los grupos pequeños en las que creía firmemente. Como muchas otras iglesias latinoamericanas aquella congregación ya había experimentado con células, al estilo Cho, y luego también siguiendo el modelo G-12, pero ninguno de los dos métodos habían dado los resultados esperados (medidos en crecimiento acelerado del número de miembros), dejando además su estela de líderes quemados y apartados, bien sea por exceso de trabajo o por no querer ceñirse a las exigencias que estos modelos imponen.

Como en esos momentos yo mismo coordinaba varios grupos pequeños y ya llevábamos varios años seguidos organizando y conduciendo grupos de apoyo[10], mi enfoque en la conversación se dirigió al rol de los pastores como aquellos que, deben proponer el modelo, servir de ejemplo y mostrar el camino a los demás. En ese entonces, mi colega dominicano, veía los toros desde la barrera, pues no estaba metido en las trincheras de lo que realmente era una célula o una iglesia casera. Allí donde no hay mucha producción, ni cabida para elementos efectistas, donde el “unos a otros” se impone sobre la dependencia del jugador estrella. En aquel momento me pareció que mi tarea era recordarle los valores de la iglesia celular, sus rudimentos, sus principios teológicos y filosóficos, por encima de métodos específicos, procedimientos de moda, fórmulas o artilugios, probados o no, teóricos o empíricos, revelados desde lo alto, o sacados de los libros de los programas de gerencia avanzada.

De manera que, como alguien dijo, refiriéndose a los equipos de baloncesto que andan en una mala racha de partidos perdidos, lo mejor era regresar a las jugadas básicas, las cortinas, los pases unos a otros y defender bien, lo cual, en el caso de las células, no es otra cosa que volver a recordar cuál es su esencia y razón de ser. Como bien nos lo recuerda Bill Beckham (2014)[11]:

…podemos aprender algunas técnicas o métodos, pero son la filosofía, principios y cultura de un movimiento los que le dan importancia a los modelos…

En otras palabras, para descubrir la esencia de las células habría que dejar a un lado la visión de la iglesia como proveedora de bienes, del culto como un escenario y de los creyentes como ávidos consumidores, para volvernos hacia esas comunidades pequeñas donde se comparte el trajinar cotidiano y se experimenta la vida desde su raíz, donde se escucha la voz de Dios, y donde se establecen relaciones firmes y transparentes que reflejan nuestro carácter de discípulos de Jesús. Podemos inventar nuevas técnicas, métodos, fórmulas; contratar graduados de programas de MBA para gerenciar nuestras iglesias o producir nuestros cultos y eventos; consultar expertos en mercadeo para mejorar nuestra imagen y alcanzar más ávidos clientes; reclutar a músicos entrenados al más alto nivel para diseñar espectáculos de altísima calidad, pero nada de eso podría sustituir a la comunidad cristiana como la clave hermenéutica fundamental para entender el evangelio, como bien lo expresaba Leslie Newbigin en su reconocida obra The gospel in a pluralist society[12]:

He llegado a sentir que la realidad primaria que debemos tomar en cuenta para lograr un impacto cristiano en la vida pública es a través de la congregación de creyentes. ¿Cómo se logra que el evangelio sea creíble, que las personas acepten que el poder que tiene la última palabra en los asuntos humanos está representado por un hombre que cuelga de una cruz? … Estoy sugiriendo que la única respuesta, la única hermenéutica del evangelio, es una congregación de hombres y mujeres que creen y viven por ello. No niego la importancia de muchas actividades a través de las cuales buscamos desafiar la vida pública con el evangelio, como campañas evangelísticas, distribución de biblias y literatura cristiana, conferencias, y publicación de libros … lo que estoy diciendo es que todo esto es secundario, y que solo tienen poder para lograr sus propósitos si están afirmados y enraizados en una comunidad de creyentes.

Como resultado de mis reflexiones sobre estos temas, los cuales vinieron a mi atención en esos cinco años que duró nuestra participación en la plantación de la VSALA, publiqué en la red dos versiones de mi libro, Misión Imparable: Claves misionales para la plantación de iglesias contemporáneas[13], una más enfocada en los principios derivables de una lectura del libro de los Hechos con lentes misionales, y la otra un enfoque más crítico de esas claves. En ese texto he dedicado bastante espacio para revisar algunos aspectos de cómo la comunidad cristiana se erigió en un elemento fundamental de la evangelización en la iglesia primitiva. Desde su mismo punto de partida, reseñado en Hechos 2:42-47, los primeros cristianos detectaron que el ambiente familiar y comunitario era el más adecuado para el esparcimiento de la nueva fe en Jesucristo. Uno puede argumentar acerca de las vulnerabilidades y falencias de aquella primera iglesia de Jerusalén, como por ejemplo su falta de una clara motivación de seguir lo prescrito por Jesús de ir hasta lo último de la tierra[14], sin embargo, a partir de ese texto esencial es posible rescatar tres aspectos con los que me di cuenta que podía ayudar a mi colega dominicano a volver a la práctica de formar comunidades del reino, que expresen el evangelio y muestren sus señales, dentro de las culturas y sociedades que se desarrollan en el mundo globalizado e interconectado en el que vivimos.

En primer lugar, las comunidades cristianas precisamos valorar lo relacional por encima de lo programático, organizativo y estructural. No era de extrañar que esta iglesia dominicana a la que hago referencia, así como en muchas otras en nuestro continente, con todos los muchos aspectos positivos que puedan tener, se ha dependido de metodologías provenientes de los libros y de los expertos en iglecrecimiento y mercadeo para posicionarse en la sociedad y hasta cierto punto ganar respetabilidad. Sin embargo, en Hechos 2:47 vemos como la naciente comunidad cristiana se ganó la “estimación general” de la ciudad. La iglesia estaba encarnada, era parte de aquella cultura y estaba conectada con ella mediante un conjunto dinámico de relaciones, amistades y contactos. Como alguien dijo, la iglesia se basaba en su presencia activa y no en sus programas. En medio de la cotidianidad en la que ellos se desenvolvían, habían traído un nuevo sabor a la ciudad. Los creyentes estaban infiltrados en la comunidad, penetrando como sal y luz, haciendo toda clase de conexiones creativas con una multiplicidad de personas con quienes compartían acerca de Dios y conversaban sobre su experiencia espiritual, permitiendo así que la misión cristiana se fuese llevando a cabo de una manera progresiva, natural, líquida, orgánica e imparable[15]. Palabras que suenan bonito pero que, en realidad representaban un gran desafío para mi colega pastor, pues le invitaban, o más bien le exigían, a deponer ciertas agendas, desmontar programas y simplificar su burocracia, para dedicarle tiempo a las personas y con paciencia cultivar amistades. Concretamente le sugerí, “comienza tu propio grupo”, pero no para sistematizarlo a los pocos meses, sino para convivir, conversar, crecer y comenzar a soñar y accionar encarnándose juntos en su ciudad.

De lo anterior se desprende la necesidad de aprender a Vivir en comunidad. Algunas frases del pasaje en Hechos 2:42-47 tales como “tenían todo en común”, “compartían sus bienes entre sí”, “estaban juntos” o “unánimes”, “tenían una misma mente”, son reveladoras de una sociedad “naturalmente sobrenatural”[16] basada en un gran compañerismo. Eran personas que habían desarrollado una comunión o koinonía, práctica que no era nueva pues había sido introducida por Jesús, primero con el grupo íntimo de tres, luego con los 12, los 70 y los 120 seguidores que iban rodeándole progresivamente. Allí, en Jerusalén, la naciente comunidad cristiana había establecido en muy corto tiempo una conexión muy cercana, apoyándose mutuamente, tanto espiritual como materialmente, demostrando así una unidad de mente y corazón muy profunda.

Para que estos principios de la comunidad cristiana no quedaran como pura retórica, en mi conversa con el pastor dominicano, le traté de hacer ver la necesidad de dejar a un lado los gustos personales para dedicar tiempo a conocer y servir a las personas que le rodeaban, incluyendo su vecindario, cosas que no se pueden hacer desde la tarima, desde la oficina del director ejecutivo o CEO, ni a través del diseño de programas masivos, cultos y campañas, eventos extraordinarios, sino en el contacto uno a uno, en las relaciones transparentes y de discipulado mutuo. Vivir en comunidad implica horizontalidad en las relaciones de poder, practicar la transparencia, deponer títulos y posiciones jerárquicas, cosas que representan el extraordinario esfuerzo de bajarse del pedestal de líder o director ejecutivo, para estar en contacto directo con las personas.

Por último, aunque parezca redundante, se encuentra la recuperación de la práctica de compartir la mesa más a menudo. Un acto sencillo como comer cobra significado y se llena de simbolismo, pero también nos damos cuenta que es una forma de imitar a Jesús. Para un pastor o líder es un hecho disruptivo que, en cierta forma, reorienta su rol y sus relaciones con los miembros de la comunidad, más aún si es el mismo quien cocina o sirve, como aquél Jesús resucitado que, le prepara el desayuno a sus discípulos a las orillas del lago de Galilea.

Clásicamente las congregaciones se identifican con una serie de actividades fijas que se llevan a cabo en un edificio especial para tal fin. Dentro del servicio religioso típicamente se plantea una liturgia característica, que incluye el sermón monológico, a la par que se usan diversos símbolos que tienen significación para los iniciados. En general, para que la iglesia funcione, se recurre a un personal profesionalmente entrenado (muchas veces ordenado por la organización a la que pertenece la iglesia) y se adecúa un cierto espacio físico. El enfoque propicia la pasividad y el espíritu consumista de la mayoría de los creyentes en las congregaciones contemporáneas. Sin embargo, la lectura de Hechos 2:42-47 nos lleva a pensar en la iglesia primitiva como un grupo de personas que formaron una comunidad, cuya espiritualidad estaba en sintonía con los ritmos naturales de su cotidianidad, y donde cada miembro era un participante activo. Esta es una iglesia que está por igual en el templo (espacio de lo sagrado), participando en los rituales tradicionales, o en las casas (espacio de lo común o mundano), envueltos en la labor de esparcir la llama del evangelio, dentro de las familias y hacia sus allegados.

A mi entender, que esta comunidad de creyentes tomara tiempo para reunirse en el contexto de una comida comunal constituye una declaración, con hechos, de la importancia que cada participante tenía, de la igualdad que cada uno tenía ante los ojos de Dios, de la decisión de conectarse, conocerse y de servirse los unos a los otros. Es algo bien conocido que en la liturgia evangélica se magnifica muchísimo el lugar del púlpito y por ello los ojos están siempre atentos a la personalidad o carisma del que habla o dirige, usualmente el pastor de la iglesia. Por el contrario, durante una comida comunitaria, la dinámica de interacción es radicalmente diferente, se trata de un evento incluyente e igualitario. Cuando la comunidad se reúne a comer todos están al mismo nivel, sentados en la mesa, allí los prejuicios se reducen, la enseñanza fluye horizontalmente en forma conversacional. La mesa compartida se convierte en un lugar profundamente especial y poderoso para hablar de Cristo.

En esa conversación con mi colega dominicano le hablé con convicción acerca de lo que estaba aprendiendo en mis lecturas, pero también me referí al contexto cercano que estaba experimentando a nivel personal. No solo durante aquellos tiempos de mi viaje a la República Dominicana, sino durante un período que duró más de cuatro años (2005-2009), tuvimos oportunidad de experimentar la vivencia de una comunidad encarnada, a través de una iglesia casera, en la zona de Llano Alto en Carrizal y en otros sectores de San Antonio de Los Altos, cerca de Caracas. Las reuniones ocurrían los días sábado por la noche y significaron un tiempo memorable en cuanto a la lectura comunitaria de la Biblia[17], la oración e intercesión comunal, el ejercicio de los dones espirituales, la adoración sencilla y sin muchos tecnicismos, los tiempos de comer juntos, compartiendo incluso en esas veladas la Cena del Señor con todos los miembros de esta familia espiritual. Casi siempre había visitantes, personas apenas iniciadas en el conocimiento de Cristo, muchos de ellos sin una creencia firme. Sin embargo, aquellos tiempos de comer juntos y de sobremesa resultaron extraordinarios para profundizar en esas relaciones y conversar sobre las necesidades reales de estas personas. Se oraba unos por otros al final de los estudios bíblicos, pero parecía que la conversación durante la comida comunitaria nos revelaba otros aspectos que ameritaban más oración. Lo que surgía de esos encuentros era algo extraordinario, con un efecto perdurable, afirmando la relación de cada uno para con Dios, y entre los diferentes miembros de aquella iglesia casera.

A decir verdad, como pastor, fue una experiencia verdaderamente novedosa y hasta cierto punto se constituyó en una lección de humildad, pues tuve que aprender mucho de otras personas, dándoles la importancia que merecían en el proceso de construcción de la comunidad, aprender a callarme y a escuchar a los otros, dedicar tiempo a cultivar la amistad, bajar la velocidad y ser más sensible a los ritmos de la comunidad que nos rodeaba, entablar conversaciones espontáneas y naturales, leer juntos la Biblia desde el contexto donde nos encontrábamos, escuchar la voz de Dios y descubrir lo que él estaba haciendo en medio de nosotros y en nuestro vecindario. Pasar de predicar cada domingo, a la posición de facilitador de una iglesia casera, no es fácil para los pastores, que como yo, fuimos entrenados en un sistema tradicional, pero es algo esencial si queremos ver la multiplicación de líderes y comunidades en nuestras ciudades. Al fin de cuentas, esto que le comunicaba al colega dominicano no eran más que rudimentos del juego, nada sofisticado. Es simplemente volver a lo esencial, descubrir lo que es ser cristiano en lo cotidiano. Sin embargo, aunque no lo parezca, se trata de un giro de 180 grados en cuanto al tipo de socialización religiosa que hemos recibido. Para mi entender, ésa sería la verdadera esencia de las células, grupos pequeños o iglesias caseras, por encima de cualquier otra parafernalia que se la ha querido adosar y que en muchos casos ha tomado más relevancia que su propia naturaleza comunitaria básica.

Concluyo esta serie casi en el mismo lugar donde la comencé: en un hogar. Entre mi primera anécdota y la última hay unos veinte años de distancia. En la primera era un apartamento de clase media de El Encanto en Los Teques, en la última era una casa más grande y los actores completamente diferentes. Sin embargo, en ambos casos se trata de hogares y los grupos siguen siendo pequeños, de no más de 20 personas. Sin embargo, hay diferencias sustanciales entre una y otra historia. Comenzamos con una vaga idea de lo que significaban los grupos pequeños y terminamos con otra. En los inicios las células eran medios para alcanzar un crecimiento numérico, con controles estrictos y dependientes de un núcleo que los regula y determina sus características. Hoy en día representan comunidades con vida propia, que deben entender la misión que tienen que cumplir en el contexto donde se encuentran, independientemente de su tamaño, estilo, homogeneidad y velocidad de multiplicación. Por otro lado, aprendimos, con el paso del tiempo y los errores, que la célula está conformada por un grupo variado de personas y que, por lo tanto, los procesos que cada uno experimenta en la vida son únicos e impredecibles. Para parafrasear a Jean Vanier, cada miembro de la comunidad es una historia sagrada que merece respeto. Así que simplificarlo todo con fórmulas y métodos es algo que he aprendido a evitar después de estos largos treinta años de experiencia.


Con esta entrada concluyo esta serie sobre grupos pequeños en el movimiento de iglesias de La Viña. Obviamente es incompleto, pero espero que sirva para reflexionar sobre las historias particulares de cada congregación latinoamericana. Si quisieran compartir su experiencia propia, más adelante podríamos retomar el tema con un pequeño panorama de la región. La próxima serie será sobre la Adoración en La Viña en los meses sucesivos.


[1] Hoy en día predicador itinerante. Ver: http://robbydawkins.com/

[2] Siguiendo un poco los esquemas de Saddleback Church o de Willow Creek basados en la “sensibilidad a los que buscan” (seeker sensitive).

[3] Allen, R. (1970). La expansión espontánea de la iglesia. Buenos Aires: La Aurora.

[4] Hunter, Todd (1999). The church that I would build. AVCUSA National Pastors Conference, Anaheim (California). July 21st. http://bit.ly/2tW386a. Última visita, 15 de julio de 2017.

[5] Simson, W. (2003). Casas que transformarán al mundo. Tarrasa (España): Editorial CLIE.

[6] Frost M, Hirsch A. (2003). The shape of things to come. Peabody (Massachusetts, USA): Hendrikson. Hirsh A. (2009). The Forgotten ways, Brazos Press (En español se puede descargar aquí). Hirsh A. y Catchim, T. (2012). The permanent revolution. Jossey-Bass.

[7] Frost, M. (2006). Exiles: Living missionally in the postchristian culture. Baker Books.

[8] Roxbourg, A. (2006). The missional leader. Jossey-Bass.

[9] Cole, N. (2009). Organic Church, Jossey-Bass.

[10] Me refiero aquí al Ministerio Zapatos Nuevos, iniciado en 1998 y en el cual estuve involucrado durante casi una década, aunque de manera intensiva hasta el 2003. En otras entradas del blog estaré hablando de esta experiencia dentro de La Viña.

[11] Beckham, B. (2014). Where Are We Now?: An Assessment of the Small Group Movement and Its Models. (Kindle versión). Moreno Valley (California): CCS Publishing. 

[12] Newbigin, L. (1989). The Gospel in a Pluralist Society. Grand Rapids (Michigan, USA): Eerdmans, 227.

[13] Mora, F. (2014). Misión Imparable: Claves misionales para la plantación de iglesias contemporáneas. Disponible en: https://misional.files.wordpress.com/2014/05/misionimpa2.pdf, última visita 22/03/2017.

[14] Cole, N. (2010). Church 3.0: Upgrades for the future of the Church. Jossey-Bass.

[15] Frost M, Hirsch A., The shape of things to come, Hendrikson, Peabody-Massachusetts, USA, 2003, pág 42.

[16] Esta es una famosa frase acuñada por John Wimber, fundador del movimiento de iglesias Viña (Vineyard)

[17] Uno de los aspectos más importantes de la lectura comunitaria de las Escrituras es, sin duda, que se trata de otra dinámica de comprensión diferente a la del lector orientado individualmente. En este caso, el texto se enfoca desde las expectativas de una comunidad de fe viva. A partir del texto, la comunidad obtiene colectivamente una novedosa interpretación que termina proyectándose sobre la vida de misma comunidad. En este caso se le da valor a los lectores que interpretan la Biblia desde sus realidades, contextos y vivencias.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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